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Las olimpíadas de Wilfrido Franco

Viernes, 3 de septiembre de 2010

El ultramaratonista quilmeño con sangre guaraní y española abrigaba un sueño: unir Tucumán con Quilmes, a las zancadas limpias. Lo había intentado en el año 2006, cuando arrancó de la Quilmes Huasi que, como cuenta el cacique Pancho Chaile, es la Casa de Gobierno de la COMUNIDAD INDIA QUILMES de Tucumán, en el Valle. Pero, en Oliva, Córdoba, por lesión en el tendón de Aquiles, aquel año tuvo que abandonar su sueño.
Wilma Cabrera, su compañera y madre de sus cinco hijos, una vez, mientras me encontraba en su hogar dialogando sobre la aventura, lo había pronosticado: “Mirá que este loco lo va a volver a intentar”. Wilfrido, que estaba presente, no dijo nada, sonrió y pensó: “Esto se llama conocerme”. Y así, con el cariño de su familia, fueron llegando más y más locos: gremialistas, políticos, periodistas, comerciantes y amigos fueron brindando apoyo y, a caballo de sus misioneras piernas y mensajeros brazos —como un antiguo chasqui—, se lanzó a la ruta, nomás.
La historia dice que salió de la Plaza Independencia, en San Miguel de Tucumán, el 27 de julio y que llegó a la Plaza San Martín de Quilmes el 16 de agosto de este año marcando, en veintiún días, una verdadera proeza tras recorrer 1323 kilómetros. Pero él —acompañado en el camino por dos espirituales indios, por la Unión Tranviaria Automotor y por Dios; el mismo a quien, en un pueblo de Córdoba, lo declararon Ciudadano Ilustre junto con el masajista, la familia y los choferes—, dice mucho más.

wilfrido franco

Wilfrido, muchos pensábamos que ya estaba e, incluso, que a pesar de haberte quedado en Córdoba por lesión, de alguna manera, lo habías logrado corriendo hasta ahí con todas las dificultades que se te habían presentado en el camino: fuiste sin masajista, sin un apoyo sólido de la intendencia anterior, manejando hasta Tucumán con tu ranchera 74 y arrastrando un trailer. Pero, evidentemente, para vos no fue así y sentiste que habías quedado a mitad de camino, y entonces decidiste finalizar con el pleito encarando “a todo o nada”.
¿Cómo mantuviste la idea latente y cómo arrancaste de vuelta?

¿Te acordás de cuando hicimos la carrera simbólica en homenaje a los quilmes, en agosto del año pasado, y me dijiste: “para que no se apague el fuego”? Eso me quedó muy marcado. Salimos de la Escuela 20, de Bernal, vos en bicicleta y yo, corriendo de donde, antes de hacerlo, dialogamos con alumnos y maestras, con aquellos dos policías de Bernal Centro que, muy amables, nos escoltaron de “la veinte” hasta la Escuela 17, de Quilmes Oeste. Acá también di una apasionante charla para casi toda la escuela, organizada por la directora, Marta Luperini, que nos dio la bienvenida. Después de ahí, cruzamos las vías y fuimos caminado por Rivadavia, dimos una vuelta alrededor de la manzana histórica, para terminar tocando la piedra de Teófilo Yapura, que está en la Plaza San Martín. Veía que nos miraban y se me ocurrió que pensarían: “Estos locos, ¿que están haciendo?”. Estábamos como en medio de la selva y queríamos avivar el fuego, tirando hasta la última ramita, porque era lo único que nos podía sostener en la noche, después de que dejé en Córdoba.

Debe de ser una de las convocatorias más chicas de la historia. No creo que alguien nos gane. Salvo que exista alguno que haya convocado y fuese corriendo él sólo (ríe con ganas y, entonces, le insisto): ¿Fue aquella vez que decidiste volver?
Entre 2006 y 2008, sigo entrenando y, en eso, me manda llamar Roberto Fernández, Secretario General de UTA (Unión Tranviaria Automotor). Me quería conocer por un acto en el que yo, como chofer del Nuevo Halcón, había salvado a una mujer baleada. Esto fue una madrugada. Venía de Plaza Constitución, serían las siete, cuando veo una criatura pidiendo socorro con sus manos ensangrentadas y, cuando paro el colectivo para preguntarle qué le estaba pasando, me dice: “A mí, nada, ¡a mi mamá!”. Y me cuenta que, en un intento de robo, le meten un tiro en la cara, que está tirada al lado de una camioneta. Miro, veo la camioneta y acudimos a ayudarla. Cuando bajo y le pido que se incorpore, vi que la nariz la tenía colgando por el impacto del proyectil (ocurrió en Bolivia y Lisandro de la Torre, en Quilmes Oeste y la mujer, que por suerte se salvó, se llama Claudia Dabrantes). Entonces, la subo al colectivo y le digo a los pasajeros que una de dos: o que se bajaran o que viniesen conmigo. Se bajaron, di la vuelta y la llevé directamente a la Clínica Modelo de Quilmes. Ahí le hicieron las primeras curaciones y la derivaron a Capital. A raíz de esto, vinieron periodistas y, a través de Sergio Lapegüe, de TN, se entera Roberto Fernández y me quiere conocer.

