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Archivo para la categoría ‘Los Quilmes’

Las olimpíadas de Wilfrido Franco

Viernes, 3 de Septiembre de 2010

El ultramaratonista quilmeño con sangre guaraní y española abrigaba un sueño: unir Tucumán con Quilmes, a las zancadas limpias. Lo había intentado en el año 2006, cuando arrancó de la Quilmes Huasi que, como cuenta el cacique Pancho Chaile, es la Casa de Gobierno de la COMUNIDAD INDIA QUILMES de Tucumán, en el Valle. Pero, en Oliva, Córdoba, por lesión en el tendón de Aquiles, aquel año tuvo que abandonar su sueño.
Wilma Cabrera, su compañera y madre de sus cinco hijos, una vez, mientras me encontraba en su hogar dialogando sobre la aventura, lo había pronosticado: “Mirá que este loco lo va a volver a intentar”. Wilfrido, que estaba presente, no dijo nada, sonrió y pensó: “Esto se llama conocerme”. Y así, con el cariño de su familia, fueron llegando más y más locos: gremialistas, políticos, periodistas, comerciantes y amigos fueron brindando apoyo y, a caballo de sus misioneras piernas y mensajeros brazos —como un antiguo chasqui—, se lanzó a la ruta, nomás.
La historia dice que salió de la Plaza Independencia, en San Miguel de Tucumán, el 27 de julio y que llegó a la Plaza San Martín de Quilmes el 16 de agosto de este año marcando, en veintiún días, una verdadera proeza tras recorrer 1323 kilómetros. Pero él —acompañado en el camino por dos espirituales indios, por la Unión Tranviaria Automotor y por Dios; el mismo a quien, en un pueblo de Córdoba, lo declararon Ciudadano Ilustre junto con el masajista, la familia y los choferes—, dice mucho más.

wilfrido franco

Wilfrido, muchos pensábamos que ya estaba e, incluso, que a pesar de haberte quedado en Córdoba por lesión, de alguna manera, lo habías logrado corriendo hasta ahí con todas las dificultades que se te habían presentado en el camino: fuiste sin masajista, sin un apoyo sólido de la intendencia anterior, manejando hasta Tucumán con tu ranchera 74 y arrastrando un trailer. Pero, evidentemente, para vos no fue así y sentiste que habías quedado a mitad de camino, y entonces decidiste finalizar con el pleito encarando “a todo o nada”.
¿Cómo mantuviste la idea latente y cómo arrancaste de vuelta?

¿Te acordás de cuando hicimos la carrera simbólica en homenaje a los quilmes, en agosto del año pasado, y me dijiste: “para que no se apague el fuego”? Eso me quedó muy marcado. Salimos de la Escuela 20, de Bernal, vos en bicicleta y yo, corriendo de donde, antes de hacerlo, dialogamos con alumnos y maestras, con aquellos dos policías de Bernal Centro que, muy amables, nos escoltaron de “la veinte” hasta la Escuela 17, de Quilmes Oeste. Acá también di una apasionante charla para casi toda la escuela, organizada por la directora, Marta Luperini, que nos dio la bienvenida. Después de ahí, cruzamos las vías y fuimos caminado por Rivadavia, dimos una vuelta alrededor de la manzana histórica, para terminar tocando la piedra de Teófilo Yapura, que está en la Plaza San Martín. Veía que nos miraban y se me ocurrió que pensarían: “Estos locos, ¿que están haciendo?”. Estábamos como en medio de la selva y queríamos avivar el fuego, tirando hasta la última ramita, porque era lo único que nos podía sostener en la noche, después de que dejé en Córdoba.

Debe de ser una de las convocatorias más chicas de la historia. No creo que alguien nos gane. Salvo que exista alguno que haya convocado y fuese corriendo él sólo (ríe con ganas y, entonces, le insisto): ¿Fue aquella vez que decidiste volver?
Entre 2006 y 2008, sigo entrenando y, en eso, me manda llamar Roberto Fernández, Secretario General de UTA (Unión Tranviaria Automotor). Me quería conocer por un acto en el que yo, como chofer del Nuevo Halcón, había salvado a una mujer baleada. Esto fue una madrugada. Venía de Plaza Constitución, serían las siete, cuando veo una criatura pidiendo socorro con sus manos ensangrentadas y, cuando paro el colectivo para preguntarle qué le estaba pasando, me dice: “A mí, nada, ¡a mi mamá!”. Y me cuenta que, en un intento de robo, le meten un tiro en la cara, que está tirada al lado de una camioneta. Miro, veo la camioneta y acudimos a ayudarla. Cuando bajo y le pido que se incorpore, vi que la nariz la tenía colgando por el impacto del proyectil (ocurrió en Bolivia y Lisandro de la Torre, en Quilmes Oeste y la mujer, que por suerte se salvó, se llama Claudia Dabrantes). Entonces, la subo al colectivo y le digo a los pasajeros que una de dos: o que se bajaran o que viniesen conmigo. Se bajaron, di la vuelta y la llevé directamente a la Clínica Modelo de Quilmes. Ahí le hicieron las primeras curaciones y la derivaron a Capital. A raíz de esto, vinieron periodistas y, a través de Sergio Lapegüe, de TN, se entera Roberto Fernández y me quiere conocer.

