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Archivo para la categoría ‘Los Quilmes’

Pacto de Hermandad

Jueves, 11 de agosto de 2011

Segundo Pacto de Hermandad, llama la Comunidad India Quilmes de Tucumán y el Municipio de Quilmes a lo firmado por el cacique y el intendente, en el salón Eva Perón, el 20 de abril. Acá, entonces, lo publicamos, con una breve historia de su firma, comentándoles también que —respecto del Primero— obtuvo una ampliación en su artículo 8, donde le permite a los quilmes adquirir un poco más de dinero que en el anterior.

Acuerdos comunales 

23 de mayo del año 2000. María Elisa Ezquerra, siendo concejal del Gobierno de Fernando Gerónes, lo presenta ante sus pares, elaborado junto con la Comunidad India Quilmes y la antropóloga especializada en arqueología, Mónica Cereda. 

29 de junio del año 2000. El cacique Francisco Chaile y el intendente de Quilmes, Fernando Geronés (1999-2003), lo firman por primera vez en el Museo del Hombre, en París, Francia. 

14 de agosto del mismo año. Lo vuelven a rubricar en el Municipio de Quilmes, los mismos protagonistas. 

17 de agosto del año 2004. En el Museo Almirante Brown de Bernal, Chaile y el intendente de Quilmes, Sergio Villordo (2003-2007), lo reafirman.

20 de abril de 2011. El cacique y el intendente, lo amplían en el salón Eva Perón del Municipio de Quilmes…

 

20 de abril de 2011, salón Eva Perón del Municipio de Quilmes. El cacique y el intendente firman una ampliación del Pacto de Hermandad.

 

Artículo 1. El Pueblo de Quilmes, representado por el Intendente Municipal Sr. Francisco Gutiérrez y la COMUNIDAD INDIA QUILMES, emplazada en el Departamento de Tafí del Valle, Provincia de Tucumán, representada por el Sr. Cacique Francisco Chaile, con el objeto de afianzar los indelebles lazos históricos y culturales que unen ambos pueblos y reconociéndose mutuamente iguales y libres según los términos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, acuerdan y firman el presente SEGUNDO PACTO DE HERMANDAD. 

Artículo 2. Este pacto se realiza en concordancia con lo dispuesto por la Constitución de la Nación Argentina en su Artículo 75 incisos 17 y 22, y la Ley Nacional 23302 sobre política indígena y apoyo a las comunidades aborígenes.

 Artículo 3. LA COMUNIDAD INDIA QUILMES, referida en este acuerdo, es la Asociación Civil sin fines de lucro con personería jurídica de la Provincia de Tucumán N° 34/90, domiciliada en la Ruta Nacional N° 40, KM 999, Quilmes, Colalao del Valle, Departamento de Tafí del Valle, Provincia de Tucumán, integrada actualmente por las siguientes catorce comunidades:

1- El Carmen

2- El Paso

3- Los Chañares

4- Quilmes Centro

5- Rincón de Quilmes

6- Quilmes Bajo

7- Las Cañas

8- El Bañado

9-  Anjuana

10- Talapazo

11- Colalao del Valle

12- El Arbolar

13- El Pichao

14- Anchillos

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Dardo Abbattista Los Quilmes

Flor de cacica

Jueves, 17 de marzo de 2011

—¿Cómo la llamaremos?
—Isabel.
—¿Te parece?
—Sí. Es nombre de reina pero, esta vez, será nuestra. No será de España, no será de Europa, sino que será de nuestro pueblo. Será de Quilmes, será de América.

A la hora de imaginar, tal vez, haya sido así el diálogo de María Chalpi y Francisco, los padres de Isabel Pallamay cuando, por primera vez —con especial alegría—, en brazos la tuvieron.
Cuentan que nació en Quilmes, Buenos Aires, alrededor de 1680, la futura cacica de los quilmes. Y que peleó durante dieciséis años (de 1692 a 1708) para obtener su cacicazgo, lo que entonces inició de muy jovencita: entre doce y catorce años

La enfermedad europea, la viruela, se la llevó junto a sus guaguas, junto a sus hijos pequeños, Ana y Ramón y, también, a su amor, Martín Salchica, el padre de sus niños. Otros quilmes (y no sólo) también perecieron en aquel fatídico 1718.

