Mi hermoso padre
Mi abuelo Hilario lo levanta en brazos y, orgulloso del varón, lo muestra al mundo y lo va a llamar Juan, en honor a su padre, cultivador de aceitunas, de papas, de tomates y cocinero de panes, de pizzas y también leñador, y Angel por su amable hermano. Así, y de una mano partera que lo toma del vientre de María, nace mi hermoso padre, Juan Angel Abbattista, en el barrio “Las Ranas”, ubicado en el Docke, cerca de la Usina. Pega su primer grito un 6 de abril de 1928, en casa de Juan, un hermano de mi abuelo, donde todos juntos, venidos de Italia, vivían en familia. Aunque, de la alegría, mis abuelos, se tomaron todo el día para festejarlo y anotarlo después, el 7 de abril. Pero a los pocos días de su venida al mundo terrenal, tan chiquito, los arreó a todos para Quilmes, con ganas de no abandonarlo jamás como de verdad ocurrió.
Juancito: cuando alguien lo llamaba así, él les decía Juancito, Juancito…¿sabés cuánto hace que se fue Juancito?
Travieso e inteligente
A los seis años ingresó a la escuela 17 y, “por todo lo que sabía”, lo hizo en segundo grado. Pero el que sólo se ríe, de sus picardías se acuerda, ¿ a ver pa’, de cuál te acordás? Antes los colectivos, en su parte de atrás, llevaban la rueda de auxilio y un día me trepé de ella en el “blanquito”. Una señora que viajaba en el colectivo y me vio, se agarraba la cabeza. Esa señora era mi madre. Cuando entré a casa me salvó mi tío Mariano que se puso en el medio de los dos y no se movió de allí hasta que mi madre aflojó en su intento de “matarme”.
Pobre mi madre querida, ¡cuántos disgustos le he dado!, lo escuché cantar más de una vez con sonrisa cómplice y agarrándose la cabeza.
Mi Padre tenía devoción por mi abuela María Manfré; era como su novia más hermosa. La amó tanto.
En el aula
Pasaba a dar una lección y se sacaba ocho. Y dos por la lámina que le ayudaba a preparar Clara, su protectora hermana, daba 10. Pero del trayecto que va del pizarrón al fondo del aula, donde está su asiento, tira tinteros, pelos y cuadernos y entonces se saca un cero “dividido dos (por el diez) tenía cinco”, comenta alegre.
Una vuelta vino la inspectora a la escuela para tomar examen, por vez primera. La tensión era grande y mi padre pasó al frente. Le tomó 7 materias y lo calificó con algunos siete y otros tantos diez. Después la inspectora llamó a su maestra del sexto grado porque no entendía como Juan tenía en el boletín notas tan bajas. -Mire al dorso- le dijo la señorita Damiano, y allí figuraba “es una lástima que su conducta no corresponda con su inteligencia”.
Me pasaba de travieso, me confiesa con sus cejas levantadas y con su pícara sonrisa de Juancito.
Sus juegos
El pío, el hoyo pelota, la bolita, la moneda, el arco, el balero, el yo-yo, las cartas, el dominó, el barrilete, el tinenti (la payana), la honda -que bajaba gorriones y faroles-, la flecha y bicicleta y fútbol todos los días.
Laborioso como el que más
Almacenero: de los 8 a los 10 donde hacía el reparto, primero de a pie con canasta en mano y después en bicicleta.
Lechero: de los 11 a los 14. Iba por las calles de Quilmes con carro y caballo y una leyenda pintada que él mismo eligió: “Soy como el picaflor, vengo, pico y me voy”. Esto lo tenía adelante y en la parte de atrás figuraba: “Deja el mundo como está que está hecho a la medida”. De los dos costados, lo acompañaba con una fileteada foto de Gardel que llevaban de aquí para allá, la caricia, la porota o el pibe.
Mecánico: A los 14 años. Pero se fue enseguida del taller porque los fines de semana llegaban las del oficio más viejo del mundo y los lunes tenía que andar levantando del piso los profilácticos.