¿Qué sucedió en la entrevista?
Me dice lo heroico que había sido, en ese momento, cuando tomé cartas en el asunto dando ejemplo de don de gente. Él estaba agradecido por haber dejado bien parada a la UTA. Me dijo: “Te agradezco por lo bien que nos hiciste quedar porque, a veces, la gente piensa cualquier cosa de nosotros, los colectiveros. Y, aparte, me enteré de que sos atleta. No es común que un colectivero sea atleta. Me entero por TN que presentaste un proyecto para unir Tucumán con Quilmes y recrear el destierro de los quilmes; y que también presentaste otro, pero ya dentro de la Casa Rosada, para apoyar el atletismo en la Argentina”.
Y, en la reunión, el Secretario de Organización de UTA, Mario Marcinkowski me señala: “Quiero que vos, sin vergüenza, te sueltes y me digas todo lo que necesitás para ese proyecto tan anhelado”.¡La pucha!, dije para mis adentros, estamos volando muy alto. “Yo no quiero ser abusivo —continué en voz alta—, pero pienso que usted va a desistir, porque no es fácil cómo miramos la parte laboral cuando en mi ausencia no esté en la empresa”. “Por eso no te hagas problemas, me tranquilizó, que lo manejamos nosotros”.
“Segundo —me embalé— necesito una camioneta, una combi o un colectivo para llevar el equipo, y que ese colectivo se quede conmigo los días necesarios acompañándome en la ruta”. “No te hagas problemas, me dice, dalo por hecho”. Yo me quedé sorprendido, porque la primera impresión que uno tiene ante todo político y sindicalista es: “Este me está verseando”, porque no conocés a la persona hasta que la ves actuar.
Antes —le había dicho—, necesito chequeos médicos y complejos vitamínicos, más cremas, vaselinas, gasas, una caja de primeros auxilios. No sólo para mí, sino para todo el equipo. En primera instancia, es lo que necesito para partir. Después, lo otro puede esperar. “Y ¿qué es lo otro?”, me preguntó. Y le cuento que, tres meses antes del evento, tengo que tener seis pares de zapatillas y que, además, necesito indumentaria deportiva, pantaloncito y remeras que lleven impreso mi nombre atrás y, delante, el nombre de todos los auspiciantes. Un día, me llama Marcinkowski y me dice: “venite para UTA, que tenés toda la medicación y los complejos vitamínicos”; y, cuando llego, me aclara: “Tené cuidado, porque acá hay mil cuatrocientos pesos. ¿Querés que te lo acerquemos o te lo llevás ahora?”. “Me lo llevo ahora”, le contesté sin dudar, y me puse todo eso en la cabeza como pude y me lo traje, alentándome: hice tantos sacrificios en mi vida, que ¿no voy a poder llevar este bolsón?
Unas semanas antes de la entrevista con la UTA, me lo encuentro por el barrio al diputado Daniel Gurzi. Nos saludamos, y me pregunta: “¿Volverías a realizar lo mismo?”. Lo miro con una sonrisa y mi señora, que se encontraba a mi lado, dice: “No, por favor”. Y le digo Daniel: “Acá hay una realidad, lo haría si realmente cuento con todos los materiales para ir a la guerra. Soy padre de familia y tengo que cuidar mis ingresos. Tengo que darle de comer a mis hijos, tengo que darle un estudio, pagar mis cuentas y vivir día a día. No es fácil. Soy un humilde servidor de Quilmes que me pongo a disposición del deporte, pero con esa condición”. “No te hagas problemas, me confió, que ya me pongo a trabajar y a mover todos los hilos”. Él me había apoyado en el 2006 declarando de “Interés Provincial” a mi proyecto de unir Tucumán con Quilmes, y lo volvió a realizar este año. Cuando se sumaron estos apoyos, más aquel fueguito, dije: “¡Allá voy!”.

¿ De dónde partiste hacia Tucumán? ¿Quienes integraban el equipo?
Salgo desde mi casa, adonde me viene a buscar un micro de la compañía Cóndor/Estrella. Me lo mandó UTA. Se me caían las lágrimas. Mis hijos decían “la locura que tenía papá se hizo realidad”. Antes era con una ranchera y manejando yo. Ahora con un micro de dos pisos con cocina, cuchetas, cafetería, baño, calefacción. Dentro del micro nos sentíamos como criaturas con juguete nuevo. En total, con mi señora, tres de mis hijos, Matías, Elías y Esther, el masajista y los dos choferes, éramos ocho. De mi casa fuimos hasta la Plaza San Martín de Quilmes y de ahí, hasta Tucumán.