Trabajos, su pueblo y libros de historia hablan de ella: Quilmes Colonial, de Guillermina Sors (1937); Pleito por la sucesión del cacicazgo en la Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los quilmes, de Zunilda Quatrín y Fabiana Bugliani (1995); Transformaciones en una comunidad desnaturalizada: los Quilmes, del Valle Calchaquí a Buenos Aires, de Palermo y Boxiadós (1991). Y, siempre, la Comunidad India Quilmes de Tucumán.
Y un poeta, Carlos Patiño, que vive en Bernal, crea —allá, por el 2000— lo que conocemos como «el monólogo» de Isabel Pallamay. Al año siguiente, y en la revista Los Indios Kilmes, lo publicó. Unas maestras, Ana María Franceschini y Stella Maris Donati, entre lágrimas lo leen. Sus alumnos de la escuela primaria de Bernal número 20, también. Otro tanto le ocurre a la directora de entonces, Haydeé Domínguez.

«Y si alguien desea honrar esta memoria —todo cuanto me queda, todo cuanto me dejaron—, lleve una flor roja como la pústula que acabó con nuestras vidas y préndala en las negras verjas de esa iglesia que construyeron mis hermanos, allí, frente a la plaza. Así unirán mi memoria y la memoria de mi nación a sus corazones», dice un pasaje del monólogo. Y los alumnos junto con sus docentes, el 14 de agosto de 2003, lo hicieron nomás y convirtieron la letra en flor, cual magos de la historia.

Me tocó estar aquel día, cuando pude oír el dialogar entre Stella Maris Donati, una de las docentes, y Carlos Patiño, el poeta. «Porque ella dice», le asegura la maestra al autor del escrito. «Ya está. Ya está», agrega un Patiño conmocionado… Y me explica mejor: «Ya está, no soy yo quien habla. Es ella, quien lo hace. Es Isabel». Me lo decía con suma alegría y en referencia a que se había comprendido de manera cabal lo que él había querido señalar con el monólogo: que se sepa sobre Isabel Pallamay y sobre lo que tuvieron que padecer —y aún padecen— sus hermanos del Valle. En otro momento, y cuando los alumnos terminaban de colocar la ofrenda, lo escuché decir para sus adentros: «Gracias, gracias, gracias chicos», como quien agradece de por vida.

La Pallamay, la indescifrable estrella de los indios quilmes es el nombre de la novela que, luego, escribió Patiño, publicada por Mondragon Ediciones en abril de 2004. Martín Iquín, el cacique quilmes —quien sufrió el destierro forzoso al frente de su pueblo en 1666—, el ascendiente de la flor…

Desde entonces —o, más precisamente, desde 2005—, evocamos con MAIZALES Asociación Civil, aquella ceremonia, aquella flor, aquella Isabel brotada de la tierra de Quilmes. Lo hacemos como nos lo transmitieron los chicos: lentamente, tranquilos, en paz. Para esto contamos con el permiso de la Catedral de Quilmes, así como con la colaboración especial de las escuelas Nº 1 y 20, que —como principales y entre otras— asisten con sus alumnos.

Por esto, por las nuevas generaciones y por el nombre que nos legó la historia, puede ser relevante para la cultura, para la educación y para la unión de ambos Quilmes, el de Tucumán y el de Buenos Aires, contar el 14 de septiembre a las 10.00 en las puertas de la Catedral con la presencia de más escuelas, del Municipio de Quilmes y de la Comunidad India Quilmes de Tucumán.

Publicado en La Hoja, del Municipio de Quilmes. Septiembre de 2010.