Obrero: de los 14 a los 17. Era aprendiz de fundidor y noyero en la Inyecta Argentina. Trabajaba allí codo a codo con anarquistas y socialistas y, un día, la huelga por ganar poco. Villar, gerente general de la empresa de capital judío, le dice a los huelguistas “que den un paso al frente quienes sacaron a los menores afuera”. Y allí los tres Juanes: Spadaro, Cavalaro y Abbattista lo dieron y lograron que, cada 6 meses, les aumentaran 0,05 centavos. Castro, un dirigente comunista de aquel entonces, le auguró: Seguí así que vas a ser un gran dirigente. Así comienza mi padre su carrera sindical.
En la Cafil –fábrica de fundición de acero, hierro, aluminio y bronce igual que la Inyecta- ubicada en Berazategui, trabaja de los 14 a los 19.
En Ducilo: de los 19 a los 20. Fábrica textil de capital yanqui.
Servicio militar: en Zapala de los 20 a los 21.
En Itasa (Picaso) enfrente de la Inyecta. Metalúrgica. Trabajó de los 22 a los 24. Lo echaron por adherir a una huelga. Más tarde les hizo juicio y les ganó y lo tomaron de vuelta por unos meses.
Con amigos pone la fundición San Juan, ubicada en Av. La Plata y San Juan.
La Crisoldini: Trabaja del 55 al 65. Entrando el día que cayó Perón. Era una empresa alemana que había nacionalizado el peronismo y que antes se llamaba Crefi. Ubicada en 12 de octubre y Av. La Plata donde está hoy Carrefour. Trabaja de oficial noyero haciendo las lingoteras que son las cabezas de motores de autos y de camiones. Aquí fue su apogeo como sindicalista. Aquí creció su nombre y su historia escribiendo, en época difícil, su página de gloria: Fue el único Delegado Gremial elegido de forma democrática, los demás fueron elegidos a dedo por la intervención. Acá viene lo mejor de mi Historia Gremial, me dice. “Acá nosotros no vamos a reconocer a ningún delegado que elija el interventor, la puta que los parió”, habla mi padre a los compañeros que, en el medio de vítores, lo aclaman y lo siguen mientras el interventor, como delegados, nombra comunistas, socialistas y radicales. “Basta que no fuese peronista podía ser cualquiera”, ejemplifica. Trabaja en la Fundición Gris donde le marca a Juan Carlos Galazzi, elegido subdelegado, “nosotros vamos a la Fundición Gris y actuamos como Delegados”. Estás loco Juan, nos van a matar a todos, retruca Galazzi. “Pero lo hicimos igual”, se enorgullece mi padre. Fue elegido por 56 compañeros –el total de su Sección- y, a su vez, por el cuerpo de Delegados integrado por 15 Delegados representantes de los 2000 obreros que trabajaban en la Crisoldini en las 7 secciones de acería, laminación, mecánica y demás eligen un cuerpo de 5 Delegados entre los que está él y de ahí sale elegido como Delegado General. Mi padre salió elegido de la urna de madera, fabricada en la carpintería de la Sección, flanqueada de dos veedores, y en cuarto oscuro, en la única elección democrática realizada en la Crisoldini en época de la Revolución Libertadora que –como leí alguna vez- no fue ni Revolución ni Libertadora. En las paredes de las fábricas, sus manos pintaron “Perón vuelve”, “afuera los milicos”, “queremos sindicatos libres” “afuera la intervención”.
Ahí adentro había verdaderos sindicalistas, ahí viví grande sueños: pensar en el porvenir, tener grandes ilusiones, recuerda.
De 1965 –año en que cierra Crisoldini- a 1966 trabajó en la Cervecería de Quilmes alternando con changas y trabajando en una fundición de Wilde en 1967.
