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Archivo para la categoría ‘Quilmes’

¿Sabés cual es mi reconocimiento? Que lo reconozcan a ellos

Jueves, 6 de enero de 2011

El ferroviario pintor que salió a buscar la Historia por afuera de los libros y la encontró.

Diego Miño va a emprender un viaje memorable, un viaje alucinante, revelador: histórico. Un viaje que va romper un silencio de 181 años, un desencuentro de 327. Es mayo del ’93 y excitado, arma una valija de lo más particular: es una bolsa grande en donde carga telas, caballetes plegables, pinceles y pinturas, mezclados con alguna que otra ropa. La levanta al estilo Papa Noel y se va con ella al hombro rumbo a Tucumán, en el glorioso Valle Calchaquí. Miño es pintor y alguien en Quilmes —donde vive desde hace 60 años— lo invitó a exponer. Antes de partir hacia el Valle, le promete a su mujer: “Voy en busca de los quilmes; los voy a encontrar”. Miño los quería pintar para esa exposición como los soñó desde chico mientras pescaba ranas, cuando “todo era salvaje y lleno de arroyitos” y sus primos no lograban asustarlo con: “tené cuidado que te va a agarrar un quilmes”. Al contrario, lejos de eso, aumentaba su curiosidad y se lamentaba pensando “que lástima no haber conocido un quilmes”. Él quería saber “cómo eran sus caras”.

11 de febrero de 2010. Miño en la Casa de la Cultura de Quilmes. Ahí, se desarrollaba la inauguración de la muestra "Quilmes de mi juventud", de la colección privada de Carlos Benavídes. Dos días después; partió.

11 de febrero de 2010. Miño en la Casa de la Cultura de Quilmes. Ahí, se desarrollaba la inauguración de la muestra "Quilmes de mi juventud", de la colección privada de Carlos Benavídes. Dos días después; partió.

Don Diego va a realizar algo que a nadie, pero a nadie-nadie por estos lados se le ocurrió en siglos y siglos: ir al lugar dónde nacieron para la historia y la leyenda de América: Tucumán. Miño, con algo tan simple como un viaje, atravesó el silencio y el desencuentro de lado a lado: es que después de aquel decreto de Bernardino Rivadavia de 1812, cuando declara extinguida la triturante Reducción de los Quilmes, aquí, en Buenos Aires nadie más los mencionó como vivos sino que siempre se lo hizo desde la historia, la educación, la política, la cultura y el periodismo como gloriosos, muertos y enterrados. Pero el pintor fue durante 39 años ferroviario. Era “Jefe de laboratorio de control de calidad de los seis ramales”, estaba en la sección “No Destructivo” y en sus viajes de trabajo, caminando el noroeste argentino siempre escuchó en las pulperías —donde solía parar a tomar unos tragos— historias y leyendas de los quilmes que saltaban a la mesa cuando contaba de dónde era. “Están en los cerros, en las quebradas, para encontrarlos hay que caminar”, escuchó una y otra vez. Esos relatos “me iban abriendo los ojos” y para allá se fue.

El encuentro con Jesús

Llega a Tucumán llevado en andas por su ladero de tantos años: el tren, su amigo de fierro, lo trajo sabiendo que ese podía ser uno de sus últimos arribos a la provincia: es que se venía la entrega de patrimonio nacional, eso que, cipayamente, nos acostumbraron a llamar privatizaciones, se venía —vaya paradoja— de la mano del peronismo, un movimiento que supo estatizar hasta los árboles… Menem le cortó las ruedas. “Ahora si uno quiere ir de Buenos Aires a Tucumán en tren no puede. Quedaron las vías, nomás, tapadas por los yuyos. Hay una miseria… El noroeste quedó abandonado porque todo lo movilizaba el ferrocarril” afirma y desciende del Mitre que lo escoltó hasta allá. Una vez en tierra, comenzó la búsqueda. Lo orientaban para Salta, para Catamarca, para Tucumán y allá iba con todos sus bártulos de un lado a otro, y nada. Llevaba 20 días y todos le decían lo mismo: “Los quilmes murieron todos”. Hasta que, por fin, después de haber ido por tercera vez a lo que se conoce en historia como las “Ruinas de Quilmes”, que el pintor llama “La Fortaleza”, alguien lo llama aparte y con sumo cuidado le dice “yo lo voy a llevar de un quilmes” y lo arrimó hasta la casa de don Jesús Costilla. La puerta se abre y se produce El Encuentro:

“Dígame —pregunta Miño— usted sabe si hay algún descendiente de los quilmes, pero quilme-quilme, no que sean de la zona”.

“Yo soy quilmes” afirma un Jesús orgulloso y agrega “mi madre y mi padre son todos quilmes” y retruca.

“¿Y usted de dónde viene?”.

“De Quilmes” contesta el pintor, deslumbrado.