Dardo Abbattista Los Quilmes

Rivadavia se tendría que llamar Martín Iquín

Lunes, 1 de noviembre de 2010

Los Ojos de la Tierra

Una foto del poderoso faraón egipcio, Ramsés II, la envolvió en el fascinante mundo de la arqueología. El hombre andaba en su tumba echo una momia por su templo funerario de Tebas y Zuni Quatrín, con apenas 11 años, mirándolo boquiabierta desde el libro que su padre recién había posado en sus manos. “Yo quiero ser arqueóloga” exclamó ante el vendado Ramsés que seguía inmóvil. Zuni quería descubrir tumbas como la del faraón, lo que ella no imaginaba era que, en vez de prepararse para ser como lo que es, antropóloga especializada en arqueología, iba a tener que hacerlo también en educación física, como cuando salió veloz, en 1997 detrás del volquete que llevaba restos humanos sacados del atrio de la catedral de Quilmes, para, envueltos en escombro y tierra, ser tirados por ahí.

1995. El Proyecto Arqueológico Quilmes realizando pozos de sondeo en la Plaza San Martín. Zuni Quatrín, de pie, Xavier Perussich y Mónica Cereda junto con una colaborada de entonces, encontraron, lo que parece ser, un piso de una vivienda, según relató Cereda, con mucha cerámica indígena. Vestigios de la misma se encuentran en la Sala Arqueológica de la Casa de la Cultura de Quilmes.

1995. El Proyecto Arqueológico Quilmes realizando pozos de sondeo en la Plaza San Martín. Zuni Quatrín, de pie, Xavier Perussich y Mónica Cereda junto con una colaborada de entonces, encontraron, lo que parece ser, un piso de una vivienda, según relató Cereda, con mucha cerámica indígena. Vestigios de la misma se encuentran en la Sala Arqueológica de la Casa de la Cultura de Quilmes.

La investigadora, en buen estado, alcanzó el camión cerca del río y con la ayuda de vecinos y su equipo pudo evitar que el importante material vaya a parar para relleno. Zuni es desde el ‘95 la líder y directora del “Proyecto Arqueológico Quilmes” que depende económicamente de la municipalidad y, así y todo, con un salario que da risa para una investigadora de su calibre, sin computadora, sin un lugar apropiado para llevar a cabo su profunda tarea, tratada junto con su equipo, más que como profesionales, como canguros: ya los cambiaron siete veces de sede, su última parada: “El Museo del Transporte”, igual se zambulle a la tierra como una topa humana y una vez debajo cuenta que ve.

La primera excavación que hacen es en el ’95, en la Plaza San Martín, frente a la Catedral de Quilmes. ¿Por qué empezaron por ahí? ¿ese lugar no fue siempre plaza? o ¿es porque por ahí se dice estaba el núcleo principal de la Reducción de los Quilmes?…¿qué hallaron?

Plaza fue con seguridad, cuando se hace el repartimiento de tierras de la Reducción en 1818, antes no sé. Cuando en el ‘95 se pone la empalizada para poner la fuente, pedimos autorización para excavar, nuestro temor era que el cementerio de la Reducción se extendiese hasta ahí y que cuando pusieran la fuente se llevaran puesto todo. En plaza San Martín no apareció ningún resto humano. Aparecieron restos culturales, cerámica indígena, lozas, vidrios de distintas épocas, todo en un contexto que iría del año 1700 hasta principios de 1800, hay desechos y desperdicios de la gente que vivía en la Reducción, Leer más…