Vos pensabás salir del Valle —y de la Quilmes Huasi—, igual que en el 2006. ¿Qué pasó que no pudiste hacerlo y, en cambio, saliste de San Miguel de Tucumán?
Walter, uno de los choferes, me dice en Santiago del Estero: “Sabés que hay un pequeño inconveniente: este micro tiene doble eje adelante, [doble rueda] y, cuando dobla, lo hace con cuatro ejes. El primer eje, va a doblar, pero el segundo eje va a quedar colgado en el precipicio. Y nos podemos dar vuelta”. Cuando llegamos a San Miguel, tratamos de ubicar por medio de UTA una combi para atravesar los valles, pero no pudimos conseguirla —incluso nos esperaba el cacique Pancho Chaile para festejar su cumpleaños—. También hablamos con la Comunidad para ver si ellos tenían algún hermano, o en San Miguel o en el Valle, que me pudiese venir a buscar a Montero, y tampoco. Acá, Wilma me llama aparte y me dice: “Mirá, en el 2006, vos ya hiciste el sacrificio de bajar y de subir por los cerros. Y, si salís de San Miguel, va a haber más gente, va a haber más prensa. Va a ser otra la situación”. Y salí de San Miguel, de la Plaza Independencia. Pero largué sólo, con mi equipo. Antes de hacerlo de un hotel, se asomaron y me gritaron: “¡Vamos Argentina, todavía!”. Se enteraron no sé cómo —imagino que por los diarios, porque me hicieron algunas notas—. Un diariero de la esquina me gritó también, los policías me despidieron y ahí largué.
Antes de salir, me encomendé a Dios con todo el equipo, agarrados de las manos, arriba del micro. El primer día corrí 61 kilómetros hasta Simoca. Por el camino me saqué unas fotos con unos niños de diez años que estaban jugando y les conté sobre el destierro de los quilmes y lo que estaba haciendo. “¡Chauu! ¡Chauuu!”, ellos eran los que me alentaban.

¿Cómo fue ese primer día?
Muy movido, porque correr entre ripio, no es nada agradable. Salí a las nueve de San Miguel, y finalizamos a las seis y media de la tarde. A la gente le preguntabas cuánto faltaba para Simoca, y te decían: “¡Aísito, nomás!”. Y ese “aísito” capaz que eran treinta kilómetros. Y como yo no había tomado nunca por ese camino, no me podía orientar, porque la vez anterior bajé a Montero. El segundo día, fue todo de deporte: pasamos Taco Ralo, San Pedro y paramos en un pueblito que tenía baños termales. Ahí nos pegamos una flor de ducha con la familia, salimos relajados, ¡diez puntos! Eso sí, tuvimos un inconveniente con el micro porque, de golpe, un potrillo se cruzó en la ruta y el chofer, para no impactarlo, clavó los frenos, y se pinchó el pulmón de freno, y se perdió todo el aire. Tuvimos que esperar a que viniera el respuesto desde San Miguel de Tucumán —aunque salí a la ruta a cara de perro a correr igual, escoltado por mi hijo Elías con la moto y una mochila que tenía de todo—. Me afligí y me dije, por la experiencia del 2006: “¡Acá el diablo quiere meter la cola!”. Por suerte, mucho más tarde, se solucionó el problema y pudimos seguir. Corrimos de San Pedro a Frías acompañados de muchas manadas sueltas con un sol que nos azotaba. Pensaba en los pueblos originarios y le decía a mi hijo: estamos haciendo esto en contra del genocidio. A partir de este día, me mentalicé en que la carrera era de mojón a mojón, no de Tucumán a Buenos Aires. Por cada uno que pasaba, era una victoria.

Dialogando con vos, apenas llegaste a Quilmes, lo primero que me contaste fue que visualizaste de manera espiritual, a dos indígenas que te acompañaron en el camino, entre matorrales. ¿Dónde fue?
Cuando empecé a pasar por el desierto de la sal, en Catamarca, comencé a sentir la presencia de estos dos aborígenes. Iba corriendo mientras escuchaba música (alabanzas, canciones), pero las pilas del MP3 dejaron de funcionar. Quería tener un contacto espiritual, porque ya me empezaba a laburar la cabeza. Y empecé a sentir cómo, de los arbustos, al costado de la ruta, se asomaban y miraban, y cómo agazapados, me iban vigilando. Eran sencillos, vestían con taparrabos y pecho libre, uno; el otro, con una túnica que lo cubría hasta abajo. Eran de estructura bien grande. Me sentía como custodiado. Y empecé a correr, a correr fuerte, muy fuerte. Me empecé a soltar, me empecé a escapar. Cuando miraba el paisaje se me “aparecían” todas gentes vestidas de blanco y en multitudes. Se me puso la piel de gallina. Ese día llegué hasta casi el límite con Córdoba. Corrí unos setenta kilómetros. Ahí sentí que me gané tanto la confianza de los choferes, que me vieron correr y correr, como la de mi hijo Elías, que vio que el entrenamiento que su padre había realizado en Buenos Aires estaba rindiendo sus frutos. Los choferes, cuando ese día subí al micro, me miraron con una cara de satisfacción, como diciendo: “Este tipo, realmente, no nos estaba jodiendo”.

¿Por qué pueblo te declararon Ciudadano Ilustre?
Cuando llegué a Mansilla, Córdoba, el intendente nos invitó a que paráramos en un hotel de campo, y nos dijo que él se hacía cargo de todo. Yo me quería morir, no lo podía creer. Tenían un termotanque de leña. Nos sacamos fotos con la policía, nos bañamos, nos dieron de comer. Y, a la mañana, me dice mi señora que habría un regalo para mí y para todos nosotros. [Wilfrido, me alcanza un papel y leo: “Visto que en el día de la fecha hace su arribo a esta localidad el señor Franco Wilfrido, atleta que viene de Quilmes de Tucumán a Quilmes de Buenos Aires, y considerando que es una gesta histórica que está realizando este argentino al unir dos pueblos, por lo tanto, el intendente municipal don Oscar del Valle Albarracín, resuelve: Art. 1: declarar al señor Wilfrido Franco y todas las personas que lo están acompañando, mientras permanezca su estadía en esta localidad, ciudadanos ilustres”].