“Pero qué cosa rara, —se sorprende Jesús— nunca ha venido gente de allá, es la primera vez que tengo noticias”. Y, ahí nomás, lo hizo pasar. A la “nochecita —relata Miño— empezaron a caer más y más y era un plato, yo me quedaba parado y ellos a mí alrededor me decían “¿Pero usted vino de Quilmes en serio? Y se decían ‘vos que decís’ y se contestaban y ‘si es de Quilmes es pariente, y si es pariente no hay nada que hacer, es pariente’ ”.

Noche de balas y día de pincel

El pintor está a sus anchas siente que va a cumplir el sueño de su vida, sueño de encontrarlos para poderlos pintar, pero poco a poco va a despertar a una realidad impensada. Don Jesús le cuenta que de “La Fortaleza” los corrían porque no podían decir que eran quilmes ni tampoco podían vender sus artesanías por propia voluntad. Ellos que son quienes las hacen las cobran 10 o 20 pesos y en “La Fortaleza”, las venden a 100. “¿Por qué no pone un cartel en su puerta que diga “artesanías Quilmes?”, se le ocurre a Miño. “No”, contesta seco don Costilla. “No se haga problema” —insiste Miño— y en el mismo momento agarró una tabla, la pintó de blanco y con letra azul y roja escribió “artesanías Quilmes” y la colgó en el frente de la casa ante la mirada atónita de Jesús. Por la noche balearon la casa, incrustándose las balas contra la pared. Una de ellas fue a dar en el pecho del perro que los salió a enfrentar y “casi se les muere”. “¿Vio Don Miño por qué yo no quiero poner ningún cartel? Ésta es la gente de “La Fortaleza”, que no quiere que nadie venda artesanías, ni que nadie sepa que acá hay quilmes”, le dice Jesús apenado a un Miño sobresaltado.

Cuando amaneció y, lejos de amilanarse, salió a pintar y dio con Juan Chaile “¿lo puedo pintar?”, lo encaró; “bueno”, recibió como respuesta y cuando el pincel comenzó a contar, también Chaile empezó: “Yo le pido siempre a la Pachamama y a la Virgen que nos ayude porque acá estamos olvidados, acá nadie nos defiende, acá nadie se preocupa por nosotros… Se ha ido tanta gente. Ya cada vez somos menos. Los jóvenes se van porque no tienen tierra para sembrar, no pueden hacer casa por culpa de Chico, el terrateniente. Yo le pido siempre que nos dé una mano, que cambie, que pase algo, porque acá no pasa nada. Vamos a desaparecer los quilmes si seguimos así”. El pintor, ante la palabra indígena, quedó conmocionado, sacudido. “Lo terminé de pintar temblando”, confiesa y ahí nomás le largó “le voy a mandar gente de Quilmes para que los vengan a conocer”. “Dígales que vengan, yo los voy a llevar por los caminos, por los cerros, por los senderos, les voy a dar plantas medicinales, si alguno está enfermo lo voy a curar”. Y mientras se despedía de Chaile, de Jesús, de los cerros, la pintura no le alcanzó. “Algo tengo que hacer”, se dijo y les propuso venir a Quilmes-Buenos Aires-…

14 de agosto de 1812, Rivadavia, secretario del Primer Triunvirato, últimas noticias de los quilmes por aquí: se cierra la Historia aunque no en el Valle.

14 de agosto de 1993, Miño pintor y ferroviario, últimas noticias de los quilmes por aquí: se abre la Historia que viene del Valle después de 181 años. Se produce el encuentro verdadero después de 327 años. Después de aquel fatídico 1666 cuando a la rastra y a punta de arcabuces, los españoles trajeron desde Tucumán a los quilmes para acá.

Cuando invita a los quilmes y llegan desde Tucumán él espera un regreso triunfal, apoteótico. No espera que pongan una alfombra roja para que él pase por allí fumando un puro, pero tampoco imagina el desprecio que va a caer sobre su persona de parte de la cavernícola, envidiosa, conservadora y ridícula “cultura” de Quilmes. Miño va contento de una lado a otro con la buena nueva de: “Los quilmes están vivos”. Va solicitando apoyo económico y moral para semejante alumbramiento, (el más importante de 1812 a 1993 en cuanto al origen se refiere). Y qué va encontrar: desprecio, cargadas, burlas: de la escuela de Bellas Artes, donde era profesor de diseño gráfico, le decían:

“Todos sabemos por los libros que están todos muertos. ¿Cómo vas a venir vos ahora con esto? Pero déjate de joder”. Del club social, lugar donde iba a ser esa exposición con ellos para que puedan vender sus artesanías, le largaron: “¡Indios, no! A usted lo invitamos a exponer y a cenar como siempre, pero no… ¿Cómo va a traer indios al social?”. El pintor no hizo esa exposición y tampoco pasó más ni por la puerta. Cuando salió de allí, maldiciendo porque no tenía un lugar físico para exponer junto con los quilmes, se cruzó por la calle con Lía Mancedo, dueña en Quilmes del colegio privado que lleva su apellido. Ella, al instante, le ofreció su escuela para que realizase esa exposición, y allí se hizo. De la municipalidad lo trataban de “loco lindo”. Desde la historia, la historiadora hispanófila, Mirita Bollos Cabrios, se encargó en sus charlas públicas de desprestigiarlo, diciendo que eran todas mentiras, en privado se sinceraba: “Sabés lo que pasa, que siempre que se habla de los quilmes, se habla mal de los españoles. Yo estuve en España y me nombraron ‘Defensora hispánica en América’”. Miño, con criterio, le decía “vos no te podes poner contra la Historia, es absurdo. Aparte vos no tenés nada que ver con lo que pasó hace 300 años”. “No” contestaba la señora y le insistía: “Dale, Miño seguí contando que es apasionante”. Y después en público, ¡ñácate!, le seguía dando. Hoy la historiadora anda yendo al Valle seguido, junto con Quique Devincenzi, el director del museo Almirante Brown, que en aquel momento, a tono con todos los mamotretos culturales, lo burlaba: “Ay, Miño, vos y tus cuentos y todas tus idioteces”. De la cervecería le dieron una respuesta ebria, cuando Miño les dijo que los quilmes querían conocerla porque les asombraba que ellos llevaran su nombre. El gerente le tosió: “Nosotros no tenemos nada que ver, es un accidente que estemos en Quilmes”. “Un accidente —saltó el profesor y lo ilustró—, ¿cómo un accidente? Si se pasaron 30 años cateando tierras por todo el territorio de la Argentina buscando las mejores aguas, y las encontraron acá y las mandaron a estudiar a Europa. Los resultados dieron que en las arenas que tenía Quilmes, el agua se filtraba muy bien y además era exquisita. Por eso pusieron la cervecería acá”. Miño cuanto más recorría, cuanto más contaba, más sólo quedaba y más lo perseguían al grito de “¡loco, loco!”, pero Don Diego no iba a aflojar. Como no aflojó la noche de los tiros y los invitó, nomás, como les había dado la palabra. Para hacerlo, visto el apoyo que le daba la Municipalidad y su Quilmes de toda la vida, —salvo dos o tres—, sacó el dinero de su propio bolsillo, flaco y ferroviario —4000 pesos desembolsó Miño para 7 días de estadía—, con comidas a la mañana, tarde y noche en el Hotel Astrid donde cuenta “me reventaron” y remises para una delegación de siete quilmes.

Viajes y viajes a Tucumán hizo Don Diego para que nada falte. El dinero se lo restó a la familia; hacía poco lo habían indemnizado del ferrocarril… La “cultura” de Quilmes, cada vez que lo veía, muerta de rabia, le ladraba “quien sos vos para decir que son quilmes”. Muerta de envidia no le perdonaba, como no le perdona que fuera él y no ellos los que alumbraron El Verdadero Encuentro. Si se habían pasado toda una vida “estudiando el tema”. El pintor aguantó todo este desprecio aferrado a sus pinturas que se las vinieron a comprar y no las vendió. “A lo último me escondía, no le quería hablar a nadie más sobre ellos”. Todo lo cuenta con una sonrisa que lo ayudó a esquivar discusiones inútiles. “Si yo sabía que eran quilmes, ¿para qué iba a discutir?”. La misma con la que combatió a un periodista del diario El Sol que pretendió adjudicarse lo que había hecho él.

Y está muy bien que haya sido Miño y no otro el que rompió en quilmes con el silencio creado a partir de 1812… 181 años repitiendo como loros ese mismo silencio en actos oficiales, en la escuela, leyendo en un bostezo a periodistas, escritores, historiadores, “los quilmes, gloriosos, muertos y enterrados”. Pero a pesar de que el desconocimiento sobre la realidad de los quilmes hoy es menor —comparándolo con aquel 14 de agosto del ’93, cuando llegaron por primera vez aquí, acompañados del afecto y la generosidad de Miño y sobre todo, muy sobre todo, de los años que andan y andan organizándose para defender sus tierras y su Pueblo— todavía falta y mucho. Entonces el laburante que se lanzó a buscarlos por sus “charlas de ferroviario”, el pintor que desdibujó los libros, el hombre que junto a los quilmes de Tucumán quebró al desencuentro y que por eso está “hecho” señala “¿sabés cuál es mi reconocimiento? Que lo reconozcan a ellos”.

Y a modo de los que siempre creen que alguien va a escuchar se anima a realizarle un pedido a la conciencia y a la responsabilidad de los maestros-maestros. “Que les enseñen a los chicos en las escuelas que los quilmes están vivos y los están esperando en Quilmes, en los Valles Calchaquíes. Este es un pedido hacia todos los colegios y los maestros para que reviertan la Historia, para que no cometan errores que después no se puedan subsanar. Todavía se les enseñan que están muertos. Hay que terminar con eso y decirles a los chicos de todas las edades que hay muchos descendientes de los quilmes, que sus apellidos actuales han sido minuciosamente cotejados con los antiguos y son los mismos y que están vivos” y se embala en tren de sueños: “Empecemos la Historia de vuelta”.

