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BRASAS

Viernes, 4 de marzo de 2011

En el dulce rescoldo de mi pecho
laten los corazones de todos los amores que he perdido/
sus caricias sus sueños sus mañanas arrebatadas por la vida
o la muerte.
Andan conmigo/parlotean/
corren desnudas por entre mis venas
y aún se enojan
por lo que yo no fui y ellas querían que fuera
y aún me enojo
por lo que yo quería que fueran y ellas nunca lo fueron.
Pero mi enojo es manso
y mi mano gigantesca roza sus cabellos
pero ellas no se asustan:
sólo ríen y duermen en mis huesos.

A todas las amé
de un modo u otro
y ellas también me amaron
de un modo u otro.

Se irán conmigo cuando yo me vaya
y no estaré tan solo como dicen.

Carlos Patiño

Dardo Abbattista Poesia

Poema para esta ciudad

Martes, 1 de febrero de 2011

Sobre el ocio celeste
atados a osamentas ancestrales
estamos aún más solos cuando llueve
contaminados de amores a distancia.

Misteriosa, enigmática
custodiada por próceres de mármol
los aires coloniales de tu orilla
despiertan en el macho su semental memoria.
Salpica indiferencia
          humedece
          el ansia polvorienta del origen.

Comulgarás tu culpa oculta en las cornisas
hasta verte mudar de piel como serpiente
            convertida en semilla.
En celo te reviven palomas y adoquines.

Tu ausencia es compañía
anclada en la bermeja memoria
del río que nos trajo.
      Quien te ama no te nombra,
      espía otras llegadas.

Tienen nuestros caminos esquinas indecisas
sueños adormecidos de regresos
y este orgullo de ser hombre del bosque
astil del hacha que conserva el filo.

Laberinto de soledad y ausencia
         paisaje sumergido.
Estamos aún más solos
sobre el ocio agrisado de la tarde.
Añora quien te ama
muriendo de nostalgia
      cada vez que le llueven lejanías
      y le moja tu nombre, Buenos Aires.

Pedro Soto

Dardo Abbattista Poesia

Por el poniente

Martes, 1 de febrero de 2011

Cuando el tren de las cinco se detuvo
en medio de la tarde,
hablamos simplemente
para matar el tiempo y el fastidio.
Pero el tiempo no muere
se filtra como el agua
y teje su entramado entre los pasajeros.

Y hablamos de la lluvia
de imprevistos
de vidrios que se empañan
de sus hijos
los míos
de libros y canciones
de sueños postergados
del modo caprichoso en que el destino
junta casualidades.

Y mientras la escuchaba
recostado en sus ojos
volvió a moverse el mundo.

Sigue el tren de las cinco
sobre vías del tiempo
se va por el poniente con la lluvia
y pareciera
que nunca más volverá a detenerse.

Pedro Soto

Dardo Abbattista Poesia

¿Sabés cual es mi reconocimiento? Que lo reconozcan a ellos

Jueves, 6 de enero de 2011

El ferroviario pintor que salió a buscar la Historia por afuera de los libros y la encontró.

Diego Miño va a emprender un viaje memorable, un viaje alucinante, revelador: histórico. Un viaje que va romper un silencio de 181 años, un desencuentro de 327. Es mayo del ’93 y excitado, arma una valija de lo más particular: es una bolsa grande en donde carga telas, caballetes plegables, pinceles y pinturas, mezclados con alguna que otra ropa. La levanta al estilo Papa Noel y se va con ella al hombro rumbo a Tucumán, en el glorioso Valle Calchaquí. Miño es pintor y alguien en Quilmes —donde vive desde hace 60 años— lo invitó a exponer. Antes de partir hacia el Valle, le promete a su mujer: “Voy en busca de los quilmes; los voy a encontrar”. Miño los quería pintar para esa exposición como los soñó desde chico mientras pescaba ranas, cuando “todo era salvaje y lleno de arroyitos” y sus primos no lograban asustarlo con: “tené cuidado que te va a agarrar un quilmes”. Al contrario, lejos de eso, aumentaba su curiosidad y se lamentaba pensando “que lástima no haber conocido un quilmes”. Él quería saber “cómo eran sus caras”.

11 de febrero de 2010. Miño en la Casa de la Cultura de Quilmes. Ahí, se desarrollaba la inauguración de la muestra "Quilmes de mi juventud", de la colección privada de Carlos Benavídes. Dos días después; partió.