Dardo Abbattista Los Quilmes

Las olimpíadas de Wilfrido Franco

Viernes, 3 de septiembre de 2010

El ultramaratonista quilmeño con sangre guaraní y española abrigaba un sueño: unir Tucumán con Quilmes, a las zancadas limpias. Lo había intentado en el año 2006, cuando arrancó de la Quilmes Huasi que, como cuenta el cacique Pancho Chaile, es la Casa de Gobierno de la COMUNIDAD INDIA QUILMES de Tucumán, en el Valle. Pero, en Oliva, Córdoba, por lesión en el tendón de Aquiles, aquel año tuvo que abandonar su sueño.
Wilma Cabrera, su compañera y madre de sus cinco hijos, una vez, mientras me encontraba en su hogar dialogando sobre la aventura, lo había pronosticado: “Mirá que este loco lo va a volver a intentar”. Wilfrido, que estaba presente, no dijo nada, sonrió y pensó: “Esto se llama conocerme”. Y así, con el cariño de su familia, fueron llegando más y más locos: gremialistas, políticos, periodistas, comerciantes y amigos fueron brindando apoyo y, a caballo de sus misioneras piernas y mensajeros brazos —como un antiguo chasqui—, se lanzó a la ruta, nomás.
La historia dice que salió de la Plaza Independencia, en San Miguel de Tucumán, el 27 de julio y que llegó a la Plaza San Martín de Quilmes el 16 de agosto de este año marcando, en veintiún días, una verdadera proeza tras recorrer 1323 kilómetros. Pero él —acompañado en el camino por dos espirituales indios, por la Unión Tranviaria Automotor y por Dios; el mismo a quien, en un pueblo de Córdoba, lo declararon Ciudadano Ilustre junto con el masajista, la familia y los choferes—, dice mucho más.

wilfrido franco

Wilfrido, muchos pensábamos que ya estaba e, incluso, que a pesar de haberte quedado en Córdoba por lesión, de alguna manera, lo habías logrado corriendo hasta ahí con todas las dificultades que se te habían presentado en el camino: fuiste sin masajista, sin un apoyo sólido de la intendencia anterior, manejando hasta Tucumán con tu ranchera 74 y arrastrando un trailer. Pero, evidentemente, para vos no fue así y sentiste que habías quedado a mitad de camino, y entonces decidiste finalizar con el pleito encarando “a todo o nada”.
¿Cómo mantuviste la idea latente y cómo arrancaste de vuelta?

¿Te acordás de cuando hicimos la carrera simbólica en homenaje a los quilmes, en agosto del año pasado, y me dijiste: “para que no se apague el fuego”? Eso me quedó muy marcado. Salimos de la Escuela 20, de Bernal, vos en bicicleta y yo, corriendo de donde, antes de hacerlo, dialogamos con alumnos y maestras, con aquellos dos policías de Bernal Centro que, muy amables, nos escoltaron de “la veinte” hasta la Escuela 17, de Quilmes Oeste. Acá también di una apasionante charla para casi toda la escuela, organizada por la directora, Marta Luperini, que nos dio la bienvenida. Después de ahí, cruzamos las vías y fuimos caminado por Rivadavia, dimos una vuelta alrededor de la manzana histórica, para terminar tocando la piedra de Teófilo Yapura, que está en la Plaza San Martín. Veía que nos miraban y se me ocurrió que pensarían: “Estos locos, ¿que están haciendo?”. Estábamos como en medio de la selva y queríamos avivar el fuego, tirando hasta la última ramita, porque era lo único que nos podía sostener en la noche, después de que dejé en Córdoba.