¿Qué sucedió en la entrevista?
Me dice lo heroico que había sido, en ese momento, cuando tomé cartas en el asunto dando ejemplo de don de gente. Él estaba agradecido por haber dejado bien parada a la UTA. Me dijo: “Te agradezco por lo bien que nos hiciste quedar porque, a veces, la gente piensa cualquier cosa de nosotros, los colectiveros. Y, aparte, me enteré de que sos atleta. No es común que un colectivero sea atleta. Me entero por TN que presentaste un proyecto para unir Tucumán con Quilmes y recrear el destierro de los quilmes; y que también presentaste otro, pero ya dentro de la Casa Rosada, para apoyar el atletismo en la Argentina”.
Y, en la reunión, el Secretario de Organización de UTA, Mario Marcinkowski me señala: “Quiero que vos, sin vergüenza, te sueltes y me digas todo lo que necesitás para ese proyecto tan anhelado”.¡La pucha!, dije para mis adentros, estamos volando muy alto. “Yo no quiero ser abusivo —continué en voz alta—, pero pienso que usted va a desistir, porque no es fácil cómo miramos la parte laboral cuando en mi ausencia no esté en la empresa”. “Por eso no te hagas problemas, me tranquilizó, que lo manejamos nosotros”.
“Segundo —me embalé— necesito una camioneta, una combi o un colectivo para llevar el equipo, y que ese colectivo se quede conmigo los días necesarios acompañándome en la ruta”. “No te hagas problemas, me dice, dalo por hecho”. Yo me quedé sorprendido, porque la primera impresión que uno tiene ante todo político y sindicalista es: “Este me está verseando”, porque no conocés a la persona hasta que la ves actuar.
Antes —le había dicho—, necesito chequeos médicos y complejos vitamínicos, más cremas, vaselinas, gasas, una caja de primeros auxilios. No sólo para mí, sino para todo el equipo. En primera instancia, es lo que necesito para partir. Después, lo otro puede esperar. “Y ¿qué es lo otro?”, me preguntó. Y le cuento que, tres meses antes del evento, tengo que tener seis pares de zapatillas y que, además, necesito indumentaria deportiva, pantaloncito y remeras que lleven impreso mi nombre atrás y, delante, el nombre de todos los auspiciantes. Un día, me llama Marcinkowski y me dice: “venite para UTA, que tenés toda la medicación y los complejos vitamínicos”; y, cuando llego, me aclara: “Tené cuidado, porque acá hay mil cuatrocientos pesos. ¿Querés que te lo acerquemos o te lo llevás ahora?”. “Me lo llevo ahora”, le contesté sin dudar, y me puse todo eso en la cabeza como pude y me lo traje, alentándome: hice tantos sacrificios en mi vida, que ¿no voy a poder llevar este bolsón?
Unas semanas antes de la entrevista con la UTA, me lo encuentro por el barrio al diputado Daniel Gurzi. Nos saludamos, y me pregunta: “¿Volverías a realizar lo mismo?”. Lo miro con una sonrisa y mi señora, que se encontraba a mi lado, dice: “No, por favor”. Y le digo Daniel: “Acá hay una realidad, lo haría si realmente cuento con todos los materiales para ir a la guerra. Soy padre de familia y tengo que cuidar mis ingresos. Tengo que darle de comer a mis hijos, tengo que darle un estudio, pagar mis cuentas y vivir día a día. No es fácil. Soy un humilde servidor de Quilmes que me pongo a disposición del deporte, pero con esa condición”. “No te hagas problemas, me confió, que ya me pongo a trabajar y a mover todos los hilos”. Él me había apoyado en el 2006 declarando de “Interés Provincial” a mi proyecto de unir Tucumán con Quilmes, y lo volvió a realizar este año. Cuando se sumaron estos apoyos, más aquel fueguito, dije: “¡Allá voy!”. Leer más…

Dardo Abbattista Los Quilmes, Quilmes

“Y soy también la memoria de mi Nación”

Jueves, 29 de Julio de 2010

Lo que van a leer es algo que sólo un profundo poeta de la talla de Carlos Patiño pudo crear. Tiene alma, corazón y vida, tiene pasado, presente y futuro; trata sobre la cacica quilmes, Isabel Pallamay, que vivió, luchó y partió en 1718 en Quilmes junto con su amor Martín Salchica y sus guaguas (sus hijos) por culpa de la enfermedad europea, por culpa de la viruela. Jamás leí algo semejante sobre los quilmes, jamás leí un relato histórico sobre ellos que me produzca tanta memoria y emoción. Estoy doblemente sorprendido, primero por el ancestral impacto que me causó el relato de Patiño y segundo porque su novela, “La Pallamay”, —de la que aquí se publica una parte— no encuentra editor. (Dardo Abbattista)

Yo soy la memoria de Isabel Pallamay, brisa helada que viene desde el asiento de los tiempos para hablarte a vos, cristiano, que andás hoy por las calles de la ciudad que lleva el nombre de nuestra orgullosa nación; a vos, cristiano, que lo ves, lo decís y hasta lo escribís todos los días sin saber muy bien qué significa en realidad. Quiero que sepas que esa palabra, Quilmes, contiene nuestra historia, nuestro martirio, nuestra larga lucha por no tener dueño y nuestro morir sin haberlo admitido. Que fueron otros cristianos quienes nos arrancaron de nuestra Pachamama y nos dieron otros nombres y quisieron robarnos también nuestro ser. Viracocha quiso que no pudieran quitarnos todo cuanto quisieron, porque aún hoy la gente dice que vive en Quilmes, que va o viene de Quilmes. Para ellos es sólo un nombre. Pero, en realidad, es mi memoria, nuestra memoria.

Tus pasos caminan sobre los nuestros, sobre los pasos de don Martín Iquín, el Señor que sufrió el dolor de la última derrota allá en los valles y el comienzo de nuestro morir aquí; de Francisco Pallamay, mi padre, que luchó tanto para que nosotros fuéramos tenidos como humanos; de don Josephe Baltos, el guerrero; de don Pedro Vindus, Señor de los acalianes, nación indómita a la que ni siquiera le dejaron memoria, porque no hay pueblo ni calle que la evoque.

Portada de la novela de Carlos Patiño

Portada de la novela de Carlos Patiño

Y tus pasos caminan sobre nuestros pasos cuando vas por Rivadavia, por Alsina, por Alvear, por Mitre o San Martín, nombres que sólo evocan tus propios guerreros y tus propios caciques. Privilegio del vencedor. Pero nuestros pasos fueron los primeros que recorrieron estos senderos. Nosotros abrimos estas calles y las fecundamos con nuestro sudor y hasta con nuestra sangre. Debajo de las veredas, debajo del asfalto que tiembla con el andar de tus enormes vehículos, está la presencia de las vidas de nuestros varones, hembras y guaguas que se fueron apagando lejos de su Pachamama. Cuando estás bebiendo ese licor que también evoca nuestro nombre en una de las chozas luminosas, confortables y cálidas en que te agrada estar, tal vez estás sentado en el mismo lugar en donde alguna vez se amaron don Lorenzo Sargento y su Thomasa Nabarro. O en donde alguna vez se urdió la intriga que acabó con la vida de mi hermano Juan.

Siento el orgullo de que el nombre de mi nación haya perdurado hasta hoy, y que ese nombre sea dicho por millones de personas, visto por millones de personas, escrito por millones de personas. Y que ese extenso mundo que nosotros ignorábamos que existía también lo evoque gracias a ese maravilloso aparato que encierra y envía a cualquier parte seres y nombres. Y aunque para ellos sean sólo letras dibujadas en una camisa o en un envase opaco, de todos modos es nuestro nombre, de todos modos sigue siendo nuestra memoria; de alguna manera oscura y extraña, que no puede ser sino el amor de Pachacamac, nuestra nación sigue siendo nombrada cada día, cada noche, cada madrugada la nombran.