Por Dardo Abbattista
Publicado en la revista Los Indios Kilmes número 20 de enero de 2001.

Miño nació en Federal, Entre Ríos, el 9 de julio de 1934; estuvo un tiempo en Córdoba donde estudió Bellas Artes y, más tarde por Buenos Aires, San Telmo, lo vio como Boy Scout (“muchacho explorador” en inglés). De ahí, con sus 10 años, se arraigó en Quilmes para partir sin orden de aviso (como lo hiciera en aquel viaje memorable), a los 75, el 13 de febrero del 2010 desde la clínica San Martín, frente a la Estación de trenes de Ezpeleta.

Su compañera de toda la vida, la quilmeña Beatriz Bernasconi, (con quien compartió 56 años), revela que se conocieron en “un té danzante”. Baile que se realizaba en Bernal, para recaudar fondos y donarlos al colegio Güemes, adonde Miño estudiaba. Del amor nacieron tres hijos, Lucía Beatriz, María Clara y Diego, que a su tiempo, les brindaron dos nietos, Luciano y Natalia.

Un hombre que hizo huella, que hizo historia y que siempre nos va a realizar dos preguntas; con un pedido: ¿Cómo andan los quilmes?, ¿hace mucho que no van al Valle? Cuando vayan, envíenle un saludo a Don Jesús…

Cristina Oller y Diego Miño

“Quisiera reproduccir palabra por palabra, sus dichos, pero no puedo, sólo me queda la argamasa de sentimientos y acciones tendientes a conocernos más, los quilmeños y los quilmes. En ese momento, no comprendí la premura por la entrega de tanta información. Fue un mediodía tan singular como vertiginoso. Estuvimos en comunicación teléfonica con Tucumán, desde los Chañares. Ahí se encontraban Pedro Navarro junto con integrantes de Tribu Argentina y de la Comunidad India Quilmes. Sé que participó plenamente del programa, que sonrió mucho, que lagrimeó al recordar a Juan Chaile —a quien pintó aquella vez—. Que agradeció ser invitado y uno advertía que no era de cortesía sino que —como un auténtico quilmes— hablaba con el corazón, con sencillez, con humildad y sin especulaciones”.

Cristina Oller, quien lo entrevistó por los micrófonos de Radio Quilmes, un día antes de su partida. Locutora y difusora cultural.

“¿Y de agua? ¿Cómo andan de agua por la zona?”, le pregunta Miño a la antropóloga, Isabel Tifner, siempre preocupado por lo vital. Dialogan en el programa Micrófono Abierto que, a falta de Pedro Navarro —por encontrarse en Tucumán—, conduce Cristina Oller. La cinta que me acercó gentilmente, el periodista Eduardo Luis Menescaldi, autor del libro, Páginas Sueltas (Quilmes, el Congreso y algo más…) quien grabó un pedacito del programa —justo cuando salía al aire desde Tucumán, su hija, Florencia—, registra la voz del pintor; en ese tramo.

La antropóloga desde el valle y Miño desde la ciudad, queriendo saber un poco más, queriendo conversar un poco más; uniendo ambos lugares —como solo Don Diego lo podía hacer—, como si tal cosa. Ella menciona la palabra maíz y él, agua. Para después contar que los indígenas de toda América la adoraban, la imploraban y la respetaban por todos los medios. Miño elogia a los incas y sus represas y sobre los quilmes dice que son “analistas naturales” a la hora de resolver sus problemas, por ejemplo, con la medicina a partir de las plantas.

Las estrellas se ven más que en todo el mundo, disfruta Pedro Navarro, desde Tucumán y en su programa, para referirse al cielo calchaquí. Así, merece Miño, que se lo vea en todo Quilmes; más que a todo el mundo. Los pinceles de la historia se encargarán de ello.

Se fue un amigo

Es un día muy triste para mí. Se ha ido un amigo muy querido y, sin embargo, tengo la alegría de que el cariño era mutuo. Ayer domingo, al mediodía, falleció Don Diego Julio Miño, artista plástico, fundamentalmente un buen hombre. Fue el que unió los dos Quilmes: un hombre gentil, humilde, que caminó en busca de nuestros orígenes sin ningún sentimiento mezquino. Quilmeño por adopción, hizo posible que llegáramos al Valle, de su mano. Y, nunca se sintió el descubridor de nada, al contrario, le daba mucha alegría cuando alguien volvía a nuestro Quilmes y contaba que había estado en la tierra de nuestros ancestros.

Hoy, cuando acompañé a su familia y a sus restos al cementerio de Ezpeleta, pasamos por el paredón de la calle Gran Canarias, ese que cuenta la historia de los quilmes, realizado por alumnos de Bellas Artes, donde él también era docente. Ese paredón que lleva la firma de ustedes, los del Valle; ese paredón pintado con los murales no existiría si cada uno de nosotros no hubiera conocido a Diego.