A partir de 1980 hasta el 2005 integra, con suma responsabilidad, orgullo y memoria la “Comisión Permanente de Homenaje a los Mártires del 9 de junio de 1956” que actualmente preside Arrondo. Tuvo grandes amigos en la Resistencia Peronista del Comando de Liberación Nacional 113 y, junto con soñadores compañeros, es fundador, por los años 80, de la Agrupación “24 de Febrero”, fecha del primer triunfo peronista en las elecciones de 1946, siendo por siempre, su presidente. Jorge Cesaroni y Silvia Battisti, hermanos, amigos y entrañables compañeros en la “24” y en la vida, estuvieron amándolo, cuidándolo y adorándolo –como lo hacen hoy-. Ellos, junto con Colpo, Rodolfo Scardamaglia, Machado, Héctor Bevacua, Huguito también de la Agrupación, y Calona y Nelly, y Gustavo Ongarelli, Víctor Gullotta, Héctor Césare, Fabián Moglia y tantos y tantos amigos más abrazaron su hombría de bien.
Cesaroni, en momentos culmines, lo comprendió a fondo, lo tranquilizó, lo acompañó como saben acompañar los grandes amigos. Silvia, en los mismos momentos, lo cuidó con amor de hija.
El doctor Alfredo Valenti, guía espiritual, es su símbolo de la amistad. Se conocieron desde chicos y no se dejaron de ver jamás durante 60 años. Estuvo en las paradas más difíciles de su vida. Es la expresión máxima del amor de un amigo a otro. Compinches, alegres, tiernos, bravos, guapos los dos. Cuando mi padre lo veía, la felicidad, venida desde el alma, se le dibujaba en el rostro y por días y días enteros, no se le iba. Respeto, admiración y amor sentía por él. Es mi amigo, decía sobre Valenti, como quien presencia las maravillas del mundo. Y así, la palabra amigo, la palabra Valenti, en su boca, dignificaba los sentidos más profundos de la vida.
Valenti y Cesaroni: son síntesis de la amistad y de amor de humanidad hacia mi padre; cosecha de lo que supo sembrar.
Ruben Ourracariet: si en algún momento hubiese un campeonato por los barrios disputándose el premio, al “mejor vecino”. Presentando a Ruben en la cancha, si uno no gana, pega en el palo. Qué precisás Juan, lo adivinaba y ahí andaba Ruben, siempre dispuesto, buscándole la vuelta hasta encontrarla. Norberto García y Fredy Rondinoni junto con más vecinos y vecinas del barrio fueron en idéntica dirección a Ruben.
La Tía Olga: su prima, a la que siempre recurría para que le sacara el mal de ojos y el empacho. Bruja, que también le sabía espantar la guadaña, en medio de chistes y de carcajadas.
El Juanchi: Juan Angel Mazzullo, su sobrino. Cuando renegaba con el auto, como Juanchi es mecánico, a él recurría y con sonrisa ancha, de tío orgulloso, por su honestidad y capacidad de trabajo, decía sobre él, “es Juan Angel, viejo, está todo dicho”. Lo afirmaba en alusión a él y al querido tío Juan, padre de Juanchi y de Marcelo, quien más de una vez, por medio de los masajes, lo aliviaba, cuando le agarraban esos dolores de cintura. Pará, pará, no me toqués, te frenaba para, acto seguido, pedirte, llamá a Marcelo.
Garraferro de 1968 a 1987
Mario Jovanovich, de la empresa “Quilmes Gas”. Con gran cariño y respeto disfrutó de sus historias cuando mi padre iba hacia su depósito a cargarle garrafas. Sobre él, con igual cariño y respeto, recuerda: En los momentos más malos de mi vida financiera, fue quién me ayudó sin cobrarme ningún interés y sin pedirme nada a cambio. Le estoy agradecido a él, y a sus socios, de por vida.