¿A todos?
A todos —me contesta y sigo leyendo—:

“Art. 2: Este Gobierno municipal reconoce el esfuerzo que está realizando este humilde servidor de la patria, a fin de que se conozca la historia del porqué de su pueblo de Quilmes, provincia de Buenos Aires.
“Art. 3: La presente resolución será refrendada con la firma del señor Secretario de Gobierno, don Isaac Ramón Ledesma.
“Lucio V. Mansilla a los treinta y un días del mes de julio de 2008, Departamento de Tulumba”.

¿Dónde te declaró ciudadano ilustre? ¿En el Concejo Deliberante o en el hotel?
(Ríe y cuenta). Fue a orillas de la ruta 60 y al amanecer, donde nos estábamos preparando para salir. Fue ante las autoridades policiales de los pocos que había, más los enfermeros y los doctores, que eran lugareños y gente del pueblo.

Los casi setenta kilómetros diarios que, normalmente, transitabas, ¿los hacías de corrido o le echabas paradas?
Donde eran, cuesta arriba, y muy fatigosos y con viento en contra, hacía cuarenta kilómetros, paraba ahí y después hacías los restantes para la tardecita. Las paradas eran de una hora, más o menos, según los percances que tenía, entre las ampollas, los masajes y las comidas.

Corrías a la vera del camino de la ruta pero, a veces, ¿pudiste tomar la ruta?
Muy pocas veces. Para pisar sobre pavimento hacía así: mi hijo Elías iba del lado derecho con la moto y yo agarraba de contramano al tránsito, entonces corría por el ripio de la mano contraria. Cuando visualizaba que no venía nadie, me paraba sobre el pavimento y le entraba a dar y corría cómodo. Pero cuando no pasaba eso, Elías se ponía detrás de mí e iba espejeando con el espejo de la moto, y cuando me tocaba bocina, era que me tenía que tirar a la banquina porque venía un camión o un auto. Cuando pasaban, volvíamos a la ruta, y así. Era saltar, venir, esquivar.

¿Qué camino hiciste, aparte del asfalto y del ripio?
Arenilla y salitre.

Obviamente, corrías mejor sobre ruta.
Sí, más allá de que era dura, era terreno plano. En cambio, en el ripio tenés que saber pisar y traccionar porque, si no lo hacés bien, cuando querés despegar y pisás más fuerte de lo debido, te desplazás entre el ripio y las piedras. Y tenés que pisar como un gato, con cuidado; y no tirar las piedras hacia atrás sino pisar y largar, pisar y largar, sin que haya desplazamiento de piedras, porque si hay alguno te puede ocasionar cualquier trastorno en el músculo o en el pie.

Y esto ¿donde lo aprendiste? ¿Sobre la marcha?
Sobre la marcha. La experiencia te lo va enseñando.

¿Te vendaste?
Sí. No soy amante de correr vendado, pero tuve que vendarme, dedo por dedo. Perdí tres uñas.

¿Cómo corriste con ampollas? ¿Cómo lo solucionaste?
No me salieron tanto debajo del pie, sino de costado. ¿Qué hacíamos? Con una jeringa que teníamos, me pinchaba la ampolla, extraía el líquido y me ponía una gasa curasinada, en un primer momento. Le mandaba venda, cinta, la media, y seguía. Pero hacía pocos kilómetros, y ¡de vuelta me molestaba! Pero, una vez, entré en el micro y me calenté conmigo. Todos se quedaron callados… Me saqué la gorrita, me saqué la zapatilla y la tiré contra un costado y dije: “¡La pucha!, esto así no puede ir. Alguna solución le tenemos que encontrar”. Y se me ocurre pedirle a mi mujer una de esas toallitas diarias que utilizan ellas. Me la pongo como curita gigante y fue la solución. Me amortiguaba bien y me absorbía el líquido que iba largando la ampolla.

¿Tuviste algún problema importante, en lo físico?
Gracias a Dios, ninguno. No tuve ningún calambre tampoco. Claro que me preparé durante casi dos años y cuatro meses antes de salir. Me tomé todos los complejos vitamínicos. Me dolió sí, la rodilla izquierda y el tibial. Y después, se me iban rotando los dolores. En todo el recorrido me aplicaron solamente tres inyecciones de desinflamatorios. En un momento, el dolor en el tibial me obligó a caminar, y hasta llegó otro momento que ni siquiera eso. Pero mirando el objetivo y encomendándome a Dios, le metí para adelante y no le aflojé. Recuerdo una jornada en la que corrí de noche con el micro alumbrándome el camino y los cuises me pasaban, así y así. “¡Dale, papá, que vos podés!”, me alentaba Elías. Y agachaba la cabeza y corría.
A la prensa, que me recibía en los pueblos por donde pasaba, les decía que la Argentina se mentalice que esto fue un genocidio y que no es una diversión lo que estoy haciendo. Hay mucha gente todavía analfabeta en nuestro país. Entonces pensé: “Si ven a un individuo que viene corriendo con la noticia, se pueden enterar de la historia de Quilmes”.

