Aquella tarde, todo avanzaba sin remedio hacia la melancolía y, para espantar a los fantasmas que acosan, invité a la música: casi como siempre, Guitarra negra, de Alfredo Zitarrosa. Así nació, espontáneamente, una imaginaria conversación con Alfredo, abrazados a una amante compartida: la melancolía. Ficción y realidad en su interminable e infinito juego. Momento exacto, para mí, de revivir con él, revoluciones y memorias, ideas, sueños, discos, cartas, amores y desamores, imágenes y poemas, canciones y milongas, persecuciones y exilios. Mano a mano, como en el truco, con pasión, mirándonos fijamente a los ojos, sin concesiones. Sigo tu huella, “Che”, cuando decís: “A los amigos se los critica de frente y se los elogia por la espalda”.
Pero, si yo no conocí a Alfredo; es más, nunca lo vi en mi vida, ah pero ¡que importa!, si siempre está conmigo de mil maneras diferentes, de mil entrañables milongas diferentes (como este encuentro, en su morada de la inmortalidad).
¿Qué tomás, Alfredo? ¿Mate o vino o, mejor, te sirvo un whisky?
Empecemos con un tinto —sentencia— mientras un negro aparece en sus labios, lo prende lentamente esperando el placer de la primera bocanada de humo.
Nuevamente “Guitarra negra” (España1977). En su viaje interminable por mi memoria, me lleva a preguntarle:
¿Te acostumbraste al desuso de tu alma, a la razón del enemigo como a tus sesenta cigarrillos diarios?
En realidad, el uso de mi alma y la razón del enemigo pueden cambiar. Mis sesenta negros, no. Son una parte de mí, como mis dos hijas, Peñarol, el whisky, el mate, el truco y el socialismo.
¿El socialismo en armas?
Te contesto con un pedacito de milonga: “No hay cosa más sin apuro que un pueblo haciendo la historia”, y ayuda a mi respuesta “Milonga cañera” cuando dice: “He venido caminando/ desde Artigas hasta acá, / todo el camino gritando/ ‘Viva Sendic y UTAA’”. Y termino sin milongas, no me interesan las elecciones, los que no tienen plata siempre viven en alpargatas y todo sigue igual. Revolución o nada. El pueblo es luz, entonces, cuando el pueblo quiera, como quiera, allí estaré.
¿Qué imágenes de la cuna y la niñez no borró el tiempo?
Hagamos un poco de historia. Soy hijo natural; de mis padres, mucho no me acuerdo, sólo recorre mi memoria una familia generosa que me crió, los Duran-Carabajal. No eran mis padres y yo lo sabía. Cuando el viejo queda viudo, lo acompañé hasta el final. Se llamaba Carlos, y era milico.
El día que nació mi hija mayor, escribí de un tirón “Chamarrita de los milicos” en su honor. De muy chico trabajé al servicio de los Irazabal. Allí empecé a entender al hombre de campo, sus dichas, que son muy pocas, y sus angustias, que son tantas. Conocerlo profundamente fue mi fuente inspiradora.
¿Cuándo aparece el apellido Zitarrosa? Porque Blanca, tu mamá, te anota con el suyo, Iribarne.
Cuando aún era un niño, mi madre se casa con un argentino llamado Alfredo Zitarrosa: él me prestó el apellido. De esa unión nace mi única hermana, Cristina.
¿Cuándo y cómo nace la música en tu vida?
La culpa fue de mi inolvidable maestra de cuarto grado, Esmeralda Ibalde, la misma que me enseñó a usar el microscopio. Ella forjó buena parte de mi personalidad musical y cultural.
Descubrí el disfrutar de Fidias, de Beethoven. ¡Pensar que en cuarto grado prefería el microscopio al fútbol! Pero en el exilio resultó al revés: la pelota era una de las pocas cosas que llevaba en la maleta.
A los ocho años, mi madre me llevó al programa de radio El precoz tenor. Canté “Ay, ay, ay”, del chileno Pérez Friere. Los diez pesos que había que pagar por cada audición nos hizo imposible continuar. Éramos pobres.
Su vaso queda vacío, por costumbre aparece un negro en los labios. El vaso vuelve a estar lleno y la espesa bocanada de humo crea una nueva atmósfera y desaparece la cronología de las preguntas.
¿Cuál fue tu mayor dolor, tu más pro- funda angustia y tu máxima alegría?
Abandonar el “paisito” (cariñosamente, Uruguay), acostumbrarme a las voces del exilio, crueles y demoledoras. Un pedacito de Guitarra negra es la mejor imagen del dolor que significa estar lejos y no ver: “Mi cara en la gráfica del pueblo, mi voz en la consigna, en el canto, en la pasión de andar, mis piernas en la marcha, mis zapatos hollando el polvo”. El dolor y la angustia, en este caso compañero, son hermanas, hermanas gemelas.
Guardo en mi corazón dos grandes alegrías, pero te contesto con una frase que no es mía: “Requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos acos- tumbrados”. La primera, mi regreso a Montevideo en 1983, luego de ocho años, un mes, tres semanas y un día de exilio en Argentina, Madrid y Méjico. Me recibió el pueblo en la calle con banderas, aplausos y flores.
El paso del auto desde el aeropuerto hasta el estadio Centenario fue una verdadera fiesta popular. El concierto final tuvo dos inolvidables significados: el reencuentro con mi pueblo y el fin de la dictadura.
Editor Argentina y el mundo