Debe de ser una de las convocatorias más chicas de la historia. No creo que alguien nos gane. Salvo que exista alguno que haya convocado y fuese corriendo él sólo (ríe con ganas y, entonces, le insisto): ¿Fue aquella vez que decidiste volver?
Entre 2006 y 2008, sigo entrenando y, en eso, me manda llamar Roberto Fernández, Secretario General de UTA (Unión Tranviaria Automotor). Me quería conocer por un acto en el que yo, como chofer del Nuevo Halcón, había salvado a una mujer baleada. Esto fue una madrugada. Venía de Plaza Constitución, serían las siete, cuando veo una criatura pidiendo socorro con sus manos ensangrentadas y, cuando paro el colectivo para preguntarle qué le estaba pasando, me dice: “A mí, nada, ¡a mi mamá!”. Y me cuenta que, en un intento de robo, le meten un tiro en la cara, que está tirada al lado de una camioneta. Miro, veo la camioneta y acudimos a ayudarla. Cuando bajo y le pido que se incorpore, vi que la nariz la tenía colgando por el impacto del proyectil (ocurrió en Bolivia y Lisandro de la Torre, en Quilmes Oeste y la mujer, que por suerte se salvó, se llama Claudia Dabrantes). Entonces, la subo al colectivo y le digo a los pasajeros que una de dos: o que se bajaran o que viniesen conmigo. Se bajaron, di la vuelta y la llevé directamente a la Clínica Modelo de Quilmes. Ahí le hicieron las primeras curaciones y la derivaron a Capital. A raíz de esto, vinieron periodistas y, a través de Sergio Lapegüe, de TN, se entera Roberto Fernández y me quiere conocer.

¿Qué sucedió en la entrevista?
Me dice lo heroico que había sido, en ese momento, cuando tomé cartas en el asunto dando ejemplo de don de gente. Él estaba agradecido por haber dejado bien parada a la UTA. Me dijo: “Te agradezco por lo bien que nos hiciste quedar porque, a veces, la gente piensa cualquier cosa de nosotros, los colectiveros. Y, aparte, me enteré de que sos atleta. No es común que un colectivero sea atleta. Me entero por TN que presentaste un proyecto para unir Tucumán con Quilmes y recrear el destierro de los quilmes; y que también presentaste otro, pero ya dentro de la Casa Rosada, para apoyar el atletismo en la Argentina”.
Y, en la reunión, el Secretario de Organización de UTA, Mario Marcinkowski me señala: “Quiero que vos, sin vergüenza, te sueltes y me digas todo lo que necesitás para ese proyecto tan anhelado”.¡La pucha!, dije para mis adentros, estamos volando muy alto. “Yo no quiero ser abusivo —continué en voz alta—, pero pienso que usted va a desistir, porque no es fácil cómo miramos la parte laboral cuando en mi ausencia no esté en la empresa”. “Por eso no te hagas problemas, me tranquilizó, que lo manejamos nosotros”.
“Segundo —me embalé— necesito una camioneta, una combi o un colectivo para llevar el equipo, y que ese colectivo se quede conmigo los días necesarios acompañándome en la ruta”. “No te hagas problemas, me dice, dalo por hecho”. Yo me quedé sorprendido, porque la primera impresión que uno tiene ante todo político y sindicalista es: “Este me está verseando”, porque no conocés a la persona hasta que la ves actuar.
Antes —le había dicho—, necesito chequeos médicos y complejos vitamínicos, más cremas, vaselinas, gasas, una caja de primeros auxilios. No sólo para mí, sino para todo el equipo. En primera instancia, es lo que necesito para partir. Después, lo otro puede esperar. “Y ¿qué es lo otro?”, me preguntó. Y le cuento que, tres meses antes del evento, tengo que tener seis pares de zapatillas y que, además, necesito indumentaria deportiva, pantaloncito y remeras que lleven impreso mi nombre atrás y, delante, el nombre de todos los auspiciantes. Un día, me llama Marcinkowski y me dice: “venite para UTA, que tenés toda la medicación y los complejos vitamínicos”; y, cuando llego, me aclara: “Tené cuidado, porque acá hay mil cuatrocientos pesos. ¿Querés que te lo acerquemos o te lo llevás ahora?”. “Me lo llevo ahora”, le contesté sin dudar, y me puse todo eso en la cabeza como pude y me lo traje, alentándome: hice tantos sacrificios en mi vida, que ¿no voy a poder llevar este bolsón?
Unas semanas antes de la entrevista con la UTA, me lo encuentro por el barrio al diputado Daniel Gurzi. Nos saludamos, y me pregunta: “¿Volverías a realizar lo mismo?”. Lo miro con una sonrisa y mi señora, que se encontraba a mi lado, dice: “No, por favor”. Y le digo Daniel: “Acá hay una realidad, lo haría si realmente cuento con todos los materiales para ir a la guerra. Soy padre de familia y tengo que cuidar mis ingresos. Tengo que darle de comer a mis hijos, tengo que darle un estudio, pagar mis cuentas y vivir día a día. No es fácil. Soy un humilde servidor de Quilmes que me pongo a disposición del deporte, pero con esa condición”. “No te hagas problemas, me confió, que ya me pongo a trabajar y a mover todos los hilos”. Él me había apoyado en el 2006 declarando de “Interés Provincial” a mi proyecto de unir Tucumán con Quilmes, y lo volvió a realizar este año. Cuando se sumaron estos apoyos, más aquel fueguito, dije: “¡Allá voy!”. Leer más…