Les mando un beso muy grande y les pido especialmente a José (Díaz) y a Delfín (Gerónimo) que le avisen a Don Jesús (Costilla) y a su familia. Es un pedido de la esposa y los hijos de Diego.

por Mónica Cereda,

trabajadora del Municipio de Quilmes, integró el Proyecto Arqueológico Quilmes, en su momento de esplendor. Y, durante varios gobiernos municipales, ofició de nexo, entre la Municipalidad y la Comunidad India Quilmes de Tucumán

Dardo Abbattista Quilmes

Las olimpíadas de Wilfrido Franco

Viernes, 3 de septiembre de 2010

El ultramaratonista quilmeño con sangre guaraní y española abrigaba un sueño: unir Tucumán con Quilmes, a las zancadas limpias. Lo había intentado en el año 2006, cuando arrancó de la Quilmes Huasi que, como cuenta el cacique Pancho Chaile, es la Casa de Gobierno de la COMUNIDAD INDIA QUILMES de Tucumán, en el Valle. Pero, en Oliva, Córdoba, por lesión en el tendón de Aquiles, aquel año tuvo que abandonar su sueño.
Wilma Cabrera, su compañera y madre de sus cinco hijos, una vez, mientras me encontraba en su hogar dialogando sobre la aventura, lo había pronosticado: “Mirá que este loco lo va a volver a intentar”. Wilfrido, que estaba presente, no dijo nada, sonrió y pensó: “Esto se llama conocerme”. Y así, con el cariño de su familia, fueron llegando más y más locos: gremialistas, políticos, periodistas, comerciantes y amigos fueron brindando apoyo y, a caballo de sus misioneras piernas y mensajeros brazos —como un antiguo chasqui—, se lanzó a la ruta, nomás.
La historia dice que salió de la Plaza Independencia, en San Miguel de Tucumán, el 27 de julio y que llegó a la Plaza San Martín de Quilmes el 16 de agosto de este año marcando, en veintiún días, una verdadera proeza tras recorrer 1323 kilómetros. Pero él —acompañado en el camino por dos espirituales indios, por la Unión Tranviaria Automotor y por Dios; el mismo a quien, en un pueblo de Córdoba, lo declararon Ciudadano Ilustre junto con el masajista, la familia y los choferes—, dice mucho más.

wilfrido franco

Wilfrido, muchos pensábamos que ya estaba e, incluso, que a pesar de haberte quedado en Córdoba por lesión, de alguna manera, lo habías logrado corriendo hasta ahí con todas las dificultades que se te habían presentado en el camino: fuiste sin masajista, sin un apoyo sólido de la intendencia anterior, manejando hasta Tucumán con tu ranchera 74 y arrastrando un trailer. Pero, evidentemente, para vos no fue así y sentiste que habías quedado a mitad de camino, y entonces decidiste finalizar con el pleito encarando “a todo o nada”.
¿Cómo mantuviste la idea latente y cómo arrancaste de vuelta?

¿Te acordás de cuando hicimos la carrera simbólica en homenaje a los quilmes, en agosto del año pasado, y me dijiste: “para que no se apague el fuego”? Eso me quedó muy marcado. Salimos de la Escuela 20, de Bernal, vos en bicicleta y yo, corriendo de donde, antes de hacerlo, dialogamos con alumnos y maestras, con aquellos dos policías de Bernal Centro que, muy amables, nos escoltaron de “la veinte” hasta la Escuela 17, de Quilmes Oeste. Acá también di una apasionante charla para casi toda la escuela, organizada por la directora, Marta Luperini, que nos dio la bienvenida. Después de ahí, cruzamos las vías y fuimos caminado por Rivadavia, dimos una vuelta alrededor de la manzana histórica, para terminar tocando la piedra de Teófilo Yapura, que está en la Plaza San Martín. Veía que nos miraban y se me ocurrió que pensarían: “Estos locos, ¿que están haciendo?”. Estábamos como en medio de la selva y queríamos avivar el fuego, tirando hasta la última ramita, porque era lo único que nos podía sostener en la noche, después de que dejé en Córdoba.

Debe de ser una de las convocatorias más chicas de la historia. No creo que alguien nos gane. Salvo que exista alguno que haya convocado y fuese corriendo él sólo (ríe con ganas y, entonces, le insisto): ¿Fue aquella vez que decidiste volver?
Entre 2006 y 2008, sigo entrenando y, en eso, me manda llamar Roberto Fernández, Secretario General de UTA (Unión Tranviaria Automotor). Me quería conocer por un acto en el que yo, como chofer del Nuevo Halcón, había salvado a una mujer baleada. Esto fue una madrugada. Venía de Plaza Constitución, serían las siete, cuando veo una criatura pidiendo socorro con sus manos ensangrentadas y, cuando paro el colectivo para preguntarle qué le estaba pasando, me dice: “A mí, nada, ¡a mi mamá!”. Y me cuenta que, en un intento de robo, le meten un tiro en la cara, que está tirada al lado de una camioneta. Miro, veo la camioneta y acudimos a ayudarla. Cuando bajo y le pido que se incorpore, vi que la nariz la tenía colgando por el impacto del proyectil (ocurrió en Bolivia y Lisandro de la Torre, en Quilmes Oeste y la mujer, que por suerte se salvó, se llama Claudia Dabrantes). Entonces, la subo al colectivo y le digo a los pasajeros que una de dos: o que se bajaran o que viniesen conmigo. Se bajaron, di la vuelta y la llevé directamente a la Clínica Modelo de Quilmes. Ahí le hicieron las primeras curaciones y la derivaron a Capital. A raíz de esto, vinieron periodistas y, a través de Sergio Lapegüe, de TN, se entera Roberto Fernández y me quiere conocer.