11 de febrero de 2010. Miño en la Casa de la Cultura de Quilmes. Ahí, se desarrollaba la inauguración de la muestra "Quilmes de mi juventud", de la colección privada de Carlos Benavídes. Dos días después; partió.

Don Diego va a realizar algo que a nadie, pero a nadie-nadie por estos lados se le ocurrió en siglos y siglos: ir al lugar dónde nacieron para la historia y la leyenda de América: Tucumán. Miño, con algo tan simple como un viaje, atravesó el silencio y el desencuentro de lado a lado: es que después de aquel decreto de Bernardino Rivadavia de 1812, cuando declara extinguida la triturante Reducción de los Quilmes, aquí, en Buenos Aires nadie más los mencionó como vivos sino que siempre se lo hizo desde la historia, la educación, la política, la cultura y el periodismo como gloriosos, muertos y enterrados. Pero el pintor fue durante 39 años ferroviario. Era “Jefe de laboratorio de control de calidad de los seis ramales”, estaba en la sección “No Destructivo” y en sus viajes de trabajo, caminando el noroeste argentino siempre escuchó en las pulperías —donde solía parar a tomar unos tragos— historias y leyendas de los quilmes que saltaban a la mesa cuando contaba de dónde era. “Están en los cerros, en las quebradas, para encontrarlos hay que caminar”, escuchó una y otra vez. Esos relatos “me iban abriendo los ojos” y para allá se fue.

El encuentro con Jesús

Llega a Tucumán llevado en andas por su ladero de tantos años: el tren, su amigo de fierro, lo trajo sabiendo que ese podía ser uno de sus últimos arribos a la provincia: es que se venía la entrega de patrimonio nacional, eso que, cipayamente, nos acostumbraron a llamar privatizaciones, se venía —vaya paradoja— de la mano del peronismo, un movimiento que supo estatizar hasta los árboles… Menem le cortó las ruedas. “Ahora si uno quiere ir de Buenos Aires a Tucumán en tren no puede. Quedaron las vías, nomás, tapadas por los yuyos. Hay una miseria… El noroeste quedó abandonado porque todo lo movilizaba el ferrocarril” afirma y desciende del Mitre que lo escoltó hasta allá. Una vez en tierra, comenzó la búsqueda. Lo orientaban para Salta, para Catamarca, para Tucumán y allá iba con todos sus bártulos de un lado a otro, y nada. Llevaba 20 días y todos le decían lo mismo: “Los quilmes murieron todos”. Hasta que, por fin, después de haber ido por tercera vez a lo que se conoce en historia como las “Ruinas de Quilmes”, que el pintor llama “La Fortaleza”, alguien lo llama aparte y con sumo cuidado le dice “yo lo voy a llevar de un quilmes” y lo arrimó hasta la casa de don Jesús Costilla. La puerta se abre y se produce El Encuentro:

“Dígame —pregunta Miño— usted sabe si hay algún descendiente de los quilmes, pero quilme-quilme, no que sean de la zona”.

“Yo soy quilmes” afirma un Jesús orgulloso y agrega “mi madre y mi padre son todos quilmes” y retruca.

“¿Y usted de dónde viene?”.

“De Quilmes” contesta el pintor, deslumbrado.

“Pero qué cosa rara, —se sorprende Jesús— nunca ha venido gente de allá, es la primera vez que tengo noticias”. Y, ahí nomás, lo hizo pasar. A la “nochecita —relata Miño— empezaron a caer más y más y era un plato, yo me quedaba parado y ellos a mí alrededor me decían “¿Pero usted vino de Quilmes en serio? Y se decían ‘vos que decís’ y se contestaban y ‘si es de Quilmes es pariente, y si es pariente no hay nada que hacer, es pariente’ ”.

Noche de balas y día de pincel

El pintor está a sus anchas siente que va a cumplir el sueño de su vida, sueño de encontrarlos para poderlos pintar, pero poco a poco va a despertar a una realidad impensada. Don Jesús le cuenta que de “La Fortaleza” los corrían porque no podían decir que eran quilmes ni tampoco podían vender sus artesanías por propia voluntad. Ellos que son quienes las hacen las cobran 10 o 20 pesos y en “La Fortaleza”, las venden a 100. “¿Por qué no pone un cartel en su puerta que diga “artesanías Quilmes?”, se le ocurre a Miño. “No”, contesta seco don Costilla. “No se haga problema” —insiste Miño— y en el mismo momento agarró una tabla, la pintó de blanco y con letra azul y roja escribió “artesanías Quilmes” y la colgó en el frente de la casa ante la mirada atónita de Jesús. Por la noche balearon la casa, incrustándose las balas contra la pared. Una de ellas fue a dar en el pecho del perro que los salió a enfrentar y “casi se les muere”. “¿Vio Don Miño por qué yo no quiero poner ningún cartel? Ésta es la gente de “La Fortaleza”, que no quiere que nadie venda artesanías, ni que nadie sepa que acá hay quilmes”, le dice Jesús apenado a un Miño sobresaltado.

