Vengo de la sed
“Pobrecito del indio, con sed viviendo.
Tierra y sed en el aire, lejos lloviendo”.
Yuyo rebelde,
busco cambiar la historia
creciendo pisoteado en medio del asfalto.
Vengo desde el lejano trópico,
desde el umbral del fuego donde nacen los vientos
fermentando truenos y vendavales
con su galope blanco.
Vengo desde la sed,
desde el profundo enojo,
furia, impaciencia,
del ansia de pelea,
del aire turbio que siembra el Viento Norte.
Me trae el alarido del árbol que fue hachado.
lastimadura verde de la rama.
Vengo de allá,
impenetrable corazón del Chaco,
donde sangra la tierra por secas venas de agua,
de la tierra sin mal,
donde los bosques cantan
el sueño blanco de algodón,
donde a pesar de todo
cada día nacemos para engendrar ternura.
No tiene mi comarca arroyos cantarinos,
no hay cerros de colores, lagunas, playas, mar,
bailan los remolinos en la tierra sedienta
su aridez de baguala emponchada de polvo.
Monstruo mamboretá soplando fuego,
espanta lluvias,
esconde estrellas en los arenales.
Con la espalda cargada de memoria
emergen lejanías,
duele la distancia.
Colmillo del desvelo alucinado,
muerden recuerdos,
hacen que el corazón vuelva a morir
hincando en la garganta de la aurora.
Siempre estamos volviendo como el agua
a despertar semillas, a mecernos cantando
en las manos de las viejas raíces.
Crecimos con la sed, tal vez por eso
aprendimos a imaginar el verde que hace posible el agua.
Traigo de allá las muertes verdaderas
de los que no se irán pero se siguen yendo,
víctimas de los necios que asesinaron dioses,
que matan la esperanza
y destruyen la vida
contaminando el pan de los hambrientos.
Tengo la primavera florecida en palabras,
pero todo es inútil,
siento que ya no sirven de nada los reclamos:
Resistencia agotada,
y Dios agonizando en Buenos Aires.
Por Pedro Soto



















