Y yo soy la memoria de Isabel Pallamay, mi propia memoria. Podés verme, desnuda, acechando desde las nubes rojas y negras que supe ganar; soy una mano sin uñas, ni piel, carne o hueso, rascando algo que sangre hasta que la alimente. Mi piel de gamuza se arruina con la lluvia, pero el Padre Sol me protege de las asechanzas. He pasado mi mano por mi propia piel sombría y muchas veces fui sólo el ardor de matices entre el no y la huida. Oh, Martín: tus manos, obra de arte, mi cuerpo un capullo perfecto. Y la muerte, nuestras muertes, dolorosas, terribles: ¿convirtieron nuestras vidas en tan sólo hoyos que marcamos en la arena porque la ola se va?. No quiero eso. Fuimos más que eso, oh, Martín. Te amo más allá de cualquier apariencia, de cualquier vida o muerte, más allá de cualquier tiempo o edad. ¿A quién le debo regalar mis cabellos? Sólo a vos, Martín, porque supiste esperar en mí a la hembra que debía nacer, la hembra que se paró y dijo y obró y luchó contra la oscuridad que amenazaba ganarla desde adentro; la hembra que pudo vencer en un mundo violento de hombres violentos, cuando no había más que la espada, el cañón o la lanza para marcar destinos. Y dioses ajenos enmascarando a los propios.

Oh, Martín: vi cómo la vida se te iba desde la piel, esa piel que ocultó mis caricias con pústulas rojizas; vi cómo se iban las vidas de Ana y Ramón, vidas de mi vida, llagas de mis llagas. Y sentí los pasos de mis propias pústulas trayéndome la muerte, sorda a los aullidos, los llantos y las súplicas. Después la claridad, la inmensa claridad. Así, juntos, iniciamos el viaje a las estrellas en aquel sector del tiempo que asentaron los cristianos en sus libros indescifrables como el Año del Señor de 1718. Con tantos hermanos, como a tantos hermanos, oh, Martín, mi amor.

Yo soy la memoria de Isabel Pallamay. Y soy también la memoria de mi nación. Soy la Señora de los Quilmes, la hija del cacique Francisco Pallamay, la nieta del cacique Martín Iquín —linaje que se remonta hasta los padres de los padres de todo lo que existe, linaje que vi morir cuando morían mis hijos oh, dolor, oh, desgracia infinita— la esposa del artesano de formas y de almas Martín Salchica, la madre de Ana y Ramón, nacidos de mi vientre, ay, para tan corto viaje. Pero hoy vivo, viven, vivimos en las madreselvas, en las rosas, en los tilos y en los jazmines que asoman tras los cortos tapiales de la que ahora es mi ciudad. Y mi memoria vive en los pucarás enhiestos todavía allá en nuestro valle, vive en la presencia de los pocos hermanos que no puedo saber cómo sobrevivieron y siguen peleando por nuestra Pachamama. Sonrío en la algarabía de los jóvenes y en la nostalgia de los ancianos, de todos aquellos que sin saber exactamente por qué, dicen con orgullo: “yo vivo en Quilmes” o “soy quilmeño”.

Yo soy la memoria de Isabel Pallamay. Y esta memoria no perdona. No perdona a quienes nos arrancaron de nuestra Pachamama para enviarnos a morir, sólo para adueñarse de aquello que no podía tener dueño. Aquí está, intacto, mi odio al conquistador. Tan intacto como el odio que el conquistador tiene todavía hacia nuestra brava nación. Si este odio nos costó cuanto nos costó es porque elegimos no tener dueño por encima de todo, incluso de nuestra propia vida. No te sumes a estos odios que no son tuyos. Y no nos juzgues: ámanos. Porque amarnos sería como recordar aquello que muchos quieren que olvides: tus verdaderas raíces. Porque aquí naciste y aquí quieres morir. Y tienes todo el derecho: es tu Pachamama.

Pero yo soy la memoria de Isabel Pallamay y esta memoria vaga por todas las esquinas de tu ciudad, aunque mi cuerpo, el de mi padre, el de mi Martín, el de mis hijos y el de la mayoría de mis hermanos esté preso bajo dos metros de cemento volcado deliberadamente —hace muy pocos de tus años— por ese viejo odio de la Iglesia cristiana: o tal vez están bajo la plaza, allí donde juegan las guaguas, se aman los jóvenes y la gente, pese a todo, trata de ser más buena. Por allí viven mis huesos, mis cenizas, mis vasijas, mi comida predilecta, mis ropas, mi chuspa, mis collares sagrados, todo aquello que me acompañó en mi viaje a las estrellas.

Si alguien desea honrar esta memoria —todo cuanto me queda, todo cuanto me dejaron— lleve una flor roja como la pústula que acabó con nuestras vidas y préndala en las negras verjas de esa Iglesia que construyeron mis hermanos, allí, frente a la plaza. Así unirán mi memoria y la memoria de mi nación a sus corazones. Como debe ser. Y harán algo para cicatrizar la también roja herida que abrió la intolerancia y la soberbia del conquistador. No me olviden. No olviden que existió y amó y sufrió y luchó y anduvo estos caminos —cuando ni eran caminos— Isabel Pallamay, Hembra del Gran Olor, Señora de los Quilmes.

*El enorme Carlos Patiño recibió el premio “Casa de las Américas” por su obra “Esquinas silenciosas”. Para infinitos escritores del continente es el premio más importante que se otorga para una obra inédita en América Latina. El galardón le fue otorgado en 1990 en el territorio libre de América latina, Cuba, justo cuando se cumplía el 30° aniversario de “Casa de las Américas”. Patiño publicó 8 libros de poemas y una obra de teatro “Jaque a la dama”, ganadora del primer certamen de teatro “Nuestra América”, llevado a cabo en la Universidad Autónoma de Sinaloa, México en 1979. El poeta vive en Bernal.

**En el momento en que se publicó el monólogo (diciembre del año 2001) y en el número 26 de la revista Los Indios Kilmes, la novela no había sido publicada. Hoy, sí. La editó Mondragón Ediciones en el año 2004, cuando trabajaba ahí, el escritor, actor y poeta, Ariel Pytrell. Se llama La Pallamay (la indescifrable estrella de los indios quilmes).

***La novela se consigue llamando al 155-669-1163 o, escribiendo a crisbonelli (arroba)gmail.com. Y, los 14 de septiembre, niños y grandes de Quilmes —y no solo— le llevan (a Isabel y a su pueblo) una flor roja para prenderla en las verjas de la Catedral de Quilmes.

Dardo Abbattista Los Quilmes

Arrullo de palomas

Miércoles, 16 de Junio de 2010

Desde la histórica Plaza de Mayo, antigua Plaza de la Victoria, Viviana Gómez, delegada de Colalao del Valle —uno de los 14 pueblos que integra la Comunidad India Quilmes de Tucumán—, libera lo que acontece en su lugar, respecto de los desalojos. En la memorable jornada para los pueblos indígenas argentinos del 20 mayo (y a sólo cinco días del Bicentenario), Viviana, cual ave mensajera, también avisa, de campos con electricidad.