¿Qué sucedió en la entrevista?
Me dice lo heroico que había sido, en ese momento, cuando tomé cartas en el asunto dando ejemplo de don de gente. Él estaba agradecido por haber dejado bien parada a la UTA. Me dijo: “Te agradezco por lo bien que nos hiciste quedar porque, a veces, la gente piensa cualquier cosa de nosotros, los colectiveros. Y, aparte, me enteré de que sos atleta. No es común que un colectivero sea atleta. Me entero por TN que presentaste un proyecto para unir Tucumán con Quilmes y recrear el destierro de los quilmes; y que también presentaste otro, pero ya dentro de la Casa Rosada, para apoyar el atletismo en la Argentina”.
Y, en la reunión, el Secretario de Organización de UTA, Mario Marcinkowski me señala: “Quiero que vos, sin vergüenza, te sueltes y me digas todo lo que necesitás para ese proyecto tan anhelado”.¡La pucha!, dije para mis adentros, estamos volando muy alto. “Yo no quiero ser abusivo —continué en voz alta—, pero pienso que usted va a desistir, porque no es fácil cómo miramos la parte laboral cuando en mi ausencia no esté en la empresa”. “Por eso no te hagas problemas, me tranquilizó, que lo manejamos nosotros”.
“Segundo —me embalé— necesito una camioneta, una combi o un colectivo para llevar el equipo, y que ese colectivo se quede conmigo los días necesarios acompañándome en la ruta”. “No te hagas problemas, me dice, dalo por hecho”. Yo me quedé sorprendido, porque la primera impresión que uno tiene ante todo político y sindicalista es: “Este me está verseando”, porque no conocés a la persona hasta que la ves actuar.
Antes —le había dicho—, necesito chequeos médicos y complejos vitamínicos, más cremas, vaselinas, gasas, una caja de primeros auxilios. No sólo para mí, sino para todo el equipo. En primera instancia, es lo que necesito para partir. Después, lo otro puede esperar. “Y ¿qué es lo otro?”, me preguntó. Y le cuento que, tres meses antes del evento, tengo que tener seis pares de zapatillas y que, además, necesito indumentaria deportiva, pantaloncito y remeras que lleven impreso mi nombre atrás y, delante, el nombre de todos los auspiciantes. Un día, me llama Marcinkowski y me dice: “venite para UTA, que tenés toda la medicación y los complejos vitamínicos”; y, cuando llego, me aclara: “Tené cuidado, porque acá hay mil cuatrocientos pesos. ¿Querés que te lo acerquemos o te lo llevás ahora?”. “Me lo llevo ahora”, le contesté sin dudar, y me puse todo eso en la cabeza como pude y me lo traje, alentándome: hice tantos sacrificios en mi vida, que ¿no voy a poder llevar este bolsón?
Unas semanas antes de la entrevista con la UTA, me lo encuentro por el barrio al diputado Daniel Gurzi. Nos saludamos, y me pregunta: “¿Volverías a realizar lo mismo?”. Lo miro con una sonrisa y mi señora, que se encontraba a mi lado, dice: “No, por favor”. Y le digo Daniel: “Acá hay una realidad, lo haría si realmente cuento con todos los materiales para ir a la guerra. Soy padre de familia y tengo que cuidar mis ingresos. Tengo que darle de comer a mis hijos, tengo que darle un estudio, pagar mis cuentas y vivir día a día. No es fácil. Soy un humilde servidor de Quilmes que me pongo a disposición del deporte, pero con esa condición”. “No te hagas problemas, me confió, que ya me pongo a trabajar y a mover todos los hilos”. Él me había apoyado en el 2006 declarando de “Interés Provincial” a mi proyecto de unir Tucumán con Quilmes, y lo volvió a realizar este año. Cuando se sumaron estos apoyos, más aquel fueguito, dije: “¡Allá voy!”. Leer más…

Dardo Abbattista Los Quilmes, Quilmes

El inventor de los dibujos animados

Jueves, 1 de abril de 2010

Quirino Cristiani

 

Un ejemplo para Disney

El 9 de noviembre de 1917 se estrenaba en el cine Select Suipacha el largometraje “El apóstol”, con el que el dibujante italiano Quirino Cristiani sorprendía al mundo entero con su obra cumbre: la invención de los dibujos animados.