Dardo Abbattista Los Quilmes, Quilmes

“Y soy también la memoria de mi Nación”

Jueves, 29 de julio de 2010

Lo que van a leer es algo que sólo un profundo poeta de la talla de Carlos Patiño pudo crear. Tiene alma, corazón y vida, tiene pasado, presente y futuro; trata sobre la cacica quilmes, Isabel Pallamay, que vivió, luchó y partió en 1718 en Quilmes junto con su amor Martín Salchica y sus guaguas (sus hijos) por culpa de la enfermedad europea, por culpa de la viruela. Jamás leí algo semejante sobre los quilmes, jamás leí un relato histórico sobre ellos que me produzca tanta memoria y emoción. Estoy doblemente sorprendido, primero por el ancestral impacto que me causó el relato de Patiño y segundo porque su novela, “La Pallamay”, —de la que aquí se publica una parte— no encuentra editor. (Dardo Abbattista)

Yo soy la memoria de Isabel Pallamay, brisa helada que viene desde el asiento de los tiempos para hablarte a vos, cristiano, que andás hoy por las calles de la ciudad que lleva el nombre de nuestra orgullosa nación; a vos, cristiano, que lo ves, lo decís y hasta lo escribís todos los días sin saber muy bien qué significa en realidad. Quiero que sepas que esa palabra, Quilmes, contiene nuestra historia, nuestro martirio, nuestra larga lucha por no tener dueño y nuestro morir sin haberlo admitido. Que fueron otros cristianos quienes nos arrancaron de nuestra Pachamama y nos dieron otros nombres y quisieron robarnos también nuestro ser. Viracocha quiso que no pudieran quitarnos todo cuanto quisieron, porque aún hoy la gente dice que vive en Quilmes, que va o viene de Quilmes. Para ellos es sólo un nombre. Pero, en realidad, es mi memoria, nuestra memoria.

Tus pasos caminan sobre los nuestros, sobre los pasos de don Martín Iquín, el Señor que sufrió el dolor de la última derrota allá en los valles y el comienzo de nuestro morir aquí; de Francisco Pallamay, mi padre, que luchó tanto para que nosotros fuéramos tenidos como humanos; de don Josephe Baltos, el guerrero; de don Pedro Vindus, Señor de los acalianes, nación indómita a la que ni siquiera le dejaron memoria, porque no hay pueblo ni calle que la evoque.

Portada de la novela de Carlos Patiño

Portada de la novela de Carlos Patiño

Y tus pasos caminan sobre nuestros pasos cuando vas por Rivadavia, por Alsina, por Alvear, por Mitre o San Martín, nombres que sólo evocan tus propios guerreros y tus propios caciques. Privilegio del vencedor. Pero nuestros pasos fueron los primeros que recorrieron estos senderos. Nosotros abrimos estas calles y las fecundamos con nuestro sudor y hasta con nuestra sangre. Debajo de las veredas, debajo del asfalto que tiembla con el andar de tus enormes vehículos, está la presencia de las vidas de nuestros varones, hembras y guaguas que se fueron apagando lejos de su Pachamama. Cuando estás bebiendo ese licor que también evoca nuestro nombre en una de las chozas luminosas, confortables y cálidas en que te agrada estar, tal vez estás sentado en el mismo lugar en donde alguna vez se amaron don Lorenzo Sargento y su Thomasa Nabarro. O en donde alguna vez se urdió la intriga que acabó con la vida de mi hermano Juan.