  

Marcha Nacional de Pueblos Originarios / 12 al 20 de mayo de 2010

Marcha Nacional de Pueblos Originarios / 12 al 20 de mayo de 2010

               

Nosotros, por orden del cacique y del Consejo de Delegados, recuperamos nuestro territorio. En un principio, eran cuatro hectáreas con el fin de hacer únicamente viviendas para nuestra gente. No pedíamos hectáreas para cultivar nada. Entonces, ejercimos nuestro derecho para vivienda, nomás. ¿Por qué? Porque en Colalao hay muy pocos espacios para ello y nadie quiere ni vender ni prestar los terrenos, cuando algunos sí los están vendiendo o los están reservando para empresas privadas.

 

Y la gente se nos está yendo. La familia se está deshaciendo. La juventud está desarmando sus hogares y está separándose porque no tienen un lugar de contención. La idea era —principalmente— hacer las viviendas. Segundo, crear un mercado artesanal porque todos somos artesanos. Sabemos tejer, sabemos trabajar la piedra, sabemos trabajar la madera. Y, en tercer lugar, era crear un comedor-albergue para que los chicos que están fuera de la escuela o que viven lejos de ella, por lo menos, tengan un plato de comida digno para volver, después, a sus hogares.

 

¿Por qué? Porque hay chicos que viven a 8 kilómetros del lugar escolar que tienen que ir y venir todos los días y resulta que con los pies, ya no resisten. Por esto también nosotros, con la aprobación del cacique, habíamos comenzado a construir nuestras casas. Y lo decidimos realizar en ese espacio porque era un espacio de campo abierto. No estaba cerrado. Nosotros no cortamos alambre y no tiramos vallas de ninguna clase.

 

¿Y cómo edificamos las casas? Con los mismos adobes. Nosotros no compramos ladrillos. Teníamos cinco casas con gente que ya estaba viviendo en el lugar, prácticamente. El primer desalojo fue el 16 de septiembre del año pasado. Fueron 150 oficiales a desalojarnos. Nos sacaron y dejaron todas las cosas tiradas al frente. Y con la Comunidad decidimos volver a nuestro lugar, a los tres días. Y cuando  lo hicimos —ya no sólo con la aprobación del cacique y del Consejo de Delegados sino, también, con el visto bueno de la Unión Diaguita, es decir, con varios caciques de nuestra hermandad—, volvimos a levantar de nuevo lo que nos habían tumbado. Aunque en el corto tiempo que tardamos en volver, nuestra gente, se fue a alquilar y de a poco nos fueron rompiendo ilusiones. Sin embargo, seguíamos fuerte pero con la duda. Con la duda de que nos vuelvan a tirar, no con la duda de que somos dueños de nuestro territorio. Si no, con la duda, de que el Poder y el dinero pueden hacer más que unas leyes aprobadas y creadas por ellos mismos.

 

El segundo desalojo fue el 5 de enero de este año y vinieron con la misma cantidad de efectivos, gendarmería, caballería, infantería. Y nosotros ya sabíamos lo que nos esperaba, o sea, que dejamos todo y nos fuimos para las casas de nuestros familiares. Porque, lamentablemente, no podemos con el Poder y con estos hombres de azules que ya sabemos el mando que tienen para hacer las cosas. Y nos volvieron a destruir pero a diferencia de la primera, esta vez quemaron. Quemaron los colchones, las cañas, que eran los techos. Quemaron puertas y ventanas y medicamentos y ropas de criaturas que estaban viviendo ahí. La gente veía cómo ardía en los cuatros puntos. Y cortaron los alambres donde nosotros habíamos protegido porque habíamos comenzado a sembrar, para que los animales que andan sueltos, que son las ovejas y los burros, no nos coman lo sembrado. No era porque queríamos hacer límites sino para proteger nuestro sembradío. Nos cortaron los alambres de metro en metro sin tener piedad de nada. Después, ingresó la policía y empezaron a levantar ellos una casa con los mismos adobes que nosotros habíamos construído y pusieron a una familia que no era de nuesta zona, sino de Salta.

 

Quienes contruyeron esa casa fueron los de la empresa Neucom y la señora que nos desaloja, Encarnación Rodríguez de Colombo. Ella integra una Asociaión Civil que quiere nuestras tierras, para viñas. Ya se ha comprobado que nuestras tierras tienen muy buen porcentaje vitivinícola. Ha venido gente de Mendoza y ha visto que la produccción de la uva es mucho mejor que la de Mendoza porque no tiene fertilizante. Son tierras vírgenes, le decimos nosotros.

 

Y han decidido venderlas con Adán Díaz, el Delegado de Colalao del Valle (cargo similar al de Intendente), es decir, con el Gobierno de Tucumán. Entonces, el Delegado, está jugando para el dinero porque acá hay plata de por medio. Y no hablamos de pocas monedas ya que al hablar de empresas privadas, hablamos de mucho dinero.

 

Y acá, en el segundo desalojo, donde nosotros volvemos a ingresar el 1 de febrero, hicimos un pacto con el Delegado donde íbamos a trabajar Comunidad-Comuna, para el bien del pueblo. No para el bien de uno o dos. Pero cuando nosotros decidimos recuperar nuestro terreno, cambió completamente. (El pacto Comunidad–Comuna, consistía en que se respetaba nuestro territorio). Nosotros no queremos vender viña a nadie. No queremos vender tierras, eso que quede claro. Porque los hijos se nos están yendo y tierra para nosotros es fortuna, no por dinero, sino porque es sagrado lo que tenemos ahí. Tenemos seguridad, plantas que producen, entonces, no vamos a permitir que una empresa privada venga a hacerse dueña de nuestras tierras. Nosotros la vamos a cuidar y la vamos a defender porque la tierra es nuestra madre, nuestra Pacha Mama. Para nosotros, la Pacha Mama, es como si tuviéramos algo muy conectado a nuestra tierra, entonces, cuando la humillan, —destruyéndola y volteando nuestras casas—, nos estan humillnado a nosotros. Y destruyen a nuestra madre, la tierra, que, a su vez, es madre de todos. (Si nosotros no tenemos la tierra, no tenemos nada). Es decir, sino cuidamos la tierra, no cuidamos a nuestra madre. Y desde ella tenemos para producir, para alimentarnos, para hacer nuestra casa y para seguir adelante con los hijos, con los nietos y con los que vendrán.

 

Ahora, hemos decidido no respetar las cuatro hectáreas porque, ellos, cortaron los alambres. Entonces, nosotros, no peleamos por las cuatro hectáreas, peleamos por todo un territorio de punta a punta, de norte a sur. Y decimos: todo territorio que no esté alambrado pasa a ser de la Comunidad India Quilmes.