Cuando amaneció y, lejos de amilanarse, salió a pintar y dio con Juan Chaile “¿lo puedo pintar?”, lo encaró; “bueno”, recibió como respuesta y cuando el pincel comenzó a contar, también Chaile empezó: “Yo le pido siempre a la Pachamama y a la Virgen que nos ayude porque acá estamos olvidados, acá nadie nos defiende, acá nadie se preocupa por nosotros… Se ha ido tanta gente. Ya cada vez somos menos. Los jóvenes se van porque no tienen tierra para sembrar, no pueden hacer casa por culpa de Chico, el terrateniente. Yo le pido siempre que nos dé una mano, que cambie, que pase algo, porque acá no pasa nada. Vamos a desaparecer los quilmes si seguimos así”. El pintor, ante la palabra indígena, quedó conmocionado, sacudido. “Lo terminé de pintar temblando”, confiesa y ahí nomás le largó “le voy a mandar gente de Quilmes para que los vengan a conocer”. “Dígales que vengan, yo los voy a llevar por los caminos, por los cerros, por los senderos, les voy a dar plantas medicinales, si alguno está enfermo lo voy a curar”. Y mientras se despedía de Chaile, de Jesús, de los cerros, la pintura no le alcanzó. “Algo tengo que hacer”, se dijo y les propuso venir a Quilmes-Buenos Aires-…

14 de agosto de 1812, Rivadavia, secretario del Primer Triunvirato, últimas noticias de los quilmes por aquí: se cierra la Historia aunque no en el Valle.

14 de agosto de 1993, Miño pintor y ferroviario, últimas noticias de los quilmes por aquí: se abre la Historia que viene del Valle después de 181 años. Se produce el encuentro verdadero después de 327 años. Después de aquel fatídico 1666 cuando a la rastra y a punta de arcabuces, los españoles trajeron desde Tucumán a los quilmes para acá.

Cuando invita a los quilmes y llegan desde Tucumán él espera un regreso triunfal, apoteótico. No espera que pongan una alfombra roja para que él pase por allí fumando un puro, pero tampoco imagina el desprecio que va a caer sobre su persona de parte de la cavernícola, envidiosa, conservadora y ridícula “cultura” de Quilmes. Miño va contento de una lado a otro con la buena nueva de: “Los quilmes están vivos”. Va solicitando apoyo económico y moral para semejante alumbramiento, (el más importante de 1812 a 1993 en cuanto al origen se refiere). Y qué va encontrar: desprecio, cargadas, burlas: de la escuela de Bellas Artes, donde era profesor de diseño gráfico, le decían:

“Todos sabemos por los libros que están todos muertos. ¿Cómo vas a venir vos ahora con esto? Pero déjate de joder”. Del club social, lugar donde iba a ser esa exposición con ellos para que puedan vender sus artesanías, le largaron: “¡Indios, no! A usted lo invitamos a exponer y a cenar como siempre, pero no… ¿Cómo va a traer indios al social?”. El pintor no hizo esa exposición y tampoco pasó más ni por la puerta. Cuando salió de allí, maldiciendo porque no tenía un lugar físico para exponer junto con los quilmes, se cruzó por la calle con Lía Mancedo, dueña en Quilmes del colegio privado que lleva su apellido. Ella, al instante, le ofreció su escuela para que realizase esa exposición, y allí se hizo. De la municipalidad lo trataban de “loco lindo”. Desde la historia, la historiadora hispanófila, Mirita Bollos Cabrios, se encargó en sus charlas públicas de desprestigiarlo, diciendo que eran todas mentiras, en privado se sinceraba: “Sabés lo que pasa, que siempre que se habla de los quilmes, se habla mal de los españoles. Yo estuve en España y me nombraron ‘Defensora hispánica en América’”. Miño, con criterio, le decía “vos no te podes poner contra la Historia, es absurdo. Aparte vos no tenés nada que ver con lo que pasó hace 300 años”. “No” contestaba la señora y le insistía: “Dale, Miño seguí contando que es apasionante”. Y después en público, ¡ñácate!, le seguía dando. Hoy la historiadora anda yendo al Valle seguido, junto con Quique Devincenzi, el director del museo Almirante Brown, que en aquel momento, a tono con todos los mamotretos culturales, lo burlaba: “Ay, Miño, vos y tus cuentos y todas tus idioteces”. De la cervecería le dieron una respuesta ebria, cuando Miño les dijo que los quilmes querían conocerla porque les asombraba que ellos llevaran su nombre. El gerente le tosió: “Nosotros no tenemos nada que ver, es un accidente que estemos en Quilmes”. “Un accidente —saltó el profesor y lo ilustró—, ¿cómo un accidente? Si se pasaron 30 años cateando tierras por todo el territorio de la Argentina buscando las mejores aguas, y las encontraron acá y las mandaron a estudiar a Europa. Los resultados dieron que en las arenas que tenía Quilmes, el agua se filtraba muy bien y además era exquisita. Por eso pusieron la cervecería acá”. Miño cuanto más recorría, cuanto más contaba, más sólo quedaba y más lo perseguían al grito de “¡loco, loco!”, pero Don Diego no iba a aflojar. Como no aflojó la noche de los tiros y los invitó, nomás, como les había dado la palabra. Para hacerlo, visto el apoyo que le daba la Municipalidad y su Quilmes de toda la vida, —salvo dos o tres—, sacó el dinero de su propio bolsillo, flaco y ferroviario —4000 pesos desembolsó Miño para 7 días de estadía—, con comidas a la mañana, tarde y noche en el Hotel Astrid donde cuenta “me reventaron” y remises para una delegación de siete quilmes.

Viajes y viajes a Tucumán hizo Don Diego para que nada falte. El dinero se lo restó a la familia; hacía poco lo habían indemnizado del ferrocarril… La “cultura” de Quilmes, cada vez que lo veía, muerta de rabia, le ladraba “quien sos vos para decir que son quilmes”. Muerta de envidia no le perdonaba, como no le perdona que fuera él y no ellos los que alumbraron El Verdadero Encuentro. Si se habían pasado toda una vida “estudiando el tema”. El pintor aguantó todo este desprecio aferrado a sus pinturas que se las vinieron a comprar y no las vendió. “A lo último me escondía, no le quería hablar a nadie más sobre ellos”. Todo lo cuenta con una sonrisa que lo ayudó a esquivar discusiones inútiles. “Si yo sabía que eran quilmes, ¿para qué iba a discutir?”. La misma con la que combatió a un periodista del diario El Sol que pretendió adjudicarse lo que había hecho él.

Y está muy bien que haya sido Miño y no otro el que rompió en quilmes con el silencio creado a partir de 1812… 181 años repitiendo como loros ese mismo silencio en actos oficiales, en la escuela, leyendo en un bostezo a periodistas, escritores, historiadores, “los quilmes, gloriosos, muertos y enterrados”. Pero a pesar de que el desconocimiento sobre la realidad de los quilmes hoy es menor —comparándolo con aquel 14 de agosto del ’93, cuando llegaron por primera vez aquí, acompañados del afecto y la generosidad de Miño y sobre todo, muy sobre todo, de los años que andan y andan organizándose para defender sus tierras y su Pueblo— todavía falta y mucho. Entonces el laburante que se lanzó a buscarlos por sus “charlas de ferroviario”, el pintor que desdibujó los libros, el hombre que junto a los quilmes de Tucumán quebró al desencuentro y que por eso está “hecho” señala “¿sabés cuál es mi reconocimiento? Que lo reconozcan a ellos”.

Y a modo de los que siempre creen que alguien va a escuchar se anima a realizarle un pedido a la conciencia y a la responsabilidad de los maestros-maestros. “Que les enseñen a los chicos en las escuelas que los quilmes están vivos y los están esperando en Quilmes, en los Valles Calchaquíes. Este es un pedido hacia todos los colegios y los maestros para que reviertan la Historia, para que no cometan errores que después no se puedan subsanar. Todavía se les enseñan que están muertos. Hay que terminar con eso y decirles a los chicos de todas las edades que hay muchos descendientes de los quilmes, que sus apellidos actuales han sido minuciosamente cotejados con los antiguos y son los mismos y que están vivos” y se embala en tren de sueños: “Empecemos la Historia de vuelta”.