Corrías, también, para denunciar un “genocidio silencioso”.
Claro. Y pongo como ejemplo el Chaco, donde le sacan el suministro de agua y sus tierras y lo hacen adrede, para que se borren de esos lugares. Y entonces los tipos se apropian del poco territorio que les queda. Les talan los árboles. Y esto nadie lo dice y nadie hace nada. Los matan, los van exterminado en silencio… Hora tras hora, día tras día. Van exterminando a nuestras propias raíces y, cómo dije en el 2006: “Un pueblo que niega sus raíces pierde toda su identidad”. El pueblo argentino está perdiendo su identidad en el exterminio de los pocos pueblos originarios que van quedando. Y algunos sacan pecho, cantan el Himno Nacional Argentino y se dan vuelta y les clavan el puñal a sus mismos hermanos. Es algo inconcebible. Pasa en Neuquén, en Tierra del Fuego. Hace poco iban a pescar a su laguna, y les cercaron y les vendieron la laguna. ¿Dónde se vio eso? Y ninguna eminencia que está en esos lugares hace nada. Es algo que no le entra en la cabeza a nadie. Vender tierras originarias. A mí me duele, y la única forma de manifestarme que tengo es esta: utilizar esta ultramaraton, para recrear el destierro de los Quilmes y, acoplarme al dolor de cada pueblo actual, originario.

Te preguntaban algo sobre la COMUNIDAD INDIA QUILMES. Y, en caso de hacerlo, ¿qué?
No sabían que había un cacique, por ejemplo. En el peor de los casos, en suelo tucumano no sabían de los quilmes. Eso es algo grave. Y con mucha carpeta, les explicaba. Ignoraban la historia del lugar que, a sus espaldas, había ocurrido. Ignoraban la historia de los quilmes, hoy y de lo que fue, ayer. Y cuando ocurre esto es como si fueras en un automóvil y se empezara a prender el alcahuete de la luz roja y te dijera: “le falta aceite, le falta aceite”. En cualquier momento vas a fundir el motor. A la Argentina le está pasando lo mismo, hay una luz roja que está diciendo: “Los pueblos culturales se están muriendo, se están muriendo”. Y ¡ni bola! Siguen vendiendo tierras igual. Entonces, quiere decir que no les importa.
Si vos me preguntases cuál fue el fruto de la reflexión, cuando llegué a Buenos Aires, te diría: a nadie le importa la cultura argentina. Y quien ocupa un lugar cultural, lo hace para llenarse los bolsillos. Pienso que acá hay que hablar poco y hacer mucho, y acá hablan mucho y no hacen nada. A mí me cayó la ficha ahora.

¿Quiénes fueron los auspiciantes?
Urquiza, Cóndor/Estrella, Plusmar, empresas de larga distancia. ED, de Eduardo Deportes, de Banfield; el High School, de Quilmes; UTA; el Nuevo Halcón, la empresa Granix; por Cervecería Quilmes, Gatorade; la Iglesia Adventista; el Municipio de Quilmes; El Depornauta e Italfrend.

En el trayecto hasta llegar a Buenos Aires, no tuviste problema con las autoridades policiales de ninguna otra provincia, más bien todo lo contrario: saludos, fotos y acompañamientos; pero, al llegar a Pacheco, sé que tuviste problemas. ¿Qué pasó?
Cuando hacemos los primeros cuatro kilómetros, aparece la policía motorizada de Autopistas El Sol, y nos paran. “¡Todos a un costado!”. Acto seguido, nos dicen: “Por favor, retírense por la colectora”. Y por ahí no podía correr bien, porque tenía muchos semáforos y tenía que rebotar y rebotar en el lugar. Era un lío. Y nosotros, en un descuido de la policía, volvimos a correr por arriba y ¡zas!, vienen de vuelta y me dicen:“ Está terminantemente prohibido correr por acá. ¡Te retirás!”. Y yo le digo: “Mire, señor, necesito que nos custodien”. “A mí no me hablaron de ninguna custodia”, me devuelve.
“Bueno —le dije—, vengo uniendo Tucuman con Quilmes y, si usted me hace correr por colectora, no llego en el horario que debo llegar a Quilmes. Le pido su colaboración. Esto está declarado de Interés Provincial y Municipal”. Y en eso, aparecen los de UTA de Zona Norte para hablar con la policía y le dicen: “Mire, estos son los papeles de lo que está realizando el muchacho”.
Y el agente contesta: “Discúlpeme, pero bajo ningún punto de vista ustedes pueden correr por acá, porque ningún vehículo puede circular a menos de treinta kilómetros por hora”.
“Todo lo que vos quieras —se plantó la UTA—, pero esto es un proyecto y vos lo tenés que apoyar, el muchacho viene realizando esta gesta y la UTA se prendió también con este proyecto. Estamos comprometidos, para que esto tenga un final feliz”.
Y el policía insiste: “No se corre más”.
Y entonces intervengo y le digo: “Vos me querés meter el palo en la rueda y me falta poquito para llegar”.
Y el tipo se empecinó en que no, no y no. Y ¿sabés qué ocurrió? Yo no lo podía creer. Hablo con los de la UTA, que hasta ahí me iban escoltando con cinco micros en caravana y con pancartas. Y “El Turco”, nuestro chofer, le dice al agente: “Si él no corre más, por acá no circula nadie más”.
—¿Cómo que no circula nadie? — pregunta el policía.
—Ahora lo vas a ver— le retruca el turco. Y se subió al micro, lo puso en marcha y lo atravesó en la autopista. Los demás micros hicieron lo mismo y, durante veinte minutos, no circuló nadie más y tocaban todas las bocinas. Los policías no sabían qué hacer. Yo me dije: “Acá se arma un despelote y vamos todos presos”. Parecía que se iba a armar una batalla campal y todo, por el proyecto de los aborígenes. Y en eso, El Turco me dice: “Vos seguí corriendo que nosotros nos encargamos del cachengue”. Y yo seguí corriendo. Durante veinte minutos, si quería correr sólo por el medio de la Panamericana, podía hacerlo porque estaba todo cortado… (Ríe como un chico con sus travesuras, y sigue). Después, me entero de que llamaron a Roberto Fernández y que él llamó al gobernador Scioli; y Scioli llama a los de Autopistas El Sol, y bajan los capos del lugar y no sé qué les regañaron a estos milicos que estaban haciendo las cosas mal. “Y ustedes vayan —les dicen a los policías— y escolten a ese muchacho”. Y le dijeron a UTA: “Muchachos, disculpen este malentendido”.