 

El significado

 

Colalao significa, en cacán, lengua madre de los quilmes, arrullo de palomas. No las palomas que tenemos acá, en la Plaza de Mayo, sino las palomas nuestras, silvestres. Y el arrullo de ellas te indica cuando va a nacer una niña, cuando va a nacer un varón. En su canto, te avisa, cuando va a morir alguien, cuando va a cambiar el clima. Nosotros, por el arrullo de palomas, conocemos nuestras estaciones y los mensajes.

 

Y son más chiquitas que las de acá, son grises, color de la tierra, marroncito, son las torcazas que le dicen, la bumbuna. Algunos de los niños la cazan para comer y hacer un guisito. Pero no permitimos que la maten por deporte.

 

¿Y qué anuncian las palomas

en Colalao del Valle?

 

Que la vamos a ganar y que la Presidenta tiene que aprobar. Tenemos que seguir adelante con esto. Sea lo que sea, aunque sea dejando nuestra propia vida. Estamos decididos. No vamos a permitir que empresas privadas nos invadan el territorio. Por eso estamos acá. Hemos salido el jueves de la semana pasada y en otras provincias han salido el lunes anterior y otros del sur, han salido mucho más antes. Estamos sin comer, estamos sin dormir. Nos bañamos con un baldecito de agua, caminamos diez días, tenemos en los pies, cayos y espero que la Presidenta no de un paso atrás y que no mire hacia los costados; por los intereses. Que no venda la Argentina, que la Argentina es nuestra y la tenemos que defender.

 

A partir de la marcha creo que vamos a ser escuchados. Ya no pueden hacer una mirada al costado. Nosotros hemos venido a varias marchas en Buenos Aires, pero con la multitud que se ha sumado hoy, se le está queriendo decir a la Presidenta que detrás de nosotros, hay muchos más. Ya no más empresas privadas y minas la Alumbrera que nos contaminen.

 

El árbol

 

Para nosotros, el algarrobo, es una planta muy respetada, es muy sagrada (le dicen, el árbol), porque en el se escribió, donde comprendía nuestros límites. En la planta está escrito todo. Tarda 50 años para que pueda sacarse madera. Es una planta dura que significa: seguiremos con la fortaleza. Además, te da el fruto y con el fruto alimentás a los animales. Le podés, tal vez, haciendo un patay, dar un poco de alimentos a tus niños. Y te da una sombra que te va a durar por años. Entonces lo respetamos por sí. Y hoy por hoy, ésta empresa Neucom, con la aprobación de Estación Civil, ha pasado últimamente topadoras por la zona, destruyéndo todo lo que eran nuestros árboles de algarrobos para poner; viñas. Es increíble ver de un extremo a otro cómo se ha destruído para poner únicamente viña. Los han tirado y los han quemado sin importarles qué és lo que significan los árboles. Y han puesto alambres con corriente por todos lados.

 

¿Cómo? ¿Alambres con corriente?

 

Claro. Son los tipos boyeros (es algo que pasa corriente al alambre de medianera, entonces el animal se acerca y hace un contacto de corriente). Lo pusieron para que los animales que andan suelto que son las ovejas, las vacas —cuando nosotros estamos acostumbrados al pastoreo libre— no puedan ingresar (agarrándoles la corriente) o, sino, los matan y los comen ellos.  Ésa es la ley de la gente que tiene dinero. Y, hoy por hoy, ésta empresa Neucom está cuatrereando porque se aprovechan de esos alambres, cuando los animales están acostumbrados ha andar sobre campos abiertos. No podemos reclamar porque entró a un privado, como dicen ellos.

 

Los boyeros están puestos en campos abiertos, donde no hay casas cerca. Para nosotros, los animales nuestros, han pastado por siglos y por años han estado sueltos. Ahora no tenemos agua, porque ellos invaden con las bombas de agua. Nosotros le decíamos los lugares de agua negra (que son estanques y represas donde los animales van y toman agua). Ellos, al poner cuatro o cinco bombas de agua, para una producción de viña, están acabando las capas subterráneas de agua y así están secando la vertiente. La empresa hace cuatro años que está. Primero empezó con dos hectáreas. Ahora, al ver que la uva le está dando bastante producción, quiere invadir todo el territorio. La empresa utiliza para trabajar toda gente de la zona donde la mayoría trabaja en negro. Y, con la necesidad, se está aprovechando de la gente. Trabajan de las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. La empresa está trabajando para el otro lado, casí al límite con Salta. Estarán a 8 kilómetros.

 

En cualquier momento, van a empezar a contaminar la tierra. Porque los dos primeros años no le van poner fertilizante a la tierra pero los años posteriores, al ver que produce-produce, van a empezar a poner fertilizantes y van a empezar a contaminar la tierra. En un año han sacado 10 mil kilos de uva y para el otro año quieren sacar 100 mil. Entonces, tienen que producir de alguna forma porque tienen que ingresar dinero. No les importa lo que cueste.

 

Además, el juez de Colalao del Valle, Adolfo Salazar, es quien, supuestamente, tiene la autorización de firmar los papeles. Él firma papeles de compra y venta, no le importa cómo ni por cuánto. Él firma papeles y no tiene límites. Así es la forma que nos han invadido.

 

Yo creo que esto se termina con esta marcha. Si la Presidenta dice “basta a esto”. Y así que se respete nuestro territorio, que se respete la ley 26.160  que ellos la han inscripto, que ellos la han formulado y que emana de la Constitución Nacional; podemos, con fuerza, ejercer nuestro derecho. Es la ley que dice, no al desalojo de las comunidades indígenas, respetando nuestro territorio.

 

El pedido

 

En estos momentos, estamos nosotros en el terreno, produciendo con huertas. Volviendo a realizar los adobes, volviendo a levantar nuestras casas. Estamos levantado tres casas. Y vamos a seguir porque eso es nuestro. No vamos a abandonar. Vamos a seguir adelante. Lo que pasa… que hay miedo e impotencia porque es feo ver que te destruyan las casas y que todo quede, muchas veces, en la nada. Porque el Gobierno de Tucumán, no se ha hecho cargo en ningún momento, ni tampoco Derechos Humanos, ni Medio Ambiente, a pesar de que tenemos denuncia contra denuncia. O sea, se invierte dinero y se invierte fuerza y no vemos respaldo. Únicamente tenemos el de la Unión Diaguita, de nuestro pueblo originario. Y económicamente cuesta mucho dinero, porque son chicos jóvenes. Y ellos han soñado y le han destruido. Le han destruido malamente, sin piedad, porque ellos miraron cuando se le quemaba la cosa. Cientocincuenta polícías ¿qué podemos hacer? Yo he decidido —y era un pensamiento general de mi Comunidad—, preservar la vida de mis hermanos y no que vayan a un enfrentamiento. Ver la forma en que se quemaban las casas, da impotencia. Era de llorar, día y noche, porque no puede ser que el Poder haga más que las leyes y la unión que tenemos nosotros.