Por Dardo Abbattista
Publicado en la revista Los Indios Kilmes número 20 de enero de 2001.

Miño nació en Federal, Entre Ríos, el 9 de julio de 1934; estuvo un tiempo en Córdoba donde estudió Bellas Artes y, más tarde por Buenos Aires, San Telmo, lo vio como Boy Scout (“muchacho explorador” en inglés). De ahí, con sus 10 años, se arraigó en Quilmes para partir sin orden de aviso (como lo hiciera en aquel viaje memorable), a los 75, el 13 de febrero del 2010 desde la clínica San Martín, frente a la Estación de trenes de Ezpeleta.

Su compañera de toda la vida, la quilmeña Beatriz Bernasconi, (con quien compartió 56 años), revela que se conocieron en “un té danzante”. Baile que se realizaba en Bernal, para recaudar fondos y donarlos al colegio Güemes, adonde Miño estudiaba. Del amor nacieron tres hijos, Lucía Beatriz, María Clara y Diego, que a su tiempo, les brindaron dos nietos, Luciano y Natalia.

Un hombre que hizo huella, que hizo historia y que siempre nos va a realizar dos preguntas; con un pedido: ¿Cómo andan los quilmes?, ¿hace mucho que no van al Valle? Cuando vayan, envíenle un saludo a Don Jesús…

Cristina Oller y Diego Miño

“Quisiera reproduccir palabra por palabra, sus dichos, pero no puedo, sólo me queda la argamasa de sentimientos y acciones tendientes a conocernos más, los quilmeños y los quilmes. En ese momento, no comprendí la premura por la entrega de tanta información. Fue un mediodía tan singular como vertiginoso. Estuvimos en comunicación teléfonica con Tucumán, desde los Chañares. Ahí se encontraban Pedro Navarro junto con integrantes de Tribu Argentina y de la Comunidad India Quilmes. Sé que participó plenamente del programa, que sonrió mucho, que lagrimeó al recordar a Juan Chaile —a quien pintó aquella vez—. Que agradeció ser invitado y uno advertía que no era de cortesía sino que —como un auténtico quilmes— hablaba con el corazón, con sencillez, con humildad y sin especulaciones”.

Cristina Oller, quien lo entrevistó por los micrófonos de Radio Quilmes, un día antes de su partida. Locutora y difusora cultural.

“¿Y de agua? ¿Cómo andan de agua por la zona?”, le pregunta Miño a la antropóloga, Isabel Tifner, siempre preocupado por lo vital. Dialogan en el programa Micrófono Abierto que, a falta de Pedro Navarro —por encontrarse en Tucumán—, conduce Cristina Oller. La cinta que me acercó gentilmente, el periodista Eduardo Luis Menescaldi, autor del libro, Páginas Sueltas (Quilmes, el Congreso y algo más…) quien grabó un pedacito del programa —justo cuando salía al aire desde Tucumán, su hija, Florencia—, registra la voz del pintor; en ese tramo.

La antropóloga desde el valle y Miño desde la ciudad, queriendo saber un poco más, queriendo conversar un poco más; uniendo ambos lugares —como solo Don Diego lo podía hacer—, como si tal cosa. Ella menciona la palabra maíz y él, agua. Para después contar que los indígenas de toda América la adoraban, la imploraban y la respetaban por todos los medios. Miño elogia a los incas y sus represas y sobre los quilmes dice que son “analistas naturales” a la hora de resolver sus problemas, por ejemplo, con la medicina a partir de las plantas.

Las estrellas se ven más que en todo el mundo, disfruta Pedro Navarro, desde Tucumán y en su programa, para referirse al cielo calchaquí. Así, merece Miño, que se lo vea en todo Quilmes; más que a todo el mundo. Los pinceles de la historia se encargarán de ello.

Se fue un amigo

Es un día muy triste para mí. Se ha ido un amigo muy querido y, sin embargo, tengo la alegría de que el cariño era mutuo. Ayer domingo, al mediodía, falleció Don Diego Julio Miño, artista plástico, fundamentalmente un buen hombre. Fue el que unió los dos Quilmes: un hombre gentil, humilde, que caminó en busca de nuestros orígenes sin ningún sentimiento mezquino. Quilmeño por adopción, hizo posible que llegáramos al Valle, de su mano. Y, nunca se sintió el descubridor de nada, al contrario, le daba mucha alegría cuando alguien volvía a nuestro Quilmes y contaba que había estado en la tierra de nuestros ancestros.

