Las babas del diablo
No es un cuento de Julio Cortázar, no es el título de la novela de mi amigo Leonardo Aquino. Las “babas del diablo” son esos filamentos blancos que caían del cielo, lenta y oblicuamente, sobre los campos de nuestra infancia solanense. Por algún mandato ancestral, por algún alerta de grito impecable venido de nuestros abuelos y bisabuelos, escapábamos a esas apariciones que podían caer en cualquier momento, especialmente en la pesada tarde. Estábamos jugando al fútbol o caminando por la calle y, si esa excrescencia se cruzaba por sobre nuestras cabezas, corríamos y nos apartábamos con verdadero terror.
Hoy ya esas telarañas que “bajan” del cielo están tan bien urdidas, que todo se encuentra a la vista y, sin embargo, no se ve nada. Vivimos en la época del más espectacular ocultamiento del sentido común. Los grandes medios de comunicación masivos (la televisión, en primer lugar, y luego la radio, la cinematografía, los diarios y revistas) arrojan incesantemente bolas de fuego sobre los cerebros de millones de espectadores, con sorprendente uniformidad, como si todos ellos estuvieran expropiados y dirigidos por un poder superior.
¿Libertad de expresión? No hace falta ser muy lúcido observador del funcionamiento de los medios para advertir que sus contenidos, propalados a repetición, multiplicados con el mismo sesgo por todos los canales de difusión, y metrallados a raíz del conflicto con las patronales “del campo”, respondieron a una misma matriz común, nada democrática ni multifacética. Matriz que demostró descaradamente a periodistas genuflexos, comunicadores sin capacidad de preguntarse, repreguntar o analizar -dentro de un marco de obvias sospechas, como cabe a todo buen periodista-, absolutamente nada, haciendo que una gran parte de la población se sintiera francamente indignada y viviera en hierro candente la acción de ese poder superior dirigido, que no olvidaremos.
Periodistas cómplices que entregaron toda su dignidad, opinadores de toda leva, ensayistas culteranos, a veces de una agresividad punchista, abandonados de toda ecuanimidad responsable, como la de un editorialista de Clarín que dijo: “los perros han olido sangre”, cuando el Senado, ¿con el gesto masónico de Cobos? —que “al momento de votar, extiende su brazo derecho todo recto como una tabla hasta apoyar la palma de la mano sobre el corazón con el dedo pulgar arriba y el meñique abajo, todos los dedos rectos”, como publica el diario Página 12 en su edición del 23 de julio—, hizo caer el proyecto de Ley sobre Retenciones Móviles, e incitó al odio y la venganza. Entonces, ¿convicción propia o cumplimiento de una orden superior? Y, aunque su vocero desmiente que fue un gesto masón, las dudas quedaron instaladas. Recordemos el funcionamiento de los medios de comunicación en el Chile de 1973 o en la Venezuela del 2002, o en la Bolivia del 2008, y veremos las calcomanías de la misma matriz universal. Algo, sin duda, se dispara en el poder comunicacional dominante cuando el Estado Mayor que los dirige decide actuar a fondo. Pues el pueblo argentino debiera demostrarles que de esa actitud no se vuelve, sumiéndolos en el desprestigio y dándoles la espalda para siempre. No olvidando.






















































Quisiera pedir permiso para leer este articulo “Las babas del diablo” (titulo que retrotrae a la niñez) Del Sr Victor Gullota, que en una oportunidad estuvo truncada la posibilidad de poderlo entrevistar en mi programa de radio “Quiero Retruco Mandinga”. Por que de manera atipica no pertenecemos a ningun medio involucrado con el poder.
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