 

A la Presidenta no le pedimos nada. No le pedimos bolsones. No le pedimos mercadería. Pedimos que se respete nuestra tierra. Nada más.

 

Por Dardo Abbattista

 

Fotos: www.mandiocacine.blogspot.com

 

Dardo Abbattista Los Quilmes

Jesús de los Quilmes

Lunes, 26 de Abril de 2010

¿Cuántos medios ignoran que los quilmes viven y resisten en Tucumán? Casi todos… Si hasta Clarín (el diario que, después de El País, de España, es el más leído de habla hispana) en su Atlas de la Argentina habló de ellos como que alguna vez existieron… y no conocieron la cerveza. Pero en agosto de este año vinieron junto con sus hermanos de Catamarca, invitados por Lucrecia Lombán (integrante de la Asociación Permanente por los Derechos Humanos de Quilmes), María Elena de Villaflor (arquitecta y docente), Liliana Moroni (maestra también) y quien escribe para dar una conferencia y hacernos conocer de cerca su realidad. Lo hicieron el lunes 24 de agosto en la biblioteca Mariano Moreno de Bernal ante 500 personas. En este número siete —de diciembre de 1995— no volcamos lo que allí pasó; sin embargo, a través del reportaje, se encontrarán con la vida de un hombre, la historia de un pueblo, con la américa india. Se trata de Tucumán; se trata de aquellos que llevan en su piel el color de la tierra: Jesús Costilla. Aunque no tenga apellido “ilustre”, ni lo veamos seguido por TV, le sobre Sol, Río, Vivencia y Nombre para decirnos: “A mí gusta que me digan ¡eh!, ¡sos un indio! Me pongo ancho”…

 

1995. Don Jesùs en la biblioteca Mariano Moreno de Bernal. Fotografìa realizada por Ariel Pytrell.

1995. Don Jesùs en la biblioteca Mariano Moreno de Bernal. Fotografìa realizada por Ariel Pytrell.

 

 

Cuando las aguas bajan turbias

 

Me levanto temprano dos y media. A la cinco de la mañana ya estoy lejos por ai trabajando. Ahí no hay pa’ quedarse en la cama. Hay que cuidar a los animales porque hay zorros, leones, se comen la oveja. Vuelvo a las doce y vuelvo a salir hasta tarde, voy a copiar poleo. No sé cuando ha pasado el domingo, yo trabajo igual. El día de riego hay veces que uno se levanta a la una y media y riega en la oscuridad. Hay que ir más o menos a 8 km. a ver el agua, largarla del tanque de la represa, cuidarla. Tengo que acompañarla porque viene por una acequia. Hay que seguirla, juntarla y traerla a la finca, claro, tiene que ver que no esté abierta por otros costados, para otras personas; el agua es de una vertiente, pero el río es muy piedrudo. Yo tengo el agua en el mes dos días de turno, que uno me cae el 8 y el otro el 20, pero hay otra gente que está peor que yo porque le cae a los treinta y dos días, no se salva nada tenemos separado para cada vecino el agua, pero hasta que vuelva a los treinta y dos días ya se ha vuelto a secar. Quilmes tiene todas las necesidades. Antes el agua era abundante, limpia, ahora no alcanza y de día en día es más sucia… es una inmundicia. No alcanza para poder cultivar, para poder vivir, no se siembra. Para tomar tengo un pocito, otros no tienen, lo sufren peor, vienen a casa a llevar agua en baldes. Yo quisiera que vayan ahora pa’ que vean como están los animales ahí tirados, no hay pasto, no llueve. Este verano ha llovido una sola vez, es triste… es fiero.

 

Sus antepasados privados de su presente

 

En la escuela vivía un viejito, le sabían decir viejito “iuro”, don Adrián era de Italia, él nos enseñaba: habíamos hecho duraznos, uvas, poleo… a mí me gustaba, el que traía más poleo era yo… estaba más cerca del viejo. A los 9 años empecé con la artesanía, hasta hoy sigo nomás. El turista va a las Ruinas, el de ahí de Quilmes no va, porque no tiene dos pesos para pagar. Dicen que es nuestro, pero parece que no es porque hay que pagar dos pesos, es privado, no somos dueños. Nosotros estamos negados de pasar de las Ruinas para allá, negados; no se puede vender. El Gobierno tiene la culpa, lo ha arrendado y chau, tienen el hotel. Si discutís te mandan preso, les crían sumarios, así que tienen que estar ahí chato.

 

En el diario no hablaban de ti

 

Pero… esos salen a favor de los terratenientes. Si llega a caer alguna tormenta con piedras, que le rompe todo lo que tiene sembrado, por ejemplo el Gobierno de Catamarca, lo reconoce. En Quilmes es al revés: nosotros denunciamos, sacan fotos y todo y le dan al terrateniente. A nosotros ni la semilla. Vienen, hacen el censo, vamos a la policía, al juez, ¡ah! que le parece… unos vamos a caballo, otros a pata 14 km. , algunos tienen pa’ comer, otros no. Ocurre que cuando hay un diario interesante no lo venden, palabra de Dios, no lo venden, no lo llevan, lo llevan tan lejos…

 

La huelga grande y el sombrero de prestado

 

Éramos chicos y la escuela estaba lejos. Fui hasta primer grado. En segundo duré dos días. Ya había llegado el tiempo en que conchababan gente pa’ el ingenio Ledesma y dicen: “bueno chango, vamos a ir a pelar caña”. No sabíamos qué era, teníamos 8 años. Cuando iba el contratista a vernos nos poníamos grande, que era prestado, para aparentar ser grandes. Eran sombreros nomás, pero ya figurábamos con número de libreta en el ingenio. Ahora se maneja todo con computadoras. Hoy no se pueden conseguir los aportes, éstos se hacían en el ’50, en el tiempo del General Perón y Evita. Yo me acuerdo cuando ha sido la huelga grande en el ingenio Ledesma, era mozo, fue en el ’49 y duró 45 días. Hemos comido locro, dormíamos en el campo, en las piedras, ahí afuera. Reclamábamos aumento, nos pagaban muy poco. Nos largaron a la gendarmería, pero había viejos duros ¿no? Se había ganado a los 45 días y teníamos una bandera. Nos han ayudado todos los almacenes, no nos fiaban, no nos vendían, nos regalaban la mercadería apoyando la huelga.

 

Roano

 

Nací en el Rincón de Quilmes. Hemos sido once hermanos. Siempre me acuerdo y reniego en serio, es fiero ser pobre, me acuerdo bien. Yo era el más grande, veníamos a pie, teníamos un burro que le decíamos burro Roano. Y en ese mi papá y mi mamá cargaban toda la camilla, toda, pero toda.