Siento el orgullo de que el nombre de mi nación haya perdurado hasta hoy, y que ese nombre sea dicho por millones de personas, visto por millones de personas, escrito por millones de personas. Y que ese extenso mundo que nosotros ignorábamos que existía también lo evoque gracias a ese maravilloso aparato que encierra y envía a cualquier parte seres y nombres. Y aunque para ellos sean sólo letras dibujadas en una camisa o en un envase opaco, de todos modos es nuestro nombre, de todos modos sigue siendo nuestra memoria; de alguna manera oscura y extraña, que no puede ser sino el amor de Pachacamac, nuestra nación sigue siendo nombrada cada día, cada noche, cada madrugada la nombran.

Y yo soy la memoria de Isabel Pallamay, mi propia memoria. Podés verme, desnuda, acechando desde las nubes rojas y negras que supe ganar; soy una mano sin uñas, ni piel, carne o hueso, rascando algo que sangre hasta que la alimente. Mi piel de gamuza se arruina con la lluvia, pero el Padre Sol me protege de las asechanzas. He pasado mi mano por mi propia piel sombría y muchas veces fui sólo el ardor de matices entre el no y la huida. Oh, Martín: tus manos, obra de arte, mi cuerpo un capullo perfecto. Y la muerte, nuestras muertes, dolorosas, terribles: ¿convirtieron nuestras vidas en tan sólo hoyos que marcamos en la arena porque la ola se va?. No quiero eso. Fuimos más que eso, oh, Martín. Te amo más allá de cualquier apariencia, de cualquier vida o muerte, más allá de cualquier tiempo o edad. ¿A quién le debo regalar mis cabellos? Sólo a vos, Martín, porque supiste esperar en mí a la hembra que debía nacer, la hembra que se paró y dijo y obró y luchó contra la oscuridad que amenazaba ganarla desde adentro; la hembra que pudo vencer en un mundo violento de hombres violentos, cuando no había más que la espada, el cañón o la lanza para marcar destinos. Y dioses ajenos enmascarando a los propios.

Oh, Martín: vi cómo la vida se te iba desde la piel, esa piel que ocultó mis caricias con pústulas rojizas; vi cómo se iban las vidas de Ana y Ramón, vidas de mi vida, llagas de mis llagas. Y sentí los pasos de mis propias pústulas trayéndome la muerte, sorda a los aullidos, los llantos y las súplicas. Después la claridad, la inmensa claridad. Así, juntos, iniciamos el viaje a las estrellas en aquel sector del tiempo que asentaron los cristianos en sus libros indescifrables como el Año del Señor de 1718. Con tantos hermanos, como a tantos hermanos, oh, Martín, mi amor.

Yo soy la memoria de Isabel Pallamay. Y soy también la memoria de mi nación. Soy la Señora de los Quilmes, la hija del cacique Francisco Pallamay, la nieta del cacique Martín Iquín —linaje que se remonta hasta los padres de los padres de todo lo que existe, linaje que vi morir cuando morían mis hijos oh, dolor, oh, desgracia infinita— la esposa del artesano de formas y de almas Martín Salchica, la madre de Ana y Ramón, nacidos de mi vientre, ay, para tan corto viaje. Pero hoy vivo, viven, vivimos en las madreselvas, en las rosas, en los tilos y en los jazmines que asoman tras los cortos tapiales de la que ahora es mi ciudad. Y mi memoria vive en los pucarás enhiestos todavía allá en nuestro valle, vive en la presencia de los pocos hermanos que no puedo saber cómo sobrevivieron y siguen peleando por nuestra Pachamama. Sonrío en la algarabía de los jóvenes y en la nostalgia de los ancianos, de todos aquellos que sin saber exactamente por qué, dicen con orgullo: “yo vivo en Quilmes” o “soy quilmeño”.