Hoy, cuando acompañé a su familia y a sus restos al cementerio de Ezpeleta, pasamos por el paredón de la calle Gran Canarias, ese que cuenta la historia de los quilmes, realizado por alumnos de Bellas Artes, donde él también era docente. Ese paredón que lleva la firma de ustedes, los del Valle; ese paredón pintado con los murales no existiría si cada uno de nosotros no hubiera conocido a Diego.

Les mando un beso muy grande y les pido especialmente a José (Díaz) y a Delfín (Gerónimo) que le avisen a Don Jesús (Costilla) y a su familia. Es un pedido de la esposa y los hijos de Diego.

por Mónica Cereda,

trabajadora del Municipio de Quilmes, integró el Proyecto Arqueológico Quilmes, en su momento de esplendor. Y, durante varios gobiernos municipales, ofició de nexo, entre la Municipalidad y la Comunidad India Quilmes de Tucumán

Dardo Abbattista Quilmes

Rivadavia se tendría que llamar Martín Iquín

Lunes, 1 de noviembre de 2010

Los Ojos de la Tierra

Una foto del poderoso faraón egipcio, Ramsés II, la envolvió en el fascinante mundo de la arqueología. El hombre andaba en su tumba echo una momia por su templo funerario de Tebas y Zuni Quatrín, con apenas 11 años, mirándolo boquiabierta desde el libro que su padre recién había posado en sus manos. “Yo quiero ser arqueóloga” exclamó ante el vendado Ramsés que seguía inmóvil. Zuni quería descubrir tumbas como la del faraón, lo que ella no imaginaba era que, en vez de prepararse para ser como lo que es, antropóloga especializada en arqueología, iba a tener que hacerlo también en educación física, como cuando salió veloz, en 1997 detrás del volquete que llevaba restos humanos sacados del atrio de la catedral de Quilmes, para, envueltos en escombro y tierra, ser tirados por ahí.

1995. El Proyecto Arqueológico Quilmes realizando pozos de sondeo en la Plaza San Martín. Zuni Quatrín, de pie, Xavier Perussich y Mónica Cereda junto con una colaborada de entonces, encontraron, lo que parece ser, un piso de una vivienda, según relató Cereda, con mucha cerámica indígena. Vestigios de la misma se encuentran en la Sala Arqueológica de la Casa de la Cultura de Quilmes.

1995. El Proyecto Arqueológico Quilmes realizando pozos de sondeo en la Plaza San Martín. Zuni Quatrín, de pie, Xavier Perussich y Mónica Cereda junto con una colaborada de entonces, encontraron, lo que parece ser, un piso de una vivienda, según relató Cereda, con mucha cerámica indígena. Vestigios de la misma se encuentran en la Sala Arqueológica de la Casa de la Cultura de Quilmes.

La investigadora, en buen estado, alcanzó el camión cerca del río y con la ayuda de vecinos y su equipo pudo evitar que el importante material vaya a parar para relleno. Zuni es desde el ‘95 la líder y directora del “Proyecto Arqueológico Quilmes” que depende económicamente de la municipalidad y, así y todo, con un salario que da risa para una investigadora de su calibre, sin computadora, sin un lugar apropiado para llevar a cabo su profunda tarea, tratada junto con su equipo, más que como profesionales, como canguros: ya los cambiaron siete veces de sede, su última parada: “El Museo del Transporte”, igual se zambulle a la tierra como una topa humana y una vez debajo cuenta que ve.

La primera excavación que hacen es en el ’95, en la Plaza San Martín, frente a la Catedral de Quilmes. ¿Por qué empezaron por ahí? ¿ese lugar no fue siempre plaza? o ¿es porque por ahí se dice estaba el núcleo principal de la Reducción de los Quilmes?…¿qué hallaron?

Plaza fue con seguridad, cuando se hace el repartimiento de tierras de la Reducción en 1818, antes no sé. Cuando en el ‘95 se pone la empalizada para poner la fuente, pedimos autorización para excavar, nuestro temor era que el cementerio de la Reducción se extendiese hasta ahí y que cuando pusieran la fuente se llevaran puesto todo. En plaza San Martín no apareció ningún resto humano. Aparecieron restos culturales, cerámica indígena, lozas, vidrios de distintas épocas, todo en un contexto que iría del año 1700 hasta principios de 1800, hay desechos y desperdicios de la gente que vivía en la Reducción, Leer más…

Dardo Abbattista Los Quilmes

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