 

Durmiendo con el enemigo

 

Ellos no han dado la mano, pero yo sí. De este terrateniente Chico queda uno, esos animales ¿no? Había que pagar el arriendo. Si no tenía la plata te pedían un novillo y nosotros no teníamos vacas. Había que ir a trabajar para ellos, ensillarles el caballo pa’ los niños. Y no ha sido hace muy mucho. Tengo 64 años así que hace 44 años. Trabajábamos de sol a sol. De mañana se usa de que hay que tomar mate cocido en el suelo. Al otro día se levanta no para ir a la pava del mate cocido, tenía que ir a ver la pala… a ver el pico… a ver el hacha. Te dan un pedacito de pan, con una tacita chiquitita a las 10 y a las 12 nos sacaban, nos ponían allá lejos. Ellos son ricos, ellos comían lo mejor, nosotros estábamos ahí mirando. Los Chicos, los terratenientes, se reían, nos miraban, nos decían “cara de fieros”, nos hacían señas… comían y se iban a dormir y no nos llamaban a comer, entreveraban la mazamorra y guiso, la sopa, el locro, los pedazos de panes que quedaban y eso nos daban, ¡la sobra! Comían el postre, mucha fruta, la uva le comían toda linda, lo mejor del durazno. Todo lo podrido, eso, era el postre nuestro. ¡Yo he pasado eso! Ahí no se conocía la heladera, carneábamos, colgaban la carne podrida y con eso nos cocinaban. Para ellos había carne del bueno.

 

La deuda eterna

 

Ortega, bueno, han venido a vernos una vez. Se ha pedido audiencia, no nos ha recibido nunca, nunca.

Nosotros estamos organizados, pero ya han pasado más de veinte años y qué hemos visto: con cada Gobierno va peor. Uno quiere defender lo nuestro, que la gente vea, luche, pechee. En el Gobierno de facto, la cantidad de gente que se ha perdido… En aquel tiempo me han hecho torturar, estábamos defendiendo nuestras tierras. Hacían la denuncia a la gendarmería, que éramos montoneros… y bueno, mandaban carros y nos castigaban. Me han mandado preso, no me dejaban cultivar la finca, pero yo hacía canastos y así luchaba. Una vez vinimos a Buenos Aires… Vivía Perón, nos siguió la policía, nos habían recibido todos, y un grupo de periodistas preguntaba ¿ustedes? ¿qué armas han traído? Ni honda, ni honda teníamos. Hace muy mucho que nos halagan así como perro chiquito. Ya estamos cansados, no le creemos a nadie, a nadie. Si nosotros no hemos visto nada porque cada año está peor. Cuando viene cerca la política (elecciones) y ha vuelto a pasar otra vez, te dicen, ¡che, qué necesitas!, bueno, vamos agarro el caballo, le enseño todo y dicen: mirá Jesús, esto lo vamos a hacer así, ya está y se va. Pasa ese período de Gobierno, viene otro, ese lo hace mejor, ya le dice con las dos manos, mire ¡hay que hacer así!, escriben, sacan fotos, llevan arquitectos, arquitectas, todo, todo, lo filman, miden el agua, traen botellas… ponen palos, pintan los pinos… no, eso no es mejora.

 

Los nadies

 

En el centro de salud cada dos o tres meses se consigue algún geniol, no tenemos nada, lo mejor de allá es la escuela, nada más, correo no hay. El centro de salud no tiene médicos, cuando alguien se enferma y bueno, se muere ahí. Para sepultarlo hay que pagar $500 más los otros impuestos que cobra el intendente. Y toda la gente dice que las tierras son nuestras y ¿por qué no somos dueños de enterrar los muertos? El hospital está a 24 km. en la provincia de Catamarca, pero no nos pertenece. El hospital que tenemos está en Tafí del Valle a 67 km., y bueno, el que puede trasladarse, y el que no puede se muere, se queda, muere en el camino… porque acá aunque haiga ambulancia, usted la pide, pero sino le da la plata para la nafta, no lo lleva… Hay que pagar la nafta ida y vuelta… y si hay algún quebrado no lo arreglan allá, hay que traerlo a la provincia de Tucumán, ya cuesta mucho, nosotros estamos a 200 km. de la ciudad de Tucumán, de la capital. Hay que cruzar todo el cerro. El vehículo que hay en el pueblo camina dos o tres cuadras y hay que pechearlo, pero queda ahí. Cuando se muere alguien lo llevamos a otro pueblito, porque no tenemos cementerio, lo trasladamos en una escalera… con un palo.

El primer teléfono lo tenemos en Santa María (Catamarca) a 24 km., otro a 60 y en Colalao a 17 km. hay que ir en ómnibus. Mi casa está sobre la ruta y lo tengo a dos metros, pero hay mucha gente que está lejos a 15/20 km., pero en ómnibus va el que tiene plata.

 

Apuñalaron al Sol

 

Nosotros hemos visto, donde la gente cava todavía, al indio lo enterraban con sus mejores prendas. Hay hombres que han sacado cosas, les han hecho mal el vapor de los metales. Nosotros estamos dentro de la ambicia, ahora somos mezquinos no servimos pa’ enterrar. Ni a nuestro padre, ni a nuestra madre, ni a nuestro hermano ¡a nadie se le da lo que hay que darle! o como lo tenemos que cuidar, que le tenemos que poner arriba. Nada más que lloramos, lloramos porque se ha muerto, pero por abajo está nuestro interés. Nosotros hemos visto cómo enterraban al indio sentado y a la vuelta le ponían lo mejor que él tenía, ahí se encuentran los metales, los adornos, las mejores ollas están en las bóvedas… y hoy los cavan de noche… hace poco lo ví…

 

Papel de trapo

 

¿ Y Cuáles son sus esperanzas cuando viene a Quilmes, en Buenos Aires y ve que enfrente tiene 500 personas?

 

Y bueno, nosotros siempre soñamos y vivimos soñando, pero ve, es tan lerdo todo, cuando hemos venido la otra vez (en el ’93) nos hemos ido presumiendo ¿no?, pero no ha pasado nada. El papel no habla, no hace nada, usted lo escribe y ya está.

 

Raíces

 

Es muy lindo ser indio, a mí me gusta que me digan, ¡eh!, ¡sos un indio!, me pongo ancho… Hay gente que no sabe reconocer, no sabe sentir, lo que está, donde está o lo que es. Por ejemplo, nosotros nos encomendamos, se va al cerro, se hace la ofrenda, ¡si somos de la tierra, hay que pagar a la tierra! se la abre con la mano, se hace un oyito, se la pone ahí, se lo hace cuando uno necesita algún favor que le devuelva la tierra, que lo ayude, uno pide, me encomiendo a la tierra y a Dios. Se paga a la Pachamama, se paga en cualquier parte, porque la Madre Tierra está a donde uno anda, adonde uno pisa la siente… esa es la fortaleza…

 

Por Dardo Abbattista

 

Publicado en la revista Los Indios Kilmes número 7 del año 1995.