Yo soy la memoria de Isabel Pallamay. Y esta memoria no perdona. No perdona a quienes nos arrancaron de nuestra Pachamama para enviarnos a morir, sólo para adueñarse de aquello que no podía tener dueño. Aquí está, intacto, mi odio al conquistador. Tan intacto como el odio que el conquistador tiene todavía hacia nuestra brava nación. Si este odio nos costó cuanto nos costó es porque elegimos no tener dueño por encima de todo, incluso de nuestra propia vida. No te sumes a estos odios que no son tuyos. Y no nos juzgues: ámanos. Porque amarnos sería como recordar aquello que muchos quieren que olvides: tus verdaderas raíces. Porque aquí naciste y aquí quieres morir. Y tienes todo el derecho: es tu Pachamama.

Pero yo soy la memoria de Isabel Pallamay y esta memoria vaga por todas las esquinas de tu ciudad, aunque mi cuerpo, el de mi padre, el de mi Martín, el de mis hijos y el de la mayoría de mis hermanos esté preso bajo dos metros de cemento volcado deliberadamente —hace muy pocos de tus años— por ese viejo odio de la Iglesia cristiana: o tal vez están bajo la plaza, allí donde juegan las guaguas, se aman los jóvenes y la gente, pese a todo, trata de ser más buena. Por allí viven mis huesos, mis cenizas, mis vasijas, mi comida predilecta, mis ropas, mi chuspa, mis collares sagrados, todo aquello que me acompañó en mi viaje a las estrellas.

Si alguien desea honrar esta memoria —todo cuanto me queda, todo cuanto me dejaron— lleve una flor roja como la pústula que acabó con nuestras vidas y préndala en las negras verjas de esa Iglesia que construyeron mis hermanos, allí, frente a la plaza. Así unirán mi memoria y la memoria de mi nación a sus corazones. Como debe ser. Y harán algo para cicatrizar la también roja herida que abrió la intolerancia y la soberbia del conquistador. No me olviden. No olviden que existió y amó y sufrió y luchó y anduvo estos caminos —cuando ni eran caminos— Isabel Pallamay, Hembra del Gran Olor, Señora de los Quilmes.

*El enorme Carlos Patiño recibió el premio “Casa de las Américas” por su obra “Esquinas silenciosas”. Para infinitos escritores del continente es el premio más importante que se otorga para una obra inédita en América Latina. El galardón le fue otorgado en 1990 en el territorio libre de América latina, Cuba, justo cuando se cumplía el 30° aniversario de “Casa de las Américas”. Patiño publicó 8 libros de poemas y una obra de teatro “Jaque a la dama”, ganadora del primer certamen de teatro “Nuestra América”, llevado a cabo en la Universidad Autónoma de Sinaloa, México en 1979. El poeta vive en Bernal.

**En el momento en que se publicó el monólogo (diciembre del año 2001) y en el número 26 de la revista Los Indios Kilmes, la novela no había sido publicada. Hoy, sí. La editó Mondragón Ediciones en el año 2004, cuando trabajaba ahí, el escritor, actor y poeta, Ariel Pytrell. Se llama La Pallamay (la indescifrable estrella de los indios quilmes).

***La novela se consigue llamando al 155-669-1163 o, escribiendo a crisbonelli (arroba)gmail.com. Y, los 14 de septiembre, niños y grandes de Quilmes —y no solo— le llevan (a Isabel y a su pueblo) una flor roja para prenderla en las verjas de la Catedral de Quilmes.

Dardo Abbattista Los Quilmes

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