¿Cuál fue el último tramo que hiciste hasta llegar a Quilmes?
Fueron alrededor de cincuenta kilómetros. Desde el peaje de Pacheco hasta lo que es Domínico, sin parar. Tomé Panamericana, General Paz, Libertador derecho, Recoleta, Alvear, 9 de Julio, el Obelisco. De ahí, subimos a la autopista hasta Avellaneda por el Puente Pueyrredón, Avenida Belgrano, Avenida Mitre hasta la calle Ramón Franco, en Domínico. Después, tomé San Martín y cruzamos las vías por Lamadrid–Las Heras, Irigoyen, Videla derecho, doblamos por Sarmiento y entramos en la plaza San Martín.

Cuando ingresaste, exclamaste: “¡Vamos Quilmes, carajo!”, y tiraste una botella de agua mineral contra el piso, con bronca…
Me acuerdo ese momento. Sí, cuando reventé la botella contra el piso fue con bronca, quise decir: “Se puede”; quise decir: “Despertémosnos, que se puede luchar por nuestras raíces”. Y lo demostré con sencillez. Fue muy emotivo y hermoso.

Estabas como en un sueño y sin pensar demasiado…
Es verdad. Ahí me aflojé, dije: “Ya terminaron las responsabilidades para con todos los que me apoyaron: con el intendente de Quilmes, con el diputado Daniel Gurzi, con Roberto Fernández y toda la caramarada que me acompañó, con mi querida familia”. Y culminaba, una vez más, el esfuerzo que había hecho para apoyar a los pueblos originarios. Es como si hubiera dicho: “Hice lo que pude”. Mi mamá me dijo: “Hijo, lo lograste”.

Te recibieron tus amigos. Ocaranza, trabajador municipal —que te acompañó por la comuna para conseguir el subsidio— estaba más contento que vos. Wilma brincaba. Gurzi, funcionarios del Municipio y la UTA estaban anchos. Después de ahí, te fuiste para la Ribera, donde te esperaba Gutiérrez, el Intendente de Quilmes quien, a diferencia del anterior, te recibe.
Sí. Me lleva para allá Rojas, el chofer. Y que me reciba el Intendente, ¡no lo podía creer! Una persona tranqui, perfil bajo, una persona de bien. La verdad es que fue muy lindo por ese lado. Me dijo: “Te felicito, campeón, subí al podio”. Y subí al escenario de El Pejerrey. Había una plataforma, donde justo iban a desfilar las reinas, por algo que ya estaba organizado y no tenía que ver con lo mío. Me presentaron muy bien.

Ahí, te dieron una plaqueta y te imagino cuando la viste, abriendo los ojos como el dos de oro, totalmente sorprendido y preguntándote: “¿Veo bien o necesito de anteojos?”, porque buscabas que la plaqueta dijese algo, pero estaba vacía…
Sí. Yo miraba y lo hice por dos veces, y no veía nada. Le digo a alguien: “Disculpame, pero acá no dice nada”. Y me larga: “No, no, pasa que, quien hizo la plaqueta se equivocó y había puesto otra cosa que no era, pero te pedimos que te saqués la foto, para que salgas con ella. La plaqueta te la vamos a hacer”. “Está bien”, le dije y me saqué la foto. Pasó el tiempo y nunca me la entregaron, aunque me llamaron del Municipio para decirme que estaba en la oficina del Intendente. Ahora, el intendente no tiene la culpa. La tiene quién está a cargo de Deporte, porque ellos sabían de mi ultramaratón desde el 25 de julio. En San Pedro (Buenos Aires), el director de Deportes, Sebastián Estevez, nos entregó un escrito que daba cuenta de nuestro paso por el lugar. En Rosario, otro tanto.

Tal vez, temieron que no llegaras.
Sí. Para mí que en ningún momento confiaron en que yo iba a llegar. Pero ¿sabés por qué? Porque no están acostumbrados a ver este deporte en la Argentina, a tan grande escala, aunque el intendente me invita al desfile cívico-militar en la semana de Quilmes (me muestra la foto donde está ese día con Gutiérrez, nada menos que a su lado y en el palco).