Dardo Abbattista Los Quilmes

El legado de las estrellas

Lunes, 22 de Marzo de 2010

En el legendario Valle Calchaquí, que hoy abarca parte de las provincias argentinas de Salta, Catamarca y Tucumán, la Confederación de Pueblos Diaguita-Calchaquí organizó una de las más grandes y heroicas resistencias propinadas al imperio español en América. La resistencia armada de dignidades, sabidurías y piedras de todos los colores, duró 130 años, de 1535 a 1665, con algunos períodos de paz que eran la calma que precedía a la tormenta.

Allí, al conquistador Diego de Almagro —que había llegado desde el Perú en 1535, por el camino que los incas habían construido cincuenta años atrás— se lo estaba aguardando. La bienvenida para tan ilustre visita y su numeroso ejército invasor le fue preparada, no bien pisoteó Jujuy, por Omaguacas, Ocloyas, Osas, Tumbayas, Cochinhucas, Paipayas y Calchaquíes. Y, al poco tiempo del recibimiento, a los flechazos limpios, se fue con el rabo entre las patas huyendo despavorido hacia Chile.

La Confederación integrada por Hualfines, Tolombones, Amaichas, Pulares, Quilmes y Acalianos, entre más pueblos indígenas del Noroeste, llevó su voz de liberación, —además de Salta, Catamarca, Tucumán y Jujuy—  a Córdoba, La Rioja y Santiago del Estero. Estas provincias, más una parte de Chaco y otra, de Formosa, formaban, bajo férula hispana, “La Gobernación del Tucumán”; nombre que, algunos cuentan, deviene de uno de los antiguos Incas del Perú que se llamaba Tuku-Umán y otros de Tucma, el cacique de la región.

Por el mismo camino, y alrededor de 1562, uno de los líderes que planteó y logró la Unión de los Pueblos por el 1562 fue el cacique de los Tolombones, Juan Calchaquí, considerado sagrado; y uno no sabe si él bautizó al Valle o el Valle, a él. Por entonces, ocurrió aquella sagrada reunión general donde se comprometen, ante el alto y poderoso sol, que era su primera deidad, de morir o dar muerte a todos los extranjeros. Lo siguieron, y aún lo siguen, Diego Viltipoco en 1590 en Jujuy y Juan Chelemín, el Tigre de los Andes, en 1630 por La Rioja y Catamarca.

Pedro Bohorquez, español de origen y líder de los indígenas, combatió por 1659. Ahora, Martín Iquín, el gran cacique de los Quilmes, resiste todo lo que más puede al sitio en 1665, junto con los hermanos Acalianos, en Quilmes de Tucumán, todo lo que más puede. El gobernador Mercado y Villacorta les había tomado a los adoradores del Valle el lugar donde, en el llano, tenían almacenada buena parte del alimento, y también les corta el agua. Por esta estrategia cobarde del gobernador, deben ceder y cae el último cerro amado. Iquín y su hermoso, valiente y laborioso Pueblo tienen que bajar del pucará, de su fortaleza en lo alto de la montaña, y entregar sus armas por encontrarse sin tener qué beber y qué comer. Mientras lo hacen, su historia se profundiza, elevándose con altura propia: las mujeres Quilmes y Acalianas que no quieren ser ni esclavizadas ni miradas ni tocadas por ningún español, fieles a sus hombres, fieles a sus dioses toman a sus hijos en brazos y vuelan con ellos hacia la tierra desde lo más alto del cerro; parten libres y así inician el viaje a las estrellas.

Cuando le pregunté a Gloria Yapura, profesora de historia y docente de la “Comunidad India Quilmes” de Tucumán, sobre el origen de la resolución, definió: “Hay que ser valiente para quitarse la vida y para quitársela a los hijos. El primer amor para ellas era la libertad y la amaban tanto que prefirieron morir antes que rendirse. Ser dominadas por el español, eso no sería vida, entonces se van hacia la otra vida, y se llevan lo más preciado. Ninguna madre lleva a sus hijos hacia un lugar inseguro. Defendieron su orgullo y se quedaron para siempre aquí, con sus huesos y en su tierra. Sus cuerpos, partes de la naturaleza, siguen vivos en los árboles y en las plantas. Creían en la vida después de la muerte”.

Los Quilmes, como constelación Diaguita, creían —y creen— que su alma, al partir, se convierte en estrella, y las que más brillan en el firmamento son las de quienes realizaron hazañas memorables en la vida terrenal. Por esto, cuando por las noches la Comunidad India Quilmes, junto con su cacique, Pancho Chaile, mira al cielo, ve las almas de las mujeres Quilmes y Acalianas que, junto con las de Juan Calchaquí, Juan Chelemín, Martín Iquín, Diego Utibaitina e Isabel Pallamay, iluminan con su fulgor para esclarecer lo sucedido y para que de una buena vez por todas le devuelvan a su pueblo la Ciudad Sagrada, que es desde donde tomaron aquella histórica decisión.

Hoy, mal conocida como “Ruinas Quilmes”, la Ciudad Sagrada se encuentra, desde 1992, en garras del empresario Héctor Cruz, amigo de terratenientes y de los sucesivos gobiernos tucumanos quienes, en concesión, se la entregaron para que la explote turísticamente.

Georgina Bordón, delegada por el pueblo del Bañado, respecto de la Ciudad Sagrada, le pregunta, con la voz de su cultura al Gobierno nacional y provincial: “¿Vamos a tener que seguir esperando 500 años más hasta que sea nuestra?”.

Desde el cielo y desde la tierra, la Comunidad India Quilmes clama por su historia, por su vida y la de sus estrellas.

 

Por Dardo Abbattista

 

Bibliografía:

Calchaquí de Adán Quiroga.

El Shincal de Quimivil, de Rodolfo Raffino.

Jujuy (apuntes de su historia civil) de Joaquín Carrillo.

Los Quilmes (Legendarios pobladores de los Valles Calchaquíes), de Teresa Piossek Prebisch.    

Por una Constitución que incorpore y garantice el Derecho de los Pueblos Indígenas (por la igualdad del Derecho de los Pueblos), Comunidades Indígenas de Tucumán, Pueblos Diaguita y Lule.

 

*Artículo publicado en Los Indios Kilmes (Y El Suri) número 30 de septiembre del año 2006. 

Dardo Abbattista Los Quilmes

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