Cristiani, que había nacido el 2 de julio de 1896 en el modesto pueblo piamontés de Santa Guilletta, fue traído por sus padres en 1900 a Buenos Aires. Desde pequeño demostraba su bohemia e inclinación por el arte al obtener algunos “ceros” por distraerse en clase realizando caricaturas.

 

Quirino en su estudio.

Quirino en su estudio.

 

Ingresó en su adolescencia en la Academia de Bellas Artes, pero la calle y las redacciones pudieron más; de esa manera, Quirino comenzó su labor como dibujante en la revista “Sucesos”; luego aportó su oficio a “La Gaceta de Buenos Aires”, para recalar en 1916 en el noticiero “Cine Revista Valle”, su director le encomendó idear movimientos a las caricaturas políticas que divertían a la concurrencia.

Para lograr que las figuras tomasen vida, el pionero de la animación dibujaba retratos humanos y de animales que recortaba en trozos anatómicos. Más tarde los colocaba sobre un pizarrón apoyado en el suelo horizontalmente y en un caballete montaba una primitiva cámara “Urban” con la que accionaba 16 veces su manivela y movía pacientemente los cartones para dar la sensación de un solo movimiento completo del personaje. La luz solar y la azotea completaban el escenario de la fatigosa prueba.

En la realización de “El apóstol” se confeccionaron la friolera de 158.000 dibujos, seis meses de trabajo y 1.700 metros filmados uno por uno por Cristiani. Era una sátira al entonces Presidente Hipólito Yrigoyen y duraba setenta minutos, con el libreto de Alfonso de Laferrere y la producción de Federico Valle.

 

Y ya entonces, la estúpida censura

 

 El precursor italiano sufre la primera censura por parte de la Munipalidad a su largometraje “sin dejar rastros”. Este traspié lo obliga a retomar las actividades periodísticas, trabajando en distintos medios gráficos de la época y elaborando, paralelamente, cortometrajes publicitarios, políticos y deportivos, entre los que citamos “Firpo-Dempsey”, “Humberto de garufa”, “Argentinos en Sevilla”, etcétera, para desempeñarse en 1927 como director de publicidad de la Metro-Goldwing-Mayer e inaugurar el año siguiente su propio laboratorio fílmico.

Quirino emprende la tarea de crear al primer largometraje en el mundo de dibujos animados sonoro y lo logra en 1931, con “Peludópis”, una sátira dedicada, como “El apóstol”, a H. Yrigoyen, con la duración de 80 minutos. Pero, con la revolución de 1930 el gobierno de facto de José E. Uriburu censura esta magnífica obra que, no obstante, es presentada aunque no dura más de un mes en cartel y provoca una pérdida de $25.000 al realizador.

Sin embargo, estas viscisitudes no desanimaron a Cristiani que continuó con los filmes “Carbonada” y “El chiste animado”, hasta que estrena en 1938 “El mono relojero”, basado en un cuento de Constancio Vigil y con la participación en los diálogos de Pepe Iglesias “El Zorro”, recibiendo premios de la Municipalidad metropolitana.

 

“El Mono Relojero” realizada por Cristiani en 1938

“El Mono Relojero” realizada por Cristiani en 1938.

 

 

El mundo de Disney,

el mundo de Quirino

 

Una de las mayores satisfacciones que tuvo Quirino Ciristiani fue la visita que realizó Walt Disney en 1942 a su estudio cinematográfico. Cuando el realizador norteamericano vio “Peludópolis”, se suscitó este diálogo:

 

“Peludópolis”

“Peludópolis”

 

Disney: ¿Con cuánto personal realizó esta obra?

Cristiani: ¿Qué equipo ni personal? Lo realicé todo yo. No sólo la creación de los personajes sino también los dibujos.

D: ¡No puede ser, si nosotros necesitamos 20 dibujantes!

Allí mismo, Disney le ofreció a nuestro artista un puesto en su equipo, pero Quirino rechazó la tentadora oferta porque había echado raíces en Argentina.

Quirino, ayudado por Atilio, el mayor de sus dos hijos, continuó al frente de su laboratorio pero se trasladaba periódicamente a la ciudad cordobesa de Unquillo para encontrarse con el afamado pintor Lino Spilimbergo, hasta que un incendio en 1962 se llevó para siempre la valiosa filmografía pionera del cine mundial obligando a Cristiani aun retiro forzoso. Vivió en Córdoba, más tarde en Wilde y se afincó, definitivamente, a partir de julio de 1980 en la casa de la calle Rodríguez Peña de Bernal, en compañía de su nieto mayor, Héctor y familia.

En 1981 fue invitado a su pueblo natal, donde fue presentado el libro “Due volte 1 Océano” (vida de Quirino Cristiani) de Giannalberto Bendazzi; se le suma a esta hecho el filme-reportaje que llevó a cabo Jorge Surraco presentado en la Escuela Panamericana de Arte.