1987. Aquí asume como Delegado Municipal de Quilmes Oeste bajo la intendencia de Camaño y “la rompe”. Acá comienza la leyenda del símbolo de la honestidad en la función pública llamado Juan Angel Abbattista. “Trabajé 67 meses sin faltar un día, sin tomarme franco y sin tener la suerte de enfermarme. Los sábados y domingos recorría sociedades de fomento para comenzar el lunes bien organizado. Todo lo hice con mi vehículo (que lo rompí todo)”.
Trabajó de 1987 a 1993, año en que el Intendente Aníbal Fernández lo releva del cargo porque tuvo “chispazos” con él y porque los integrantes de la Liga Federal que respondían a Fernández le reclamaban el cargo. Fernández, cuando se avecinó la interna, le pidió los camiones y mi padre le contestó “que no se los daba porque los necesitaba” y, además, le preguntó “ si estaba loco, porque él no trabajaba para internas sino para el vecino de Quilmes”.
En 1990 juró como concejal y ocupó la banca por tres veces asumiendo cuando se ausentaba Camaño por ser el primer concejal suplente.
De 1993 a 1994 retoma las garrafas.
De 1994 a 1995 fue Director de Servicios Públicos, por gestiones que realizó Angel Abasto.
De 1995 al 2002 vuelve a retomar las garrafas.
En el 2003, proveniente del sector de Aquino, realizó, bajo la intendencia de Sergio Villordo, una brillante y breve escala como Director de Acción Social que duró sólo dos meses. De aquí Villordo lo relevó del cargo y esto es uno de sus máximos halagos y galardones; es decir, el que un intendente alejado y alejado de la honestidad, lo haya relevado de su puesto por honesto, trabajador y capaz. Mi padre llevaba el control –mediante anotaciones diarias- de toda la mercadería que entraba y salía y de cuál era su destino. Le decían: “Vengo de parte del concejal tal a llevarme tanta mercadería” y mi padre les contestaba: “Como no, déme su nombre y dígame a qué destino lleva la mercadería y después fírmeme acá”. Le contestaban: ¿Cómo me pide eso? Si usted no me lo dice, no hay mercadería, les devolvía. Cuando llegó esto a oídos del intendente, lo cambió por uno que debía mirar siempre para otro lado. Aunque a él le dolió hasta los huesos esta ida de la función pública -siendo una de sus grandes amarguras- cuando hicimos esta lectura, (del galardón que representa que alguien deshonesto, prescinda de él por honesto) lo festejamos como un verdadero triunfo de su trayectoria.
A fines de noviembre de 2005, a un mes de su partida, los concejales votan, por unanimidad, la idea que les acerqué -oída por la concejal Cora Otamendi y redactada por el ex concejal Tito Alburúa- de ponerle Juan Angel Abbattista al paso bajo vías que se debe hacer en Carlos Pellegrini y las vías del Ferrocarril en plena estación de Quilmes -donde ya hay una ordenanza, la 8783/00, presentada por el ex concejal Aquino que habla de llevarlo a cabo-. Esta idea, de hacer un puente peatonal bajo vías, es de él y la impulsó durante 20 años con el fin de evitar los accidentes -donde pierden la vida varios quilmeños- y para que pasen por allí los ancianos, los que se movilizan en sillas de ruedas y las mujeres embarazadas sin tener que subir y bajar por las escaleras.
Pa’: ¿a dónde conduce la honestidad?
Al triunfo -me enseñó sin dudar- y otra vuelta le pregunté por qué no tenía ninguna reja en la casa. Porque no tengo nada que esconder, hijo.
“Quilmes es lo más grande que hay donde han nacido mis hijos, mis nietos. Siempre trabajé ‘por un Quilmes mejor’ y seguiré trabajando” con todo el amor: Juan Angel Abbattista.






















































Dardo,
Muy emotivo, un buen recuerdo y una enseñanza.
un abrazo.
Ariel
@Ariel
¡Muchas gracias Ariel!
Un fuerte abrazo, Dardo.