Está claro: el intendente te agasajó. Viene lo que esperamos que un buen día sea la conmemoración de Quilmes, y te invita junto con tu mujer al palco. Ahí ¿pudiste hablar con él?
No. Disfrutábamos del desfile.

El intendente, de la plaqueta, estimo, no sabía nada. Ni tampoco puede andar ocupándose hasta de eso. ¡Mirá el recibimiento que te hizo!
Gutiérrez lo habrá dado por hecho, pero algunos pánfilos no sabían dónde estaban parados.

¿Al final, el Municipio, ¿te puso el masajista que te faltó la otra vez?
Me dio cuatro mil pesos para que yo, de ahí, le pagara mil quinientos pesos a un masajista y, con el resto, cubriera la comida. La UTA habrá puesto, en total, más de cincuenta mil pesos. Y nos quedamos con las ganas de rodar un documental que iba a estar a cargo de los periodistas de Canal 13, Zambrani y Massachesi. Pidieron cuarenta mil pesos y el Municipio ofreció cuatro mil.

El documental, por el momento, se trunca. Pero con respecto a la gestión anterior, vos —de parte de Gutiérrez—, tenés más apoyo.
Sí, muchísimo más apoyo. Nada que ver con la gestión anterior.

Se puede decir que, en cierto punto, lo disfrutaste, porque de los veintiún días, pasaste sólo dos de zozobras.
Sí. Los demás días fueron regalos.

¿Cuántas provincias atravesaste?
Seis: Tucumán, Santiago del Estero, Catamarca, Córdoba, Santa Fe y el Gran Buenos Aires.

¿Por cuáles rutas?
La 157, 60 y la 9, para no dejarla más.

¿Cómo documentaste los 1323 kilómetros?
Marcando, mojón por mojón. Cuando finalizaba el día, a eso de las 19.30 —después de haberlo comenzado a las siete de la mañana, para aprovechar toda la luz solar— marcaba el total de lo que había corrido en la jornada; por ejemplo: 70 kilómetros, junto con el kilómetraje de la ruta, el 800… que era dónde había dejado. Si había un pueblo cercano, dormíamos en él y, si no, nos retirábamos un poco más, hasta encontrar el más próximo. A la mañana siguiente, volvíamos y arrancábamos desde el lugar adónde habíamos llegado el día anterior. Levantamos firmas en cada puesto policial por el que pasamos, con fecha, hora, día y sellos de los destacamentos, provincia por provincia.

¿Te acompañó algún atleta por el camino?
Mi hijo Matías, de diez años, me acompañó unos tramos y a pura zancada. Yo lo veía y no lo podía creer: desde Domínico hasta Quilmes, sin parar. Se ve que arrastra los genes míos, le encanta. Y en Domínico se me prendió un atleta de Quilmes, Juan Soto. El único atleta de la Argentina que tuvo el privilegio de participar en estos últimos kilómetros. Los atletas sabían, lo publicaban por El Depornauta, pero ninguno se arrimó al fogón. La UTA, cuando arribé a Quilmes, venía con ocho micros. Ricardo Zambrani, de Canal 13, me acompañó por Córdoba: tres kilómetros que, para mí, fueron la gloria. Mario Massachesi, también del 13, me acompañó un tramo en Pacheco, caminando. Después, Paulo, un ciclista de Casilda, Santa Fe, me escoltó como cuatrocientos kilómetros hasta Quilmes: El topo, le dicen, aunque cientos de kilómetros los hizo en el micro porque la bicicleta, se le pinchó decenas de veces y, aparte, había mucho viento en contra. En realidad, quien se bancó toda la película de principio a fin, al lado mío y con la moto, asintiéndome, hidratándome, alentándome fue mi hijo, Elías. Pasó viento, lluvia y frío. Wilma, en varios tramos, me levantó moralmente. Y los choferes, el “turco” Vieyra y Raúl Gómez, que se cargaban entre los dos, me hacían reír: El Turco le decía a Raúl “Cabeza de mamut”, y Raúl le contestaba: “Callate, vaquillona”.

Tuviste un equipo anímico muy alto.
Sí. Parecía que me los envió Dios. ¿Sabés cómo me alentaban? Los choferes —que fueron más de dos— no sólo manejaban, sino que le ayudaban a Wilma a preparar la comida.

Te supieron interpretar. Cuando te enojabas, aparecía el silencio, y cuando aparecían los problemas, venía el aliento.
Así. Raúl hasta me asistía con las ampollas. Y el masajista, Carlos Oberti, muy bueno, profesional, tuvo un percance en su salud y quedó internado en Casilda, Santa Fe. Por lo tanto, desde allá hasta Quilmes, llegué sin él y me tuve que cuidar como una niña, como una copa de cristal. Recién me asiste un masajista profesional en Campo de Mayo. Y por acá empecé a perder masa muscular y me preocupé. Llegué con lo último, con mis piernas muy flacas. Llegué con lo justo.

¿Con cuántos kilos saliste y con cuántos llegaste?
Salí con 75 kilos y tenía cinco millones seiscientos mil glóbulos rojos. Finalizo con 71 kilos y, después de haber llegado, a los 15 días, donde me alimenté, me hago un análisis y el deportólogo se sorprendió porque estaba con cinco millones novecientos mil glóbulos rojos. “¡Mirá si no es bueno y saludable correr!”, me decía.

Metiste una marca única, una proeza desde el deporte. Pero ¿cómo visualizás lo siguiente? Porque, por un lado, está el logro deportivo, para vos, para Quilmes, para tu familia, para quienes te acompañaron. Contás con un merecido homenaje por parte del intendente —estás en el palco, y a su lado, en la Semana de Quilmes— pero, por otro lado ¿creés que lograste el objetivo o habría que ir por más? Te pregunto: lo que buscabas de fondo, que era llamar la atención de los quilmeños y de las autoridades de Argentina, denunciando el genocidio silencioso, ¿creés que lo lograste?
Personalmente, estoy contento porque llegué. Pero por otro lado, no y, por eso, lo volvería a realizar; porque veo que en Argentina parece que somos muy duros en tratar de comprender. Tiene mucho que ver también por la gente que está en eminencia, ocupando ciertos lugares. Estoy contento por los méritos realizados, estoy contento por mi familia, porque a los chicos les ha llegado a sus corazones la parte aborigen, pero la tristeza mía va porque los pueblos originarios siguen igual. Me doy cuenta por los síntomas, como dice el dicho, de que “no les entró bala”. Parecen los patos, a los que querés zambullir en el agua y siempre salen secos. ¿Qué querés que te diga?

En septiembre estuvo el cacique de los quilmes, para recibir un subsidio de quince mil pesos por parte del intendente. Sé que no pudiste entrevistarte con Pancho Chaile, ¿qué le quisieras decir?
Me gustaría tener una charla con ellos, para saber —ya que me involucré en esta lucha, realmente y de buena fuente— cuáles son sus necesidades. Me gustaría decirles que no bajen los brazos y que no se dejen engañar. Lo que hice, lo realicé diezmando mi tiempo, mi cuerpo y mis pensamientos hacia los pueblos que sufrieron y sufren tanto mal.

¿Sentís que se está haciendo más hincapié en tu proeza que en tu denuncia?
Sí. En vez de estar haciendo hincapié en la enfermedad, están haciendo hincapié en el doctor. Y la enfermedad, en este caso, ¿cuál es? Que los pueblos originarios se están muriendo.

No entendieron demasiado lo que quisiste hacer.
No. Porque bajo ningún punto de vista quise destacar mi buen estado físico. Quise destacar a los quilmes, junto con todos los pueblos originarios.

Así como no pudiste dialogar con el cacique, tampoco lo pudiste hacer con el intendente. ¿Qué le quisieras decir?
Al intendente, lo ví un hombre de perfil bajo que llega a todas las áreas, y no porque tenga ese perfil lo va a llevar cualquiera de las narices. Comprendo que una persona de perfil bajo es la más inteligente, porque el engreído, el que se las sabe todas es el que se pega la frente contra el piso y no llega a ningún buen puerto. Pero el que tiene bajo perfil sabe escuchar tanto al que está arriba como al que está abajo. Es más sabio que el sabio. Lo vi humilde. A mí gustaría haber tenido una charla con él porque, en ningún momento, sintió expresión de lo que tenía en mi corazón.

Y ¿qué tenías?
…Que, por medio del deporte, quise aportar este granito de arena, para que la gente en el Partido de Quilmes, se enterara de la verdadera historia de Quilmes. Y que él mismo pueda instar y amonestar a aquellos que están en la cultura, para que se muevan un poquito más, para que la gente del Partido se informe un poquito más.

Y ¿al gobernador de Tucumán?
No lo conozco, ni personalmente ni en fotos. Le quiero decir que prenda el fuego de la cultura en Tucumán, porque hay gente que ignora la historia de los quilmes, y es grave. Esto pasa en el mismo suelo tucumano. Y, por otro lado, él, que es un hombre de eminencia, se tiene que preocupar por sus propias raíces, si es que es un argentino neto. Porque si hay desfases dentro del territorio aborigen que se lo quieren manotear, el primero que se tiene que ocupar de que esto no suceda es él.

Y ¿a la Presidenta de la Nación? Ya que tu reclamo fue nacional, no sólo provincial o local, para con los quilmes.
Que ella misma evalúe la situación en el sur. Se están vendiendo territorios que son ancestrales. Y esto es un terrible fraude. Ella puede parar un poco ésta situación. Ella tiene voz y voto. Es como aquel que dirige la batuta y está sonando una orquesta, y vos tenés en tus manos que toquen tal nota o que no la toquen. Ella tiene el mando para decir: “Paren de desafinar muchachos, que esta canción no es así”. Si realmente somos argentinos porque, a veces, lo decimos por costumbre.

Por Dardo Abbattista

“Quiero que uno de los pares de zapatillas con los que corrí quede de recuerdo en un museo de acá, de Quilmes, que sea historia, que no se pueda vender, que quede ahí”. Es el del deseo del atleta (y del hombre).

Repotarje publicado en el número 42 de Los Indios Kilmes (Y El Suri), en diciembre de 2008.

Dardo Abbattista Los Quilmes, Quilmes

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