Pero, ¿de dinero?, ¡Ni hablar! Mientras Wald Disney construía un imperio multimillonario, Quirino Cristiani, su ejemplar antecesor, solicitaba una pensión a la vejez para poder sobrevivir.

Aquejado por un soplo cardíaco, Quirino Cristiani falleció, mientras dormía, el 2 de agosto de 1984 en Bernal, a los 88 años de edad y dejando un legado para sus vecinos quilmeños de quien jamás claudicó ante la tentación del dinero ni el poder; asemejándose a un pájaro que, invocando la libertad, extendió sus alas y se largó a volar.

 

Por Enrique Rodríguez

 

Publicado en el número 1 de Los Indios Kilmes, que salió a caminar, el 10 de junio de 1993. hector_cristiani@yahoo.com.ar, es el correo de su nieto y, Dos veces el océano, el libro del historiador italiano, Gianalberto Vendazzi.

Quirino Cristiani, todavía aguarda que, en Quilmes, alguna plaza, teatro o escuela, lleve su nombre como en Unquillo, Córdoba, el lugar donde también vivió.

Dardo Abbattista Quilmes

Luis… Luis…

Sábado, 27 de marzo de 2010

Luis Laporte tenía 28 años y “era un pan de Dios. Era pasado de bueno; una vez se fue a Salta y cuando volvió me trajo una quena y tierra de regalo”, cuenta Gabriel, su hermano más chico, que no lo olvida. Vestía todo desalineado y siempre leía. Gabriel todavía lo ve tomando mate en el patio de su casa y escuchando a Hugo Guerrero Martineithz. Ve la sonrisa que el hermano le devuelve a la madre después del enésimo reto: “¿De dónde viniste?, otra vez con los pies llenos de barro”. Luis militaba en la Juventud Peronista y caminaba por las villas de Quilmes para saber en qué podía ayudar. Sus compañeros de secundaria lo llamaban  “Astroboy” porque era un “bocho” y sus notas andaban siempre por las nubes, siempre de siete para arriba. Hace poco sus ex compañeros, después de tanto tiempo, querían volverse a encontrar. Ubicaron su teléfono y lo llamaron: era para invitarlo a una fiesta de egresados. Atendió Gabriel  y les contó lo que había ocurrido, pidiéndoles “si lo pueden recordar”. Un mal día, un día de dictadura, el 16 de agosto de 1977, salía de su casa de Quilmes hacia el trabajo en Lanús. Iba para la fábrica donde era obrero y la dictadura de Videla lo desapareció. Luis, como los de esa juventud maravillosa, los de esa generación maravillosa, estaba bien armado: llevaba a cuestas el bolso de los sueños. Su padre, después de tanto buscarlo y buscarlo junto con su mujer, entrecierra los ojos, se va yendo, está internado en terapia intensiva y no habla ni reconoce a nadie. Él había sido miliciano español y vuelta a vuelta, como era antiperonista, se trenzaba y lo peleaba a Luis. Los médicos ya no pueden hacer más nada y dejan pasar a sus dos hijos, de repente hace un gesto como pidiendo algo. Uno de los hermanos lo entiende y le alcanza rápidamente una lapicera y una hoja en blanco que rompe de su agenda. Allí escribe como puede, desde el alma, Luis… Luis… y se va.

Por  Dardo Abbattista

 

*gabriellaporte@yahoo.com.ar

Luis, en su casa de Quilmes, con Miguel y Gabriel, sus dos hermanos.
Luis, en su casa de Quilmes, con Miguel y Gabriel, sus dos hermanos.
Con Margarita Amengual, su madre.
Con Margarita Amengual, su madre.
Cuando terminaba el secundario en el Nazareth de Quilmes.
Cuando terminaba el secundario en el Nazareth de Quilmes.

Dardo Abbattista Quilmes

Mi hermoso padre

Jueves, 22 de octubre de 2009

dardopadre1Mi abuelo Hilario lo levanta en brazos y, orgulloso del varón, lo muestra al mundo y lo va a llamar Juan, en honor a su padre, cultivador de aceitunas, de papas, de tomates y cocinero de panes, de pizzas y también leñador, y Angel por su amable hermano. Así, y de una mano partera que lo toma del vientre de María, nace mi hermoso padre, Juan Angel Abbattista, en el barrio “Las Ranas”, ubicado en el Docke, cerca de la Usina. Pega su primer grito un 6 de abril de 1928, en casa de Juan, un hermano de mi abuelo, donde todos juntos, venidos de Italia, vivían en familia. Aunque, de la alegría, mis abuelos, se tomaron todo el día para festejarlo y anotarlo después, el 7 de abril. Pero a los pocos días de su venida al mundo terrenal, tan chiquito, los arreó a todos para Quilmes, con ganas de no abandonarlo jamás como de verdad ocurrió. Leer más…

Dardo Abbattista